LOS CUATRO AMGISO Y LA OUIJA
J.P.LORENTE
Cuida de que la ouija no entre en tu casa.
No te dejes influenciar por los que dicen que es sólo un
juego inofensivo.
Una mente juvenil
tiene que buscar respuestas en la ciencia y la sabiduría de sus mayores.
Daniel acabó de sujetar el último
trozo de papel de celofán transparente en la lámpara del techo. En total había
colocado seis, uno en cada bombilla, mezclando los de color rojo con el azul.
La idea era crear un ambiente íntimo y cálido.
Se bajó de la silla y observó su
trabajo. La lámpara del techo parecía una araña que le habían vendado las patas
con papeles arrugados y antiestéticos. Pensó que cuando la estancia estuviese a
oscuras, eso seria lo de menos, ya que el efecto de las luces filtradas por los
colores quedaría muy chulo, como en las discotecas.
Damián estaba colocando sobre la mesa
unos platos de plástico sobre los que servía patatas chip, pipas y otros
aperitivos. Su sentido de la estética era tan nefasto como el de Daniel
adornando la lámpara, y los platos se repartían anárquicamente cargados hasta
los topes. Estaba cantado que el primero que metiera la mano en ellos
provocaría el esparcimiento del contenido por todos lados.
De la cocina aparecieron Paco y
Santi, cargados respectivamente con botellas de refrescos (fantas y coca-colas)
y vasos de vidrio. Tuvieron que desplazar los platos colocados por Damián para
hacer un poco de sitio en la mesa.
Los cuatro amigos se agruparon en el centro de
la estancia y observaron su obra.
Habían apartado la mesa hacia una
esquina para ganar espacio en el centro de la estancia que cumpliría la función
de pista de baile. Sobre ella estaba la lámpara del comedor modificada para dar
luz ambiente. Habían instalado un radiocasete con dos altavoces sobre una silla,
al lado de la mesa. La idea era empezar con música de discoteca para pasar después a las baladas para bailar
“lentos”. Paco había hecho una selección
de los mejores éxitos de la época, 1984 (Modern
Talking, Dire Straits, Roxy Music, Chicago, Pet Shop Bois…)
El sofá se había colocado al otro
lado de la estancia, también para ganar espacio para poder bailar. Un pesado,
grande, viejo y feo mueble tipo vitrina estaba colocado en una de las paredes,
sobrecargado con retratos de niños vestidos de comunión, (entre los que se
encontraba un angelical Paco cuando tenía ocho años) tíos con uniforme de la
“mili” y fotografías antiquísimas de
gente mayor que ya parecían estar muertas cuando se las hicieron. Un total de
cuatro vetustas sillas completaban el mobiliario del perímetro de la pista
improvisada.
-Esto es una mierda –comentó Santi –
parece una fiesta de cumpleaños infantil, vamos a hacer el ridículo. Al menos
podíamos haber quitado la vitrina del museo de los horrores. Los caretos de las
fotos les corta el rollo a cualquiera.
-Tío, no te pases – Paco le fulminó
con la mirada- son las fotos de mi
familia. Además, mi madre me ha dejado el piso de mi abuela con la condición
que no toquemos nada.
-Por lo menos podríamos haber
comprado ginebra o ron – apuntó Damián- cuando las chicas vean las coca-colas,
las fantas y los “ganchitos” van a pensar que somos gilipollas.
Paco suspiró y los miró a todos
enfurecido.
-Os lo vuelvo a explicar: mi madre me
ha dado permiso para hacer la fiesta en la casa de mi abuela poniendo
condiciones: que no toquemos nada, que no bebamos alcohol y que lo dejemos todo
limpio. Ella puede aparecer en cualquier momento para ver que cumplimos con lo
que pide. En caso contrario me la cargo, y de rebote todos vosotros también. Os
recuerdo que conoce a vuestras madres y no se cortará un pelo en explicarles lo
que hacéis.
-Podríamos haber hecho la fiesta en
un monasterio. El efecto hubiese sido el mismo – Damián parecía molesto ante
tanta restricción – Además, éste sitio huele a cerrado.
-Querrás decir a muerto –Apuntó Santi
con una risita.
-¡Ya está bien! – Gritó Paco – aquí
no ha muerto nadie. Mi abuela se ha ido a vivir con una hermana suya al pueblo.
Si no os gusta os vais todos a la mierda y se acabó la fiesta.
Después de un instante de silencio,
solamente roto por unos ruidos raros que hacia Santi para aguantar la risa,
éste preguntó a Dani:
-¿A qué hora has quedado con las
“churris”?
-Ya lo sabes, te lo he dicho un
montón de veces: a las cinco – se miró el reloj – quedan escasamente cinco
minutos.
-¿Seguro que están buenas? – le
interrogó Damián.
-¡Qué más te da si no te comes un
rosco! – Se adelanto Paco – a la que empieces a explicarles películas de miedo
y chistes malos las espantas.
-La verdad es que solo conozco a dos
de ellas, a María y a su hermana, Ester. Y sí, están buenas. – Contestó Daniel
– A sus otras dos amigas no las he visto.
Hacia una semana estaba en la
biblioteca para hacer unos trabajos del instituto. La sala estaba a rebosar de
estudiantes y solo encontró sitio al lado de dos chicas que no paraban de
parlotear. Una de ellas, que dijo llamarse María, entabló conversación con él.
Le comentó que estaba acompañando a su hermana Ester que era la “lista” de la
familia y tenía que hacer un trabajo de historia, pero que a ella la biblioteca
la aburría muchísimo.
María tenía dieciocho años y era una
morenaza exuberante, además de simpática. Su hermana Ester, de dieciséis años
era más discreta y seria pero no menos atractiva.
La conversación con las dos chicas se
cortó cuando la bibliotecaria las expulsó a las dos por hacer demasiado
escándalo.
Cuando Daniel salió a la calle,
después de acabar de recoger la información que necesitaba, se las encontró sentadas en un banco comiendo
pipas y fumando. Estuvo un rato charlando con ellas. María, la voz cantante, le
explicó que habían cortado con sus respectivos novios, hermanos también, y que
estaban buscando un grupo para salir. Le preguntaron si tenía amigos y si
estaban buenos. Les explicó que solía salir
con tres amigos de la infancia. María le dio su número de teléfono para
quedar y Dani se marchó un poco apabullado por el descaro de las chicas, no
estaba acostumbrado a esas situaciones y menos que le tiraran los tejos de esa
manera. Sus amigos y él, todos de dieciséis años, eran demasiado tímidos y
ninguno de ellos había tenido novia hasta el momento.
Cuando les contó a Paco, Damián y
Santi lo que le había pasado se volvieron como locos de alegría. Planearon que
podrían quedar con ellas a la semana siguiente, pero dónde y para hacer
qué. Fue Paco el que sugirió que podrían
hacer una fiesta en el piso abandonado de su abuela, la cual se había marchado
al pueblo. Obligaron a Dani a llamar a María en aquel mismo momento desde una
cabina telefónica, el cual, entre balbuceos y colorado como un tomate quedó con
la chica en verse en el piso de la abuela de Paco el sábado de la siguiente
semana a las cinco de la tarde y le dio la dirección. Ésta se llevaría a su
hermana Esther y dos amigas más. ¡Una tía para cada uno!, y encima parecían
“ligerillas de cascos”.
Y allí estaban los cuatro, en el día
y hora señalada, esperando que llegasen las chicas para empezar la fiesta.
Dani miró la hora y eran casi las
cinco.
-Chicos, vamos a cerrar las persianas
y encender las luces de ambiente. Tienen
que estar a punto de llegar.
Nerviosos bajaron las persianas del comedor
y encendieron las luces de la lámpara. La estancia quedó sumida en una luz
extraña, mezcla de los filtros de celofán rojos y azules. Era como entrar en el
túnel del terror de una feria.
-¡Hóstias! – Exclamó Santi – Se van a
acojonar cuando entren aquí. Parece que lo tenemos preparado para hacer la
matanza de Texas.
En aquellos momentos llamaron a la
puerta. Todos se pusieron nerviosos y empujaron a Dani para que fuera a abrir.
Mientras se iba acercando por el
vestíbulo, escuchó un gran alboroto y risas detrás de la puerta, pero si el
oído no le engañaba distinguió voces masculinas.
Cuando abrió se quedó estupefacto.
Allí estaba María, con un vestido corto y súper escotado cogida de la mano de
un tío de al menos veinte años. La chica se adelantó y le dio dos besos con un
alegre “qué tal”.
-Te presento a mi novio Manuel. Al
final hemos hecho las paces, ¿sabes?
Detrás de María y Manuel apareció
Ester, cogida de la mano de otro individuo con pinta de delincuente, y dos
chicas más con sus respectivas parejas.
Todos ellos fueron pasando delante de
Dani. Las chicas le daban un beso en la mejilla mientras que sus acompañantes,
todos ellos vestidos con pantalones muy ajustados y camisas desabrochadas, le
miraban hoscamente.
Ni que decir tiene que la cara que
pusieron Paco, Damián y Santi cuando vieron entrar al grupo en el comedor, era
todo un poema. Se quedaron con la boca abierta de estupor.
-¿Qué coño es esto? ¿Un picadero? –
Preguntó Manuel fulminando con la mirada a los tres amigos. Parecía que de un momento
a otro iba a sacar una navaja automática.
-Aquí huele a quemado – Dijo María
olisqueando el aire.
Efectivamente, se percibía un olor a
plástico sobrecalentado que iba creciendo por momentos.
Dani miró instintivamente hacia la
lámpara del comedor y observó que salía humo del celofán pegado a las
bombillas.
Apagó las luces rápidamente y, a
oscuras, entre la confusión de la gente que abarrotaba la estancia llegó hasta
la ventana, la abrió y subió la persiana. El comedor quedó iluminado por los
rayos de sol que atravesaban una neblina de humo.
-
María,
¿de dónde has sacado a éstos gilipollas? – dijo Manuel mirando uno por uno a
los amigos, todos ellos desencajados y sin saber qué decir.- A ver tú, el
canijo – Se dirigía a Damián - ¿dónde
está la “priva”?.
-
Tenemos
coca-colas y fantas – Dijo Damián casi tartamudeando.
Dani, en un intento de normalizar la
situación, se dirigió al radiocasete y puso música.
-
También
hemos preparado algo para picar, servios vosotros mismos.
A partir de ahí todo fue un despropósito.
Dos de los “garrulos” se marcharon para volver al cabo de los diez minutos con
una botella de whisky “JB” y una bolsa de hielo. También trajeron sus propias
cintas de casete que no tardaron en poner.
Al poco tiempo las cuatro parejas
bailaban en mitad del comedor al son de rumbas mientras zapateaban y daban
palmas, envueltas en una nube de humo, esta vez de cigarrillos.
Los anfitriones permanecían sentados
en las sillas que habían puesto alrededor de la improvisada pista. Contemplando
el espectáculo sin saber qué hacer ni qué decir. Realmente aquella fiesta no se
parecía nada a la que habían previsto.
Manuel cogió a María por la cintura y
se dirigió a Dani sin parar de bailar.
-
Chaval,
¿dónde está la habitación?, le voy a dar un repaso a ésta.
Aquello fue la gota que colmó el
baso. Algo pareció encenderse en la mente de Paco que le hizo reaccionar de
golpe, como si acabase de despertar de una pesadilla. Se levantó de la silla
bruscamente y empezó a gritar:
-¡Fuera de aquí todos!
-No te pases chaval… -contestó Manuel
poniéndose a la defensiva.
- He dicho que fuera – Paco se había
acercado con su metro noventa de estatura hasta Manuel y lo miraba enfurecido
des de arriba - ¿os habéis pensado que la casa de mi abuela es un puticlub?
¡Fuera!.
Sus amigos conocían los prontos de
Paco. Era muy buen chaval pero cuando le presionaban demasiado abusando de su
buen carácter le pasaba eso: explotaba. En aquellos momentos no era bueno
contradecirle y los demás parecieron percibirlo.
Uno tras otro los invitados indeseables se
fueron marchando precipitadamente, eso sí, sin olvidarse la botella de whisky
que estaba casi vacía ni sus cintas de casete.
Cuando se quedaron solos en la
estancia, entre brumas de humo de tabaco y olor a alcohol, los cuatro amigos se
quedaron en silencio y todavía aturdidos.
-Ahora entiendo el significado de
“pagafantas” – dijo Damián.
-Es que somos unos pringados –
apostilló Santi.
-Desde luego no es una historia para
contar, por lo menos hasta que pasen treinta años – apostilló Dani - ¡Qué
manera de hacer el gilipollas!
Miraron a su alrededor: la mesa
estaba repleta de vasos vacíos, restos de hielo y un mejunje mezcla de coca-cola, whisky, patatas chip y
cenizas de cigarrillo. El suelo estaba
pegajoso debido al derramamiento del contenido de los vasos en el fragor del
baile y los palmeos.
-En fin – suspiró Paco – a
limpiar, no vaya a ser que aparezca mi
madre.
Una hora más tarde, todo estaba
limpio y recogido. Tal y como se lo habían encontrado antes de la fiesta.
Excepto las bombillas de las lámparas que irremediablemente tenían pegados
trozos de celofán de colores. Tendrían que comprar otras para substituirlas.
También colocaron el mobiliario en su
posición original, dejaron la ventana abierta para airear la estancia y echaron
ambientador.
-Bueno, ¿nos vamos? – preguntó Paco
desanimado.
-Es una putada – respondió Santi- por
una vez que tenemos un sitio para nosotros solos lo podríamos aprovechar para
algo. No sé… ¿no tendrás cartas o algo para jugar?
-Sí, claro. Mi abuela montaba
partidas ilegales de póker. Serás imbécil.
Todos se quedaron en silencio.
Realmente no tenían ganas de irse, todavía era temprano, las seis y media de la
tarde.
-Podríamos jugar a lo del vaso – Dijo
Damián.
-Nada de mariconadas – Rió Santi-
Todavía no estoy tan desesperado.
-No es eso – se defendió Damián – Se
trata de hacer lo de la tabla “ouija” pero con un vaso. Ponemos todas las
letras del abecedario recortadas, números del 0 al 9 y un SI y un NO formando
un círculo en la mesa. El vaso está en medio y invocamos a un espíritu. Le
hacemos preguntas y él las contesta. He leído sobre eso y te pueden adivinar el
futuro.
-Pues si lo hubiésemos hecho antes
nos hubiésemos ahorrado el ridículo – Dijo Santi.
Finalmente decidieron jugar a lo que
había propuesto Damián para aprovechar lo que les quedaba de tarde. Podía ser
divertido.
Una vez que lo tuvieron todo
preparado encima de la mesa, las letras y números recortados haciendo un
círculo, el vaso puesto boca abajo en el centro y todos sentados alrededor de
la mesa, Damián les dio las instrucciones para empezar, haciendo constar que él
no lo había hecho ninguna vez pero su hermana sí y le había explicado como
hacerlo.
-Primero tenemos que tocar con el
dedo índice de la mano derecha en el borde del baso, pero sin apoyarlo. Después
haré preguntas y supuestamente el vaso se irá moviendo por las letras y números
para dar la respuesta.
-¿Y quién lo mueve? – se interesó
Dani- ¿tú?.
-El espíritu que se introduzca en él,
nosotros simplemente lo acompañamos con el dedo.
-Si el espíritu se tiene que meter en
el vaso, ¿no seria mejor ponerlo boca arriba? – Interrogó Santi con una sonrisa
– Es más: tendríamos que haber dejado uno de los vasos de whisky sin limpiar
para que se moviera más rápido y tal vez haciendo eses.
-Venga, va – se molestó Damián – que
esto es muy serio. Empezamos, poned el dedo índice sobre el borde del
baso.
-Espera, nos falta algo importante –
Dijo Santi, marchando en dirección a la cocina con una botella de coca-cola,
cuatro vasos y una bolsa de patatas- No vamos a desaprovechar lo que ha sobrado
de la fiesta.
-Macho, siempre pensando en la
comida. Venga empezamos.
Todos pusieron el dedo índice sobre
el vaso y esperaron las instrucciones de Damián.
-Ahora relajaos i liberad la mente de
pensamientos –tras un minuto de silencio, Damián prosiguió- ¿Hay alguien ahí…?
El silencio solamente era roto por el
ruido que hacían Santi, Dani y Paco al masticar las patatas fritas que se iban
echando a la boca con la mano libre.
-¡Ostias tú!, a ver si os tomáis esto
un poco en serio.
De repente el vaso se deslizó
lentamente sobre la madera de la mesa y se detuvo en el “SI”. Fue un movimiento
suave que pareció sorprenderlos a todos, que dejaron de comer.
-¿Quién ha movido el vaso? – preguntó
Dani.
Se miraron unos a otros y finalmente
enfocaron la atención en Damián, el principal sospechoso.
-Os juro que yo no he sido.
Sin levantar los dedos del vaso,
todos miraron que ninguno de ellos lo tuviese suficientemente apoyado como para
poder empujarlo.
-¿Eres un espíritu?
El vaso se deslizó realizando un
pequeño círculo y se dirigió lentamente
al “SI”.
-¿Eres un espíritu bueno?.
“SI”
-¿Cómo te llamas?.
El vaso se movió hacia la “P”,
después hizo un movimiento circular como si buscara la siguiente letra y se fue
a la “E”, después a la “D”.
-Pedro ¿te llamas Pedro?
El vaso pareció hacer un penoso y
lento recorrido hasta el “SI”.
Todos se quedaron mirando nuevamente
a Damián, pero este se encogió de hombros y volvió a decir:
-Yo no muevo el vaso.
-¿De dónde eres, Pedro?
El vaso no se movió.
-De dónde va a ser –Dijo Santi- Si es
un espíritu y es bueno, pues será del cielo, digo yo.
Todos excepto Damián rieron la
ocurrencia.
-¿Qué edad tenias cuando moriste,
Pedro? –Preguntó Damián sin hacer caso de las mofas.
El vaso se fue al “1” y al “9”.
Después se deslizó lentamente hacia varias letras: A-C-C-I-D…
-Accidente – Intervino Santi.
El vaso se deslizó hasta el “SI”.
-Pedro, chato, tendrías que deletrear
un poco más rápido. A éste paso se nos dan las uvas.
Nuevas risas.
-Pedro, ¿dónde vivías? – preguntó
Damián.
El vaso no se movió durante un
instante. Luego se deslizó lentamente hacia varias letras:
T-R-R-A-G-N-A
Miraron a Damián como preguntándole
qué quería decir. Estaba claro que era él quién estaba moviendo el vaso. Pero
aquello era divertido y decidieron seguirle la corriente.
-¿Qué quieres decir, Pedro? –
Preguntó Dani mirando a Damián – Para mí que te has comido la mitad de las
letras. ¿Te refieres a Tarragona?
El vaso se fue al SI, pero esta vez
Dani, Paco y Santi habían levantado los respectivos dedos y quedó patente que
Damián lo estaba empujando “él solito”.
-Macho ¡Cómo te pasas! – Le dijo
Paco.
Damián se puso colorado al verse
descubierto, pero finalmente volvió a colocar el vaso en el centro de la mesa.
-Vale, vale, me habéis pillado. Vamos
a intentarlo de nuevo y os prometo que ésta vez me portaré bien.
Como no tenían otra cosa mejor que
hacer, los cuatro amigos volvieron a poner los índices sobre el vaso, apenas
sin tocarlo. Damián incluso lo puso a tal distancia que era evidente que ni lo
rozaba.
-¿Hay alguien ahí?
Nada, el vaso ni se movió. Estaba
claro que sin el “poder” de Damián la cosa no funcionaba.
-¿Hay alguien ahí? –Repitió Damián
con cierta impaciencia.
El vaso siguió sin dar signos de
vida.
-Me parece que se ha acabado la
diversión – Comentó Santi.
En aquel momento el vaso se deslizó
con determinación hacia el SI, sorprendiéndolos a todos. Esta vez vieron claro
que Damián no lo había empujado por que se había quedado con el índice
suspendido en el vacío.
-¿Quién eres?
El vaso comenzó a deslizarse rápidamente
hacia diferentes letras, empujando con furia los papeles que había dispuestos
en semicírculo sobre la mesa, arrastrando los dedos de los cuatro amigos y
haciendo que uno u otro tuviese que levantar de la silla para poder seguirlo.
D- E- M-O-N-I-O
El vaso volvió bruscamente al centro
de la mesa y se detuvo.
Todos se quedaron en silencio,
mirándose unos a otros.
De repente Santi cogió el vaso,
haciendo que el resto retirara los dedos, se lo llevó al trasero y lanzó un
sonoro, largo y apestoso pedo. Volvió a dejar el vaso en el centro de la mesa
bocabajo y dijo:
-Para toda tu boca, Demonio. – Estaba
seguro que alguno de ellos había tomada el relevo a Damián en empujar el vaso.
El resto se quedaron con la boca
abierta y sorprendidos. Una carcajada general resonó en la estancia.
El vaso se movió violentamente y
salió disparado como una bala hacia la pared, a unos cuatro metros de la mesa,
arrastrando en su recorrido varios papeles. Rebotó sin romperse y fue a caer
encima del sofá.
Nadie lo había tocado.
El terror se adueñó de los cuatros
amigos, que guiados por un instinto de supervivencia que nunca antes habían
sentido, se levantaron rápidamente de las sillas, sin dejar de mirar al vaso
que descansaba encima del sofá haciendo movimientos espasmódicos, como si
tuviese vida propia.
-¿Pero qué…? – Exclamó Damián,
aterrado.
La estancia parecía de repente un
congelador, un aire frío y espeso lo inundó todo.
Los cuatro amigos se miraron entre
ellos. Estaban blancos como el mármol y una nube de vaho salía de sus
bocas. Comenzaron a temblar.
Dani sintió una gran desazón dentro
de sí, que le ahogaba y oprimía el corazón. Era como si su alma se estuviese
apagando poco a poco. Tenia todos y cada uno de los pelos del cuerpo erizados.
Miró a sus amigos e intuyó que les pasaba lo mismo. Alguna fuerza les mantenía
inmóviles, sin poder despegar los pies del suelo y la voluntad anulada.
Una sombra pareció tapar fugazmente
la luz del sol que entraba por la ventana y durante unos instantes tuvieron la
sensación que se había hecho de noche. Había una energía hostil, poderosa, que
los envolvía y aplastaba en cada centímetro de piel.
-¡Huyamos! –gritó Paco.
Se precipitaron rápidamente hacia la
puerta de salida de la vivienda y cerraron tras de sí, bajando la escalera corriendo
hasta llegar a la calle.
El contraste de temperatura que había
en el exterior les hizo tener la sensación de entrar en un horno.
Intentaron conservar la calma para no
llamar la atención de la gente y caminaron calle arriba.
Dani miró hacia la primera planta del
edificio de viviendas de dónde acababan de huir. Juraría que una sombra les
miraba detrás de la ventana del comedor.
Caminaron apresuradamente hasta un
parque cercano, donde había gente sentada en los bancos y niños jugando bajo el
sol estival, ajenos al horror que ellos acababan de conocer.
Se sentaron en silencio en uno de los
bancos, todavía temblando.
-Tío, eres un imbécil – Dijo Damián
mirando furioso a Santi- ¿Cómo se te ocurre cagarte en la cara de un espíritu
maligno? Ni el cura de la “peli” del Exorcista tiene cojones para hacer eso.
-¿Y ahora qué hacemos? – preguntó
Dani.
-Tendríamos que ir a recoger la casa,
lo hemos dejado todo por medio. A ver como le explico a mi madre lo de las
letras encima de la mesa. –Dijo Paco- tenemos que limpiar lo que queda de
bebida y comida…
-Ni loco vuelvo ahí –Dijo Santi.
Estaba blanco como el papel y todavía temblaba.
-¿Y ahora qué? –Preguntó Dani.
-Esperemos que el espíritu, lo que
sea, no nos persiga – le respondió Damián.
-Creo que lo mejor que podríamos
hacer es no contarle a nadie lo que ha pasado. Nos tomarían por locos – Dijo
Paco
Los cuatro amigos permanecieron en
silencio, sentados en el banco mientras a su alrededor se escuchaban los gritos
de los niños jugando. Tuvieron la sensación de estar dentro de una burbuja que
los separaba del mundo real, como si estuviesen impregnados hasta lo más hondo
de su ser por algo oscuro y maligno que los llenaba de tristeza.
-Vámonos, aquí ya no hacemos nada –
Susurró Dani.
Los cuatro chicos se dirigieron a sus
respectivos domicilios apenas sin despedirse.
Dani entró en su casa y encontró a
sus padres viendo la televisión.
-¿Ya habéis acabado la fiesta? – Le
preguntó su madre.- Pues sí que ha durado poco.
-Sí, bueno, es que no me encuentro
bien… – Le contestó Dani, deseoso de encerrarse en su habitación – Estoy
cansado, hasta luego.
Lejos de sentirse reconfortado, Dani
sintió que el corazón se le oprimía entre las cuatro paredes de la habitación.
Puso música y se tumbó en la cama, intentado encontrar sentido a lo que les
había sucedido. Estaba claro que el vaso había salido volando des de la mesa
sin que nadie lo tocara. Aquello no tenía explicación lógica posible. No había
sido fruto de su imaginación ni la del resto de amigos. Una fuerza que no
entendía había volcado su furia contra ellos por mofarse. ¿Habrían abierto
inconscientemente una puerta del más allá que ha permitido la entrada de un
ente maligno? El vaso deletreó las palabras “demonio”. Volvió a
sentirse aterrado y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Finalmente se metió
vestido entre las sábanas de la cama y comenzó a llorar.
No se levantó a cenar. La noche fue
larga y aterradora. Sentía una presencia constante en la habitación, que lo
acechaba y lo sumía en una profunda tristeza. Incluso creyó escuchar una
respiración profunda justo a su lado. No se atrevió a mirar. Tenía la cabeza
bajo las sabanas y así estuvo hasta que amaneció.
Estuvo todo el domingo metido en
cama, sin fuerzas ni ganas de levantarse. Su madre venía de vez en cuando para
tocarle la frente a ver si tenía fiebre, pero solo encontró una piel fría como
el hielo.
-Si no te mejoras, mañana iremos al
médico – le dijo – Creo que comisteis algo en mal estado en la fiesta, me ha
llamado la madre de Paco y me ha dicho que está también en cama hecho polvo.
Dani se alegró de que su madre
pensara que estaba enfermo por una reacción alimenticia, ya que le sirvió de
escusa para no levantarse a comer ni
cenar.
La noche fue como la anterior,
insomne y cargada de miedos. Continuó la sensación de no estar solo e incluso
notó la presión de alguien que se sentaba en el colchón de la cama, a sus
pies. Con la cabeza tapada por la
sábana, lloró y rezó para que esa presencia
lo dejara tranquilo de una vez por todas.
El lunes no fue al instituto. Se
encontraba agotado después de dos días sin comer ni dormir. Lo peor era la
tristeza que atenazaba su espíritu.
El médico le recetó varios
medicamentos para que al menos pudiera descansar y prescribió un chequeo
general con la finalidad de diagnosticar su enfermedad.
Su madre le explicó que sus amigos
tenían los mismos síntomas que él, pero el que lo estaba pasando peor era
Santi. Su estado físico se había degradado de tal manera que había perdido
mucho peso en poco tiempo. Además se negaba a hablar con nadie.
Pasaron los días y por fin Dani fue encontrado una mejoría lenta pero
constante. La medicación consiguió que por fin conciliara el sueño y hasta las
pesadillas fueron desapareciendo. Una noche ya no sintió la presencia en su
habitación y la tristeza también le abandonó. Se levantó de la cama y asaltó la
nevera, devorando todo lo que su estómago pudo almacenar.
Al día siguiente se levantó temprano
y le dijo a sus padres que iría al instituto. No sabía si sus amigos habían vuelto
a clase, ya que no se había puesto en contacto con ellos des de aquel fatídico
día.
Cuando se miró al espejo mientras se
aseaba, se asustó del rostro que se reflejaba en él. Tenía la cara blanquecina
y los pómulos hundidos. Unas ojeras oscuras envolvían sus ojos.
En el instituto encontró a Paco y a
Damián, los dos con un aspecto similar al suyo. Le dijeron que llevaban pocos
días des de que habían reiniciado las clases. Los amigos apenas hablaron y no
hicieron ninguna mención a la experiencia vivida. Todavía no estaban
preparados. Santi continuaba sin aparecer.
Una mañana se reunieron los tres en
el comedor del instituto y por fin sacaron el tema. Habían mejorado
ostensiblemente su estado físico y mental.
-Creo que lo que nos ha pasado es
pura y dura sugestión – Dijo Dani – Quiero pensar que lo que ocurrió fue fruto
de una histeria colectiva. Alguno de nosotros empujó el vaso con tanta fuerza
que lo envió al sofá. Es imposible que saliera volando solo.
-Sabes que eso no es cierto – le
contestó Paco- No nos hemos inventado nada. Tampoco me invento que alguien me
seguía a todas partes. Me sentía observado hasta cuando me duchaba. En mi vida
lo he pasado peor.
-Propongo que pasemos página. –
Comentó Damián - Tenemos que volver a la normalidad lo antes posible y no
hablar más sobre esto. Hoy iremos a ver
a Santi, si os parece bien. Es el único que todavía sigue “atrapado”
Cuando acabaron las clases los tres
se dirigieron a la casa de Santi. Su madre les abrió la puerta.
-Hombre, ya era hora que aparecierais
por aquí- dijo. Luego añadió mirando a Paco- Tu madre me llamó y me explicó lo
que había pasado. Sé que la juventud os tomáis éste tipo de cosas a cachondeo,
pero estáis viendo las consecuencias.
-¿Cómo está Santi? – preguntó Dani.
-Mejor, muy bien, parece que el
trabajo del psiquiatra ha dado su resultado. Ayer durmió profundamente y ya
come casi con normalidad. Pasad a la habitación, está ahí escuchando música,
otro síntoma de que está mucho mejor.
Cuando entraron en la habitación de
Santi lo encontraron sentado en el escritorio con los cascos puestos y ojeando
un cómic. Había adelgazado muchísimo y tenía unas profundas ojeras.
-¿Cómo va tío?
-¡Hóstias, pensaba que os habíais
olvidado de mi! Sentaos, sentaos.
- Cuéntanos cómo te ha ido – le dijo
Paco.
Santi pareció masticar las palabras
mientras miraba al suelo.
-Pues veréis. No me vais a creer,
pero desde la misma noche que pasó aquello y hasta ayer mismo, tenia pegado a
mi una sombra. La veía en todo momento, al lado de la cama, y me hablaba… -
Santi sacudió la cabeza como para deshacer la experiencia – me decía que me
llevaría con él. Cada día me sentía más débil y no tenia fuerzas ni para comer.
Me han estado a punto de ingresar en un hospital. Ha sido terrorífico, como una
pesadilla muy larga e interminable. Pensaba que me había vuelto loco.
“Me da vergüenza decirlo, pero me ha
estado tratando un psiquiatra que incluso me hizo sesiones de regresión y
hipnosis o como se llamen. Me llenó de pastillas hasta el cogote y creo que todo lo que he visto y vivido eran alucinaciones.
Estaba hasta el culo de drogas.
“Ayer me sentí ligero, como si me
hubiesen quitado un gran peso de encima. En vez de la sombra había una luz
blanca y resplandeciente que me acarició la cabeza y me dio calor por dentro.
Reíros, reíros… “
Los amigos no se rieron.
-A ver cuando te acabas de mejorar –
le dijo Dani – estamos preparando otra fiesta en el piso de la abuela de Paco,
esta vez con “churris” que vengan sin novios.
-Sí claro, y ésta vez nos compramos
un tablero profesional de “ouija” para hacerlo mejor y invitamos al D-I-A-B-L-O
al guateque, a ver si hacemos las paces con él. Eso sí, nada de pedos en su
cara. ¡No te jode!.
Esta vez sí que rieron los cuatro
amigos, pero se juraron que nunca más hablarían de lo que había pasado. Les
quedaba toda una vida por delante.
Todo y eso, Dani pensó que sus almas
habían quedado marcadas por una cicatriz oscura y maligna. Rezó para que jamás
se reabriera. El destino les había dado otra oportunidad y tenían que
aprovecharla. Cualquier mal acto que cometieran a partir de ese momento podría abrir la puerta para que el mal
retornara. Lo tendría muy en cuenta en un futuro.
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