LUCES EN EL MAR
J.P.LORENTE
Noto que unos dedos me están sacudiendo
el hombro y poco a poco salgo del sueño profundo en el que estaba inmerso.
Alguien me está hablando de manera
brusca -¡Relevo de guardia, espabila!
Abro los ojos e intento ubicarme,
todavía confuso. Observo el techo sucio, lleno de garabatos escritos a lápiz y
bolígrafo. Estoy sobre un camastro en el cuerpo de guardia, totalmente vestido,
con las botas puestas y todos los aparejos, incluidas las cartucheras con la
munición. Debemos estar preparados por si algún enemigo nos ataca en plena
noche. No hay nada más ridículo que nos cojan en calzoncillos corriendo de un
lado a otro mientras nos cazan como conejos, como suele pasar en las películas.
Todo y eso, el cuartel jamás ha sido asaltado en los cientos de años que tiene
de historia.
Al levantarme los muelles del somier
rechinan como quejándose. A mi alrededor otros cuerpos también se están
levantando entre protestas. Una triste bombilla desnuda ilumina la escena. El
aire está cargado de olor a pies sudados y calcetines sucios. Estamos en una
habitación con ocho camastros y un armero en donde están colocados en hilera
nuestros fusiles de asalto “CETME”. Cojo el mío y me lo cuelgo al hombro,
dirigiéndome hacia la puerta de salida que comunica con el edificio central del
Cuerpo de Guardia. Desde allí salgo al patio de armas y observo como mis
compañeros ya se están agrupando en formación.
Allí también está el oficial de
guardia, un teniente bajito y rechoncho que carecía de cuello. Una sombra de
barba se dibujaba en su cara después de tantas horas de servicio sin asearse,
el nuestro era el último relevo de aquella guardia. Nos miraba severamente bajo
la visera de su gorra mientras consulta el reloj de muñeca.
-Cabo, mande formar como es debido y
deme novedades.- Dice dirigiéndose al “Furri”,
como le llamamos nosotros. Es el cabo encargado de material de la octava
compañía de la Plana Mayor ,
a la que también pertenezco yo y el resto de los componentes de la guardia. Mi
compañía no hace guardias nunca, ya que está compuesta exclusivamente por
personal logístico, pero como todo el batallón se ha ido de maniobras a Gran
Canaria, nos ha tocado cubrir la seguridad del cuartel. Como la mayoría somos
oficinistas, cocineros, armeros, asistentes… no estamos al día de la
instrucción militar.
-¡Aaaatención! – Grita “el Furri” – A
formar.
Formamos en fila de uno calculando la
distancia entre nosotros extendiendo el brazo izquierdo, tocando el hombro del
compañero.
-¡Firmes! – Vuelve a gritar el cabo-
¡EINN!
El “EINN” es un grito que dan todos los mandos para dar fuerza a sus
órdenes, pero no se muy bien su significado. Supongo que será un vocablo que se
ha ido modificando con el tiempo acabando en una especie de grito gutural muy
ridículo. La primera vez que lo escuché me reí y eso me supuso una sonora
colleja en la nuca propinada por cabo instructor. Todavía me escuece al
recordarlo. Aprendí que las formaciones militares son una cosa muy seria.
El “Furri” se dirige al teniente, da
un taconazo y le saluda llevándose la punta de los dedos a la visera de la
gorra – Formado el relevo de la guardia sin novedad, mi teniente – Le dice a
gritos.
No muevo ni un músculo pero mis ojos
se dirigen con disimulo al cielo. ¡Menudo espectáculo de cielo tienen en las
Canarias! Miles, digo, millones de estrellas se reparten luminosas en el cielo
negro y limpio.
-Bien, cabo, ya puede realizar los
relevos – dice el teniente después de un silencio que aprovecha para repasarnos
a todos con la mirada. Saluda al estilo militar y entra en el Cuerpo de
Guardia.
-AAATENCION – grita el “Furri”-
AARMAS AL HOMBRO, ¡EIN!. DEEERECHA, “¡EIN!” . ¡MARCHEN! – y empieza a marcar el
paso a gritos mientras nos ponemos en marcha a través del patio de armas,
haciendo resonar las botas sobre los adoquines- UN, DOS, TRES ¡ERO! – El “ERO”
tampoco lo he entendido nunca, pero Dios me libre de reírme.
Seguimos al Cabo a paso marcial hasta
girar por la calle lateral del edificio de las cocinas. Una vez que lo hemos
sobrepasado y entramos en el camino perimetral del cuartel, el “Furri” cambia
de paso y se pone a caminar normalmente.
-Vale chicos, el teniente ya no nos
ve. PAAASO NORMAL.
Nos relajamos y andamos con
normalidad por el camino asfaltado, abandonando las estelas de luz de las
instalaciones principales del cuartel. Como resplandece una formidable luna
llena, no es necesaria más iluminación.
Llegamos a la primera garita. Está
situada al lado del muro que separa la instalación militar de la carretera de
Santa Cruz de la Palma. Puede ser que éste sea el
mejor destino de vigilancia, ya que al menos se ve pasar un coche de vez en
cuando. El soldado que estaba de vigilancia saluda al cabo y le informa que no ha
habido ninguna novedad, después se coloca al final de nuestra cola y es
relevado por el último soldado de la fila.
El siguiente puesto de vigilancia es
el orientado a una urbanización que se ve a lo lejos; el otro defiende los
accesos que hay entre los páramos y el acantilado; el siguiente está situado en
una especie de batería de defensa costera con cañones gigantes de hierro colado
que apuntan al mar. Son una reliquia del siglo XVII creo y que tenían el objeto
de disuadir o pulverizar a los posibles
asaltantes de las islas (piratas, ingleses, o yo que sé). Espero que esta noche
no suframos ninguna invasión, porque con semejante armamento vamos arreglados.
La siguiente garita es la mía,
situada por debajo de la línea de
batería de cañones. Se accede por una pendiente de rocas y piedra sueltas hasta
prácticamente el filo del acantilado. Realizo el relevo de mi compañero, el
cual estaba bostezando todo el rato y veo marchar la fila de la guardia hasta
que desaparece detrás de una pared rocosa.
Ya solo, miro las vistas y me quedo
impresionado. Nunca había estado allí. Estoy en lo más alto de un acantilado de
veinte metros y dispongo de una visión espectacular del mar. El agua refleja en
suaves ondas la luz de la luna, la cual domina el horizonte, redonda, luminosa
y grandiosa con sus manchas características que parecen un rostro. La bóveda
del cielo está exultante de estrellas. Enfrente, las diminutas luces de las
ciudades y pueblos de la isla de Tenerife. Más lejos, casi en el horizonte, y
mucho más difuminadas, las de la isla de Gran Canaria.
Pienso que con semejante espectáculo
no me voy a aburrir en ningún momento. Todo y eso me pongo cómodo. Me quedan
por delante cuatro interminables horas.
Miro la garita y pienso que no es un
sitio cómodo para estar, con apenas medio metro cuadrado de espacio, de forma
casi cónica y pintada con cal. Solamente la haría servir si se pusiera a llover
y no parecía que tal cosa sea probable con la magnífica noche que hace.
Descuelgo el “CETME” de mi hombro y lo dejo apoyado
en la pared de la garita. Escucho en mi cerebro “infracción grave”. Rebusco
entre los bolsillos de mi chaquetón y encuentro lo que estoy buscando. Enciendo
un cigarrillo. Segunda infracción. Me siento en una roca y disfruto del
paisaje. Tercera infracción. Me quito la gorra. Si me viese el teniente me
mandaba al calabozo, fijo.
Disfruto del lugar. Huele a sal
arrastrada por una suave y fresca brisa. Las olas rompen contra las rocas de
abajo y fuera de eso, todo es tranquilidad.
Puedo ver la figura inmensa y
piramidal del Teide recortado contra el negro cielo, con una alfombra blanca en
su cumbre que resplandece, todo y la lejanía, bajo la luz de la luna. Es
impresionante y me arrepiento de no llevar una cámara fotográfica.
Pienso en mis amigos, los cuales
están haciendo el servicio militar en diferentes partes de la Península. Lo que se rieron de
mi cuando fuimos al “Sorteo”. – tío, te ha tocado donde Cristo perdió las
zapatillas – me dijeron.
Pero ahora no me arrepiento. Estoy
muy lejos de mi familia y me quedan un par de meses todavía para poder ir a
verlos, pero pienso que éste momento merece la pena vivirlo.
Este invierno de 1985 está siendo
especialmente duro en la
Península , según tengo entendido. Hay una ola de frío que
está causando muchos problemas. Mis amigos están destinados en Zaragoza,
Madrid, País Vasco y uno está en los Cazadores de Montaña de Berga. No creo que
lo estén pasando muy bien.
Incluso en Canarias, el invierno
estaba siendo más frío de lo normal y por la noche es necesario ponerse el
chaquetón tres cuartos.
Me entretengo en mirar la inmensidad
del océano. El horizonte brilla bajo la luz de la luna. A lo lejos observo las
luces de un barco, seguramente un mercante o un petrolero, que se desliza muy
lentamente hasta que desaparece en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. El
resto de la superficie del mar permanece desierta y tranquila.
Me levanto, apago el cigarrillo sobre
una piedra y me meto la colilla en el bolsillo del pantalón para eliminar
pruebas de mi “crimen”. También me pongo la gorra y recojo el “CETME”. No me
fío que hagan una inspección sorpresa por los puestos de vigilancia, el
teniente de guardia nos ha demostrado que es un tipo estricto y meticuloso. Camino
por el borde del acantilado, eso sí, sin acercarme demasiado al borde. Además
de que tengo vértigo no quiero tener un traspié con las numerosas piedras y
rocas que hay en el suelo y me vaya para abajo. Miro ladera arriba con la
esperanza de ver el puesto de guardia de los cañones, pero una hilera de rocas
situadas a unos cincuenta metros de mi me lo impide y de repente siento una
profunda soledad. Es como si todo el mundo hubiese desaparecido y fuera el
último ser humano sobre la tierra, tal es la sensación de aislamiento que
siento y la que éste sitio me produce.
Miro el reloj y solamente ha
transcurrido media hora que estoy allí, pero me parece un siglo.
Paseo de un lado a otro intentando
matar el tiempo, e incluso silbo alguna melodía que me ha venido a la cabeza.
Intento pensar en cosas agradables, como cuando me iba de marcha con mis
colegas a la discoteca, o a la playa. También pensé en las comidas familiares,
muy concurridas y generalmente alegres. Me doy cuenta de la gran añoranza que
tengo de mis seres queridos. Es normal, llevo meses sin verlos. Echo de menos
las broncas de mis padres, las discusiones con mi hermana mayor y que mis dos
hermanos pequeños me molesten.
No echo de menos el trabajo que tenía
antes de irme a la “mili”, la rutina insoportable, las largas jornadas
laborales delante de una puñetera máquina. El jefe me dijo que me guardaba el
puesto para cuando volviera, pero creo que va a ser que no. Había estado dos
años haciendo lo mismo y no quería estar el resto de mi vida viendo pasar los
días, meses, años sin conocer otra cosa que el ruido mecánico y martilleante de
una cadena de producción. Si dos años de mi vida habían pasado tan rápido y tan
poco productivos espiritualmente para mí dentro de la fábrica, no quiero ni
pensar lo que me espera cuando vuelva. Jamás me lo hubiese planteado si no es
por la experiencia que estoy viviendo en el cuartel. He conocido a mucha gente
interesante y de muchos sitios diferentes. Me han impregnado con sus vivencias,
conocimientos y experiencias. Existe otro mundo que tengo que explorar. En
resumen, tengo que vivir y aprender equivocándome.
La decisión está tomada y estoy
mentalizado para aguantar la “bronca” que me van a pegar mis padres. Eso si me conocen cuando vuelva. Creo que ya
no me conozco ni yo mismo. Desde el primer momento que un tren y después un
avión me arrancó de mi vida cotidiana, en la cual había estado aposentado
durante veinte años, no he dejado de crecer personalmente. Pasándolo mal pero
también bien, haciendo buenos amigos que son mi familia aquí, conociendo
lugares diferentes y espectaculares, momentos especiales, como éste.
Pienso lo difícil que es encontrarse
a uno mismo para pensar y ahora me doy cuenta. He necesitado la más absoluta
soledad, encima de un acantilado y con el océano a mis pies para recapacitar
sobre mi vida.
Respiro hondo la gratificante brisa
marina y escucho las olas rompiendo contra las rocas. Siento en mis labios la
sal del mar y me siento libre.
Pero no estoy tranquilo. No estoy
acostumbrado a estar totalmente aislado del mundo, ni a la soledad más
absoluta. En aquellos momentos no se observa ningún avión en el cielo ni barcos
en el mar. En toda la inmensidad que abarca mi vista no hay nadie.
De repente hay algo que llama mi
atención en el cielo. Una luz más intensa que las estrellas que la rodean.
Pienso que lleva ahí toda la vida entre las constelaciones y galaxias pero no me había dado cuenta hasta
ahora.
No puedo evitar seguir mirando la luz
fijamente y me da la sensación que se está moviendo. Tanto me fijo en ella que
creo que es un efecto óptico por el cansancio de la vista. Cierro los ojos y
vuelvo a mirar. No me equivocaba, la luz se está desplazando en el cielo, muy
lejos, sobre la silueta de la isla de Gran Canaria. Será un avión, pienso.
Decido encender otro cigarrillo, y me
lo escondo bajo la palma de la mano para que no se vea la punta ardiendo tras
cada calada.
La luz se sigue moviendo ahí a lo
lejos, supongo que en breve bajará de altura para aterrizar en el aeropuerto de
Gran Canaria, pero de pronto se detiene en el cielo y permanece quieta. Creo distinguir
que su brillo ha aumentado mucho y se ha hecho más grande. El color también ha
cambiado del blanco a un rojo pálido. Parece ser que me he equivocado, se trata
de un helicóptero o un caza de combate de despegue vertical. En aquellos
momentos se están haciendo maniobras militares en aquella isla. Mi batallón se
encuentra allí precisamente, pero según tengo entendido solamente participa la
infantería., nada de aviones o helicópteros. Pero vete a saber con ésta gente. ¡Vaya horas de jugar a las batallitas!
En lo que dura un parpadeo, otra luz
se ha colocado al lado de la anterior, igual de intensa, y luego otra, y otra
hasta juntarse un total de cinco. Todas estáticas y cambiando de color. Del
blanco al rojo y después al azul. Parecen una constelación de estrellas que se
ha formado de la nada a quinientos metros de altura. No sé ni de dónde han
salido, pero supongo que son más helicópteros o aviones que volaban hasta el
momento con las luces apagadas.
Durante un buen rato observo la
quietud de las luces. Estáticas en la noche.
Apago el cigarrillo y me guardo otra
colilla en el bolsillo.
Si mis ojos no me engañan las luces
se están haciendo cada vez más grandes. No, es que se mueven en mi dirección.
Antes de que pueda darme cuenta ya se encuentran entre las islas de Gran
Canaria y Tenerife y siguen avanzando a gran velocidad. Es imposible, habrán
recorrido más de cincuenta kilómetros en menos de dos segundos.
Sobrevuelan la inmensa mole del Teide
y bajan de altitud al sobrepasar Tenerife, parándose encima del mar, a unos
cien metros del agua. Ahora las veo inmensas y su luz casi me deslumbra. Siguen
cambiando de color rápidamente.
¡Se están separando! Cada luz se
divide en dos partes y ya hay diez puntos diferentes en el cielo. Han empezado
a moverse rápidamente en todas direcciones sin una trayectoria definida. Van en
zig-zag, arriba y abajo e incluso en círculos. ¿Pero qué mierda es esto?
Se me han puesto todos los pelos de
punta y realmente estoy acojonado. Ni helicópteros ni aviones. ¿Qué coño es
esto?
Escucho un ruido de guijarros que se
desplaza ladera abajo a mis espaldas. Hay alguien o algo que está corriendo
hacia mí.
Nervioso descuelgo el “CETME” de mi
hombro, quito el seguro a tientas y con las manos temblorosas, tiro del cerrojo
hacia atrás y escucho el sonido metálico del cartucho al entrar en la recámara.
Me echo el fusil ametrallador a la cara e intento apuntar hacia lo que se me
viene encima, gritando: ¡Alto!
-No dispares tío, soy Felipe, el de
la garita de arriba.
Veo una figura que baja corriendo por
la pendiente, con su fusil entre las manos. Lo tengo que sujetar para que no
continúe su trayectoria hacia el acantilado y acabe estrellado contra las rocas
de abajo.
-¿Estás viendo eso tío? ¿Qué es? ¿Nos
están invadiendo los extraterrestres?
No le contesto por que del susto que
me ha dado no puedo articular palabra. Miramos hacia las luces que continúan
con su baile frenético.
Creo que las tenemos a un par de
kilómetros delante de nosotros y son espectaculares. No puede existir en éste
mundo nada parecido construido por el hombre, de eso estoy seguro. No se oyen
motores, pero sí un leve zumbido o siseo, seguramente producido por esos
objetos rompiendo el aire a tanta velocidad. Digo objetos por que enmascarados
por las intensas luces se insinúa la silueta de algo físico, pero no puedo
distinguir qué forma tiene.
Felipe y yo estamos prácticamente
abrazados, mirando aterrados el espectáculo con los ojos como platos y la boca
abierta, el cuerpo paralizado. No disponemos de radio ni otro sistema para
avisar al cuartel. El método de alarma estipulado es gritar de una garita a la
otra. Como el que tendría que recibir mi aviso para trasladarlo al siguiente
puesto de vigilancia está entre mis brazos en estos momentos, el eslabón se ha
roto y no podemos dar la voz de alarma.
De repente todas las luces empiezan a
bajar de altitud hasta situarse a pocos metros del agua, inundando la
superficie con su luz.
Una tras otra se sumergen en el frío
océano y su resplandor las acompaña hasta muchos metros de profundidad, hacia
el abismo. Finalmente han desaparecido todas y la noche vuelve a estar en
calma.
-¿Qué era eso, Dani? – Me pregunta
Felipe temblando de la cabeza a los pies. No me extraña, yo estoy igual.
-No tengo ni la más mínima idea. La
única explicación lógica que le puedo encontrar es que son artefactos de
prueba. Prototipos del ejército de esos que se llevan en secreto. – Le contesto
sin creer en lo que digo.
-¿Que bailan en el cielo y que se
sumergen en el agua?, no te lo crees ni tú. ¿Ahora qué hacemos?
Medito durante un instante sin
apartar la mirada del punto del mar donde se han sumergido las luces, por si
acaso vuelven a emerger, en cuyo caso juro que me voy corriendo aullando como
un loco.
-Si te parece bien nos esperamos un
poco para asegurarnos que todo esto ha terminado y no supone una amenaza – Le
contesto al fin – Después te vas a tu garita y esperamos el relevo. Ya le
contaremos al “Furri” lo que ha pasado y él decidirá qué hacer, para eso es el
cabo de la guardia. Ni hablar de abandonar nuestro puesto de vigilancia para
alertar a todo el Cuartel. Nos tomarían por dos majaderos con ganas de broma y
acabaríamos en el calabozo durante mucho tiempo.
Esperamos sin hablar durante mucho
rato, mirando con aprensión hacia el océano, pero nada más sucede. Es como si
aquello no hubiese sucedido nunca. Por fortuna cuento con el testimonio de
Felipe, o si no pensaría que me he vuelto loco.
Miro el reloj y me doy cuenta
sobresaltado que apenas quedan quince minutos para el relevo. Se lo digo a Felipe
el cual inicia a regañadientes el ascenso hasta su puesto de vigilancia, entre
cañones oxidados.
Aprovecho mis últimos instantes de
soledad para reflexionar sobre lo sucedido. Es muy fuerte constatar que algo o
alguien de origen no humano se ha manifestado delante de mis narices. ¿Quiénes
son y qué intenciones tienen? No les parece importar demasiado ser vistos, eso
seguro. Creo que ésta experiencia puede cambiar mis convicciones de manera
radical, pero ni mucho menos lo voy a ir explicando a todo el mundo. Es
relativamente frecuente que de vez en cuando salga alguna persona en la
televisión explicando que ha visto OVNIS. La norma general es que el resto de
los mortales se tomen a estos testigos como auténticos majaderos y que se rían.
Me imagino en el trabajo cuando me
pregunten cómo me ha ido la “mili”. Bien, estuve viendo extraterrestres que se
bañaban en el mar con sus naves interestelares.
Escucho como se acerca a mi posición
un grupo numerosos de pasos sobre los guijarros y al poco aparece la columna
del cambio de guardia. Un soldado que conozco de las cocinas me saluda y hace
el relevo. No le puedo decir “sin novedad” y mi silencio le extraña. Se encoge
de hombros y se mete en la garita.
Al incorporarme a la fila, tengo
delante a Felipe, que todavía está blanco. Me indica con la cabeza y un gesto
nervioso al “Furri”. Quiere que hable con él, pero creo que no es el momento.
De hecho no sé qué decirle.
Por fin acabamos de realizar todos
los relevos y volvemos al cuerpo de guardia. El cabo nos hace formar en el
patio de armas y nos mantiene en posición de “firmes” para dar novedades al
oficial de guardia.
-Cabo, haga revista de armas – Dice
el teniente. Es un protocolo de seguridad que se hace tras la vigilancia para
evitar accidentes posteriores con las armas. Estas deben de estar descargadas y
con el seguro puesto.
Uno tras otro quitan el cargador del
fusil de asalto apuntando al cielo y echan la corredera de la recámara hacia
atrás para descartar que haya un cartucho, luego ponen el seguro.
Cuando llega mi turno, el cartucho
salta del resorte de la recámara. Todos mis compañeros, el cabo y el teniente
se me quedan mirando con reprobación.
-Soldado, ¿me puede explicar por qué
tenía el arma montada? – Me pregunta el teniente fulminándome con la mirada y
dirigiéndose hacia mí hasta colocar la visera de su gorra a la altura de la
mía.
-Mi teniente, prefiero explicárselo
en privado – le contesto con miedo.
El oficial parece dudar durante unos
instantes y finalmente dice:
-Acompáñeme al despacho. Usted
también cabo.
El “Furri” da órdenes a la formación
para que rompan filas y seguimos al teniente hacia el edificio del cuerpo de
guardia. Me doy cuenta que Felipe también nos acompaña unos metros más atrás.
El teniente entra en su despacho, un
habitáculo pequeño y vetusto, solamente amueblado con un escritorio y un
archivador. Olía a tabaco de puro rancio. Se sienta detrás de la mesa y nos
hace pasar con un gesto. Se da cuenta que detrás de nosotros también está
Felipe.
-
¿Qué
quiere soldado? – Le pregunta bruscamente.
-
Apoyar
la versión de mi compañero. He sido testigo de lo que le va a explicar.
El teniente asiente y ordena que
cerremos la puerta del despacho, quedando los tres delante de la mesa del
despacho mientras el teniente nos examina a uno por uno con furia contenida.
Supongo que está pensando en que ha sucedido algo en su guardia que le va a dar
problemas delante de sus mandos. Seguramente va a “cortar cabezas”.
-¿Y bien? – Me dice con ira
contenida.
-Monté el arma por que escuché ruidos
detrás mío – Omito expresamente que fue Felipe el que causó los ruidos al
abandonar su puesto de vigilancia. Eso le podía costar muy caro - en el
momento que estaba viendo unas luces extrañas en el cielo.
-¿Luces extrañas? – El teniente
frunce el ceño y parece interesado – Prosiga, soldado.
Le explico con pelos y señales lo que
he visto. Todavía lo tengo gravado en mi mente y lo repaso como si estuviese
todavía en lo alto del acantilado.
-¿Usted vio lo mismo? – Le pregunta
el teniente a Felipe cuando acabo mi relato.
-Sí mi teniente, exactamente lo
mismo.
-Bien.
Espero una risa, un acceso de furia,
algún gesto despectivo por parte del oficial de guardia, pero en vez de eso,
echa hacia atrás su silla, se levanta y se dirige hacia una caja fuerte que hay
en la pared, la abre con una combinación y de ella saca un cuaderno de tapas
rígidas estampadas en un color negro y gris muy desgastadas. Debe de ser
antiquísimo. Se lo lleva hasta la mesa y lo abre buscando páginas libres.
Estaba repleto de anotaciones con diferentes trazos de letra. El cuaderno es
muy grueso, debe de tener al menos mil páginas y el teniente encuentra una
libre casi al final del mismo.
Comienza a escribir con normalidad.
No parece sorprendido ni nervioso. De vez en cuando nos hace alguna pregunta,
pero en general parece que la información que le he dado le vale para hacer su
informe.
-¿El punto exacto dónde se
sumergieron los objetos? – Pregunta sin levantar la mirada del cuaderno.
-Entre Tenerife y la Palma , a unos dos kilómetros
de nuestra costa, de nuestra posición. – Le contesto.
Finaliza de escribir, cierra el
cuaderno y lo vuelve a encerrar en la caja fuerte.
-Bien señores, ni que decir tiene que
de esto ni una palabra a nadie – Nos dice con severidad.
-Sí, mi teniente – contestamos Felipe
y yo.
-¿De acuerdo cabo? – pregunta el
teniente al “Furri”, que permanecía con la boca abierta, flipando, tras escuchar
nuestra historia.
-Sí… mi teniente, a la orden mi
teniente.
Muy bien, ya se pueden retirar.
Los tres abandonamos el despacho del
teniente en silencio y nos dirigimos al patio de armas, bajo el porche del
edificio del Cuerpo de guardia. Encendemos un cigarrillo y permanecemos en
silencio.
-¿En serio habéis visto todo eso? –
nos pregunta el “Furri”.
-Sí. – Te lo puedo jurar, le
contesto.
-Habéis visto el cuaderno de la caja
fuerte – comenta Felipe – tiene que tener al menos cien años. Supongo que tiene
que ser para anotar las novedades de la guardia.
-No – contesta el “Furri” – el libro
de novedades del oficial de guardia está en un cajón del escritorio. Me da que
ese cuaderno solamente lo utilizan para anotar éste tipo de casos. Lo tienen a
buen recaudo, y por lo lleno que estaba tiene que ser muy común que escriban en
él. El teniente ni pestañeó cuando le contasteis lo de las luces, tienen que
estar súper acostumbrados.
Nos despedimos para formar en el
patio de armas la guardia al completo. Son las seis de la mañana y nos tienen
que hacer el relevo para finalizar nuestro servicio. Al lado nuestro forma el
cuerpo de guardia entrante. Los cabos de guardia informan a sus respectivos
oficiales, los entrantes y los salientes. Se hace la izada de bandera a toque
de corneta y al finalizar el protocolo, rompemos filas y nos dirigimos a
nuestros dormitorios.
Por la mañana voy a desayunar y
empiezo mi jornada normal en la oficina de la Plana Mayor. Despacho con el
subteniente que me informa que hay que montar la logística para la vuelta del
batallón que estaba de maniobras, prevista para éste medio día.
A la hora de la comida, me dirijo al
comedor y veo que está repleto de soldados haciendo cola en el mostrador del
autoservicio con la bandeja en la mano.
Cuando tengo mi bandeja llena de
comida echo un vistazo al comedor buscando un sitio para sentarme. Veo un grupo
de fusileros de la quinta compañía ocupando una gran mesa alargada. Están muy
morenos y algunos presentan pequeñas heridas en los brazos. Acaban de llegar de
las maniobras. Me siento con ellos ya que conozco a la mayoría.
Me cuentan que han ganado los “Juegos
de Guerra” contra la infantería de Tenerife, pero que están molidos de tanto
andar, correr, saltar, tirarse al suelo y cargar con material pesado en sus
mochilas.
Lo que me interesa de ésta Compañía
es sacar información. Son ellos los que se ocupan generalmente de realizar las
guardias.
-Anoche me tocó hacer la guardia en
el puesto del acantilado – Les comento distraídamente.
-Un sitio solitario donde los haya –
Comenta un soldado mientras mastica un trozo de carne.
-Vi unas luces extrañas en el cielo –
Insisto como quien no quiere la cosa.
Ninguno pareció inmutarse lo más
absoluto.
-¿Las luces? – Pregunta uno- ¿Esas
que se acaban metiendo en el mar? No te preocupes, al final te acabas
acostumbrando. Por lo que sé eso lleva pasando desde hace un montón de tiempo.
No hay que darle más vueltas. Lo sabe todo el mundo e incluso hay una base
científica con telescopios en el Roque de los Muchachos. Creo que saben mucho
más de lo que dicen. La gente de la isla está hasta las narices de verlas y
prácticamente las consideran como parte del paisaje. Tenemos orden de
comunicarlo cuando avistamos esas luces y se lleva un seguimiento desde las
altas esferas. No hay que darle más vueltas, no sacaríamos nada en claro.
Acabo de comer en silencio y me
despido de mis compañeros.
Ya en mi camareta, me siento en la
cama y abro la taquilla, en donde tengo colgadas fotografías de mi familia y
amigos.
¡Menuda experiencia para contar!
Lástima que no me creería nadie fuera de ésta isla. ¿Cómo es posible que un
tema de ésta envergadura no trascienda a la prensa, o en el mundo científico?
¿No hay nadie que lo investigue y lo difunda?
Finalmente decido olvidarme del tema
de ahora y para siempre. No sacaré nada en claro. Tal vez algún día nos
expliquen qué son esas luces, pero sospecho que cuando esos suceda nuestra civilización
cambiará para siempre.
Bueno, me quedan dos meses para ir de
permiso a mi casa, de momento es lo que más me importa.
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