Después de un viaje de dos horas, y
haberse perdido unas cuantas veces, encontraron un camino estrecho y medio asfaltado que surgía a la
derecha de la carretera. Un cartel de plancha metálica, escrita a mano a brochazos
de pintura roja y sujeto a un poste
torcido de madera, indicaba el nombre que buscaban.
Daniel no se explicaba que no lo hubiesen
visto en las tres veces que habían pasado por el lugar, carretera arriba,
carretera abajo. Según su mujer, Sara, que
estaba sentada al lado suyo, la culpa la tenía su manía de correr demasiado y
no aminorar la marcha cuando había un cartel indicador.
Como era normal en aquellas
situaciones, en la que no encontraban una dirección, acababan discutiendo
acaloradamente, mientras que sus dos hijos, David y
Raúl, sentados en los asientos posteriores, miraban en silencio por la
ventanilla con expresión de resignación. Sabían que si daban su opinión
entrarían rápidamente a formar parte de la discusión y sus padres les pedirían
que inclinasen la balanza para ver de quién de los dos tenía la razón. Si la
daban, tenían todos los números para que el que no la tenía se la tomara con
ellos.
Por suerte habían encontrado el
camino, y una vez el vehículo enfiló con precaución aquella destartalada carretera
que tenía el asfalto muy castigado por continuas heladas y nevada invernales,
se obró el milagro que la paz volvió a renacer en el habitáculo, y como cada
vez que se daba aquella situación, hombre y mujer se acercaron forzadamente
retenidos por los cinturones de seguridad para darse un beso en los labios y
reír. Se acabó la discusión y volvió la tranquilidad.
El camino discurría sinuoso entre
montículos que impedían ver lo que había más adelante. Circulaban muy despacio
para prevenir que ningún vehículo que surgiera en la otra dirección los
sorprendiera en una curva, ya que la anchura de aquella carretera cachumbrosa
apenas permitía el paso de dos coches a la vez.
Después de una pendiente llegaron a
una elevación que les llevó al inicio de un valle, planicie de hierba verde y
fresca salpicada aquí y allá por vacas pastando tranquilamente mientras movían
el rabo. También había enormes y peludos caballos sueltos que los miraban con
curiosidad a su paso.
Para tranquilidad de los urbanitas
ocupantes del vehículo, los márgenes de la carretera estaban delimitados por
cables eléctricos que impedirían que los animales la invadieran y se empotraran
contra ellos. David, de trece años los
miraba con aprensión, mientras que en contra, Raúl, de tres años y acomodado en
su sillita, iba con la boca abierta
disfrutando de la nueva experiencia.
Al fondo del prado, se alzaban
majestuosas unas montañas coronadas por mantos blancos y rodeadas de frondosos
bosques de pinos rojos, negros y abetos. La naturaleza se expresaba en su
máxima belleza. Hacía un día frío pero
radiante y el sol resplandecía en
un cielo azul intenso y limpio, sin una sola nube.
A la izquierda observaron una masía,
y pronto comprobaron que la carretera los dirigía irremediablente hacia
ella.
Entraron entre dos columnas de piedra
que flanqueaban el camino y poco después
la ruta finalizó en una explanada empedrada,
situada junto a la fachada principal de la masía. Habían llegado a su
destino.
Cuando abrieron las puertas del
coche, el primero en saltar fuera fue Laki, un perro pequeño y marrón claro con
el hocico negro y las orejas caídas, de raza “mil leches” como le gustaba decir
a Daniel. No tardó en olisquear la base de un árbol que había al lado de la
explanada y regarlo generosamente mientras levantaba la pata trasera.
Una vez desataron a Raúl de su
sillita, la familia al completo se encontró fuera del coche, envueltos en el
fresco de la mañana y notando el cambio de temperatura tras haber disfrutado de
la calefacción hasta ese momento.
Daniel no dejó de sorprenderse de que
pudieran disfrutar de aquella propiedad un fin de semana entero por el precio
que le habían pedido. La edificación de la masia era imponente. Consistía en
una gran casa principal de tres plantas, centenaria, muros robustos de piedra y
tejado de pizarra a dos aguas. La otra edificación, anexa a la primera, era una
casa, también de piedra, de una sola planta y mucho más pequeña. Se intuía que
antes de la rehabilitación que había tenido toda la edificación era un granero
o corral de animales. En la actualidad presentaba una fachada con ventanas y
puerta de acceso de madera maciza barnizadas al estilo rústico. En los alfeizar
de las ventanas había macetas de tronco de árbol con bonitas flores de color
lila, al igual que los dos grandes maceteros que flanqueaban la puerta de
acceso, antiguas tinajas de vino reconvertidas en inmensas jardineras.
Delante de la casa había un prado de
hierba verde y bien cuidada, donde se observaba una barbacoa gigantesca de
piedra y delante de ella, un cubierto con una mesa y bancos, todo ello
fabricado con troncos de madera. Daniel pensó entusiasmado que iba a fundir la
barbacoa a base de hacer carnes y paellas.
Detrás de la barbacoa había una
piscina rectangular y de considerable tamaño, con agua cristalina y calmada
como la superficie de un espejo en donde se reflejaban las montañas nevadas.
Al lado de la piscina había una
edificación de piedra y grandes ventanales de madera que Daniel sabía por la
información que había del lugar en Internet, que era el salón de juegos, la
gran sorpresa que tenían guardada para sus hijos. Aún así no les dio tiempo a
decirles nada, ya que ambos habían salido corriendo y lo estaban explorando
todo. En menos de un minuto les estaban gritando que en la sala de juegos había
un billar, un futbolín y una mesa de ping-pong. Laki, contagiado por la alegría
de los niños correteaba de un lado a otro sin parar de ladrar.
Daniel y Sara observaron abrazados
como sus hijos iban descubriendo cada vez más cosas, y no paraban de darles
información a gritos: “aquí hay leña” “mira mamá, en este cobertizo hay
herramientas” “´¿podemos jugar en el salón de juegos?. Ambos pensaban que los
niños se merecían disfrutar aquello aunque solamente fuese un fin de semana, ya
que no se podían haber ido de vacaciones de verano por motivo de trabajo de sus
padres. También por tema económico.
Habían encontrado aquella casa de
alquiler por Internet, tras realizar numerosas búsquedas infructuosas. Al ser
temporada baja, el precio había sido súper económico, ya que encima el
propietario les había hecho una sustancial rebaja del precio inicial por la
casa pequeña. Realmente el complejo constaba de sesenta plazas en la casa
grande, la cual estaba cerrada y cinco en la pequeña. Tanto la barbacoa, como
la piscina y la sala de juego era compartida por todos los inquilinos, pero
como no había nadie más, eran los dueños y señores, eso sí, efímeros, de todo
aquello.
Tal y como les había prometido el
dueño, la llave de la casa pequeña estaba dentro del macetero-tinaja de la
derecha de la entrada.
Cuando Sara abrió la puerta y
accedieron dentro, ambos se sorprendieron de lo grande que era el interior.
Al lado de la puerta había un
escritorio antiguo con un libro sobre él. En la tapa ponía en letras doradas
“libro de visitas”.
No había vestíbulo, sino que se
accedía directamente a una gran sala decorada al estilo rústico montañés, con
suelo de madera natural. A la izquierda de la entrada estaba la cocina,
luminosa y grande, con bonitos muebles de madera maciza con tiradores de
porcelana. No tardaron en comprobar que los armarios disponían de toda la
cubertería y baterías de cocina necesarias.
Delante de la cocina había una mesa de madera con cinco sillas. Un sofá
dividía el espacio hacia la sala de estar, en donde había una chimenea de
hierro contra la pared y a su lado, una televisión.
Al fondo de la sala había un pequeño
pasillo en donde había tres puertas que estaban abiertas. La pareja pronto
averiguó que se trataba de la habitación de matrimonio, con una gran cama con
cabezal de hierro forjado; del cuarto de baño, grande limpio y luminoso, y la
que sería la habitación de los niños, con dos camas independientes separadas
por una mesita de noche.
Mientras los niños jugaban en el
exterior, descargaron las maletas del coche y repartieron la ropa por los
diferentes armarios y los enseres de higiene en el lavabo. Cuando acabaron,
decidieron ir a comprar lo necesario para pasar el fin de semana. Habían visto
un supermercado en el pueblo más cercano, a unos tres kilómetros de allí.
Dejaron a Laki dentro de la casa, y se marcharon los cuatro en el coche.
Al mediodía una alegre hoguera ardía
en la barbacoa y Dani preparaba los ingredientes para hacer una paella. Sara le
echaba una mano y discutía con David, el cual quería bañarse en la piscina.
Todo y decirle que hacía mucho frío para bañarse, sabía que era una batalla
perdida. Habían visto a su hijo bañarse en una playa en pleno mes de enero.
Veía un poco de agua y sentía unos deseos irrefrenables de zambullirse en ella,
hiciera frío o calor. Finalmente cedió y tras decirle: “Haz lo que te de la
gana”. Antes de que se diera cuenta, David se había quedado en calzoncillos y
nadaba alegremente. Al cabo de diez
minutos lo recibió al borde de la piscina con una toalla, que el niño agradeció
entre tembleques, castañeo de dientes y los labios azules.
Después de dar cuenta de la paella en
la mesa exterior, el resto de la tarde transcurrió entre paseos por los
alrededores, en los que aprovecharon para hacerse fotografías haciendo bobadas.
Perdieron el miedo a los caballos y vacas que se acercaban al cercado y posaron
junto a ellos sin poner ninguna pega e incluso se dejaban acariciar. Todo un
repertorio gráfico que engrosaría el álbum de fotos familiar y haría las
delicias del matrimonio con el paso de los años.
Cuando empezó a oscurecer, se
retiraron a la casa y empezaron a hacer la cena en la cocina. Una rica,
calentita y gratificante sopa y embutidos de la zona. Después pasaron un buen
rato en la sala de juegos, dónde dejaron a Raúl ganar al futbolín, billar y
ping-pong. El niño estaba pletórico y creyó ser un superhéroe de los juegos.
Finalmente se recogieron en la casa.
Daniel encendió la calefacción des del termostato y también puso en marcha la
chimenea.
Estuvieron viendo la televisión un
rato con la sala a oscuras, solamente con la luz de las llamas de la chimenea y
el resplandor del televisor.
Raúl no tardó en quedarse dormido y
Dani lo llevó en brazos hasta la cama. David se hizo el valiente, pero cinco
minutos más tarde también se quedó
dormido en el sofá. Su padre le dio el mismo destino que a su hermano pequeño.
El matrimonio se quedó solo viendo la
televisión. Aprovechando el espacio que había quedado en el sofá tras la marcha
de sus hijos, Sara se tumbó y puso las piernas sobre su marido, para que le
diera unos masajes en los pies.
Daniel no terminaba de encontrarse
cómodo. Era una sensación que no había sentido antes. No le gustaba tener el
comedor y la cocina a oscuras a sus espaldas. Hubiese preferido tener una pared
protegiéndolo. Escuchó roncar a Laki sobre su colchón, al lado de la chimenea.
Finalmente el cansancio del día hizo
mella en ellos, apagaron la televisión y se fueron a la cama.
Como de costumbre, Daniel se acostó
en la parte derecha del colchón, muy cómodo por cierto. Des de allí veía la
habitación de los niños, aunque a penas podía vislumbrar la silueta de las
camas.
La casa se quedó sumergida en un
silencio espeso, casi incómodo. Al apagar la luz del dormitorio una oscuridad
casi absoluta se adueñó de todo.
Aún estando muy cansado, Dani tuvo
problemas de conciliar el sueño. Sara se acurrucó contra él y al poco se quedó
dormida.
Despertó de repente, sin saber
porqué. Miró la esfera luminosa de su reloj de pulsera y vio que eran las dos
de la madrugada.
De repente escuchó unos gemidos que
procedían de la sala de estar. Era Laki que estaba lloriqueando.
Dani se levantó sin encender la luz
del dormitorio, ya que no quería despertar a Sara y se dirigió casi a tientas
hacia la sala de estar. Antes se detuvo en la puerta de los chicos y observó
bajo la tenue luz de la luna que entraba por la ventana del dormitorio que
ambos dormían plácidamente.
El fuego en la chimenea se había
convertido en brasas. Laki desde su colchón le miró con las orejas hacia atrás
y lloriqueó lastimosamente, después giró la cabeza hacia la cocina. Parecía
estar asustado.
Dani pensó que el perro extrañaba el
hogar familiar y al igual que él, no se acababa de encontrar cómodo cuando caía
la noche. No podía quitarse de la cabeza
que estaban aislados en mitad del campo, a tres kilómetros de la vivienda más
cercana. Se llamó imbécil así mismo por pensar idioteces de películas de
terror. Estaban seguros y había cerrado la puerta de acceso con dos vueltas de
llave antes de acostarse. Se dirigió
hacia la cocina en penumbras, pero Laki no le siguió. Solamente entraba una
tenue luz lunar. Se asomó al exterior y prácticamente no pudo ver nada,
solamente la silueta de las montañas contra un cielo casi negro salpicado por
miles de estrellas.
Sintió de repente una gran sensación
de frío, que traspasaba la tela del pijama y le llegaba hasta los huesos.
Incluso una nube de vapor salió de sus labios. Un violento escalofrío recorrió
su cuerpo.
Pensó que se había estropeado la
calefacción i optó por correr hacia la cama para arroparse y buscar el calor de
Sara. De camino y en penumbras tropezó con la mesa del comedor, las sillas, el
sofá... Maldijo y llamó a Laki para que lo acompañara y dejara de gimotear. El
perro lo siguió encantado y se tumbó en el suelo, a su lado de cama.
Curiosamente el frío había cesado de golpe y la habitación se encontraba cálida
por los efectos de la calefacción. Todo y la intranquilidad que sentía,
finalmente se quedó dormido.
El día siguiente también amaneció
radiante. El aire era puro y frío. Durante la noche había helado y tanto el
coche, aparcado delante de la casa, como los prados estaban blancos de
escarcha.
Mientras la familia desayunaba
hicieron planes para pasar el día. Llegaron a la conclusión que se quedarían
allí y que disfrutarían del lugar. Dani se olvidó del malestar de la noche
anterior y se encontró vital y feliz. El sol destruye las brumas y temores
nocturnos.
Los niños no pararon de jugar en el
campo. Habían descubierto en la sala de juegos un cobertizo con balones de
fútbol y baloncesto. En la parte trasera de la masia había un pequeño campo de
fútbol y una cancha de baloncesto, por lo que pasaron la mañana
aprovechándolas.
El matrimonio jugó con ellos,
pasearon por los alrededores y finalmente, cuando el hambre empezó a remover
los estómagos, Dani encendió la barbacoa para asar un surtido de carnes y
verduras que habían comprado el día anterior. Pronto el aire quedó aromatizado
por el olor de la comida y los niños acudieron rápido a la mesa exterior.
Por la tarde pasearon por los
alrededores, descubriendo nuevos caminos y disfrutaron de la naturaleza.
Por la noche volvieron a disfrutar de
la sala de juegos y finalmente se recogieron en la casa, dispuestos a pasar la
última noche en la masia.
La cena fue abundante y deliciosa.
Cuando finalizó, recogieron la vajilla y la dejaron en el fregadero. Ya la
fregarían por la mañana antes de marcharse.
Dani
encendió la chimenea. Las llamas y el calor extra le reconfortaban, todo
y estar un funcionamiento la calefacción.
Estuvieron jugando a juegos de mesa
durante un rato, hasta que los niños, agotados, se fueron a dormir.
Dani y Sara se acomodaron en el sofá,
ella con las piernas encima de él como tenía costumbre, y estuvieron viendo la
televisión un rato. Dani no apagó la luz del salón en ésta ocasión y se sintió
mucho más tranquilo. Laki comenzó a roncar des de su colchón al lado de la
chimenea.
Cuando les empezó a vencer el sueño
se retiraron a la habitación. Al apagar las luces la estancia se sumió en la oscuridad más
absoluta. Dani volvió a sentir una desazón que no se podía explicar.
Ya en la cama, notó como el cuerpo
cálido de Sara caía en un profundo sueño. Estaba cansado y también tenía que
dormir, pero no notó la diferencia de la oscuridad que le rodeaba cuando cerró
los ojos. Pensó en el agradable día que habían pasado para conseguir abstraerse
de la extraña sensación que lo desvelaba, pero no lo conseguía. Cuando estaba
en casa y no podía dormir, acudía a un libro. La mente se liberaba de los
problemas que pudiera tener y el cansancio ganaba la partida. El problema era
que no se había llevado ningún libro.
De repente se acordó del libro de
visitas que había visto sobre el mueble de recibidor cuando llegaron a la casa.
Podía ser entretenido leer las opiniones de los visitantes anteriores a ellos.
Se levantó sigilosamente para no
despertar a Sara y fue encendiendo las luces de la casa hasta llegar al
recibidor. Laki le miró con curiosidad desde su colchón y volvió a dormir profundamente.
De vuelta a la cama, se acomodó la
espalda contra la almohada para conseguir una buena posición para leer y
solamente dejó encendida la lamparilla de noche de su lado.
Ojeó las páginas y pudo observar que
la primera nota era de hacia un año aproximadamente, mientras que la última
había sido escrita un semana atrás. La mayoría de los mensajes ocupaban
escasamente cinco líneas. El libro estaba escrito hasta su mitad
aproximadamente.
Se dijo que él también colaboraría
con algún mensaje cuando acabara de leer los de sus predecesores.
Empezó a leer por la primera página:
“Agradecemos a Lluís i Assumpta su
amabilidad y atención para que pasáramos éstos maravillosos días en su masia.
Impagable los embutidos de la zona que nos trajeron y la información de las
actividades que hay alrededor.
Lástima que hiciera frío para bañarse
en la piscina.
Gracias por todo y seguro que
volvemos.
Jordi, Marga y los peques. 15 de
marzo de 2004”
Dani se preguntó dónde estaban Lluís
y Asumpta, los propietarios de la
Masia , ya que ni les habían llevado embutidos de la zona ni
les habían explicado nada, excepto dónde debían hacer el ingreso por
transferencia bancaria del alquiler de la casa después de una breve
conversación telefónica. También le dijeron dónde estaba la llave de la puerta
y que la colocaran en el mismo sitio cuando se marcharan. ¡Ah!, y que no
rompieran nada. Supuso que la amabilidad inicial se había ido agriando con el
paso del tiempo.
En fin, continuó leyendo.
“Hemos pasado un fin de semana maravilloso en ésta preciosa masia. Los
niños han disfrutado de lo lindo en la sala de juegos y en el campo de fútbol.
Gracias a Lluis y Assumpta por su
amabilidad. Los embutidos riquísimos.
La família González- Pérez
23 de marzo de 2004”
Dani siguió ojeando hoja tras hora,
leyendo mensaje tras mensaje y comenzó a aburrirse. Parecía que todos escribían
prácticamente lo mismo, incluido lo de lo buenos que eran los embutidos de
Lluis y Assumpta. Él seria más original cuando escribiera el suyo, haciendo
constar que dónde estaban los dichosos embutidos.
Un mensaje le llamó la atención por
lo extenso que era, ocupando prácticamente una página entera.
“La verdad es que me lo estaba
pasando muy bien hasta que sucedió lo de la anciana que viste de negro.
Me levanté de madrugada para beber un
baso de leche y vi a una mujer mayor vestida totalmente de negro que estaba
delante del fregadero de la cocina, como si estuviese lavando los platos.
Creo que fue el mayor susto que me he
dado en mi vida.
La imagen fue desapareciendo poco a
poco hasta que ya no la vi.
Miré que la puerta de la calle
estuviese cerrada, y las ventanas, pero todo estaba bien.
No he pegado ojo en toda la noche. No
paro de escuchar ruidos.
Lo siento pero nos vamos. Ni loco
paso otra noche aquí.
Jaime y familia.
24 de junio de 2004”
Dani volvió a leer el mensaje otra
vez. No daba crédito a que alguien pudiera escribir algo así. Se sintió
inquieto y miró a su alrededor. Todo estaba a oscuras excepto a la discreta luz
de la lámpara de la mesita. El silencio era agobiante.
Se levantó y fue a la habitación de
los niños. Ambos dormían plácidamente. No pudo ni quiso mirar hacia la cocina,
la cual se encontraba a oscuras.
Todo parecía normal y se dijo
estúpido por inquietarse por lo que un tío había escrito unos meses antes.
Seguro que era un imbécil que intentaba reírse de los que leyeran su mensaje.
El ambiente era propicio para creerse historias de fantasmas: una casa aislada
en el campo, el tremendo silencio de la noche…
Una vez dentro de la cama, volvió a
retomar la lectura del libro, habían muchos mensajes más que seguramente harían
mención a lo bien que se lo habían pasado y lo buenos que están los embutidos
de la zona.
“Cuando leí el mensaje de la mujer de
negro pensaba que estaban tomándonos el pelo.
Ésta noche pasada me desperté de madrugada
porque noté un peso en mis pies. Al mirar vi una figura negra que estaba
sentada en el colchón. Desperté a mi marido y al encender la luz no vimos nada.
Creo que fue sugestión y tuve una
pesadilla.
De todas formas he de decir que hemos
pasado unos magníficos días de vacaciones y los niños se lo han pasado muy
bien.
Saludos.
Susana , Mario y Marc
5 de septiembre de 2004”
Un tonto escribe cuatro chorradas en
el libro de visitas y le fastidia las vacaciones al resto por pura sugestión,
pensó Dani.
Leyó el siguiente mensaje:
“Estábamos comiendo en la zona de la
barbacoa y cuando he entrado en la cocina a buscar pan he visto a una señora
mayor vestida de negro que se me ha quedado mirando y después ha desaparecido.
He llamado a los propietarios de la
casa y me han tomado por loca.
Le he dicho a mi marido que nos vamos
inmediatamente.
Ahora he leído en éste libro lo que
le ha pasado a otros inquilinos y me quedo tranquila en que no tengo
alucinaciones.
Perdón por la letra pero estoy
temblando.
Escribo ésta nota para avisar a otras
personas.
Hoy es 4 de noviembre de 2004”
Esto se está volviendo cada vez más
absurdo. Parece que la gente se ha puesto de acuerdo para asustar a los que les
siguen. Todo y eso Dani no pudo evitar rememorar la sensación extraña que había
sentido en la cocina la madrugada anterior, un frío intenso que le había calado
hasta los huesos. Leyó el último mensaje, de la semana pasada.
“Vi a la señora de negro delante de
la vitrina del comedor, al mediodía. Parecía como si estuviese limpiando los
cristales. Su cara estaba blanca y los ojos como vacíos. Del susto se me ha
caído el cubo de fregar al suelo.
Lo va a tener que recoger la mujer de
la limpieza, nosotros nos vamos de aquí.
14 de marzo de 2005” .
Para aliviar el desasosiego que se
estaba apoderando de él después de leer tanto testimonio nefasto, Dani pensó
que el fantasma de la señora de negro no podía ser tan malo si se dedicaba a
limpiar la casa a parte de asustar a la gente. La de “pasta” que se estarían
ahorrando los propietarios.
Justo cuando estaba sonriendo con su
ocurrencia, escuchó gemir a Laki des del comedor, el cual entró en la
habitación apresuradamente con el rabo entre las piernas y se acurrucó al lado
de la cama temblando.
Miró al animal espantado, sin saber
qué hacer. Lo que menos le apetecía era levantarse para ver lo que había
asustado a Laki. Su mujer dormía plácidamente a su lado pero tenía que
asegurarse que los niños estaban bien. ¿Y si había algún intruso en el exterior
intentado entrar en la casa?
Hizo un esfuerzo y salió de la cama,
se dirigió a la habitación de los niños evitando mirar hacia el comedor y la
cocina que estaban a oscuras. Dormían placidamente.
Fue hacia la estancia común y
encendió la luz. No había nadie. “¿Qué esperabas, imbécil, ver a una vieja
limpiando los cacharros en la cocina?”, se dijo.
Fue revisando las ventanas,
asegurándose que estaban bien cerradas y encendiendo las luces del exterior. La
zona de la barbacoa y la entrada estaban despejadas. Todo y eso abrió la puerta
y se asomó fuera, notando el frío de la noche a través de la tela del pijama.
Todo estaba correcto. Volvió a cerrar la puerta con dos vueltas de llave.
Se asomó por la ventana que había en
la zona de la cocina, la cual daba a la piscina y a la sala de juegos. Al fondo
las montañas se recortaban en un cielo pletórico de estrellas. Todo estaba
tranquilo, como no podía ser de otra manera.
Se encontró mucho más tranquilo y se
animó diciéndose a si mismo lo valiente que era al haber superado la influencia
del siniestro libro de visitas, el cual sin duda había sugestionado a todos los
anteriores ocupantes de la casa partir del primer gracioso que contó una
historieta de fantasmas. Todo y eso había una de los testimonios que había
escrito su mensaje sin haber leído previamente los anteriores, la señora de la
barbacoa si no recordaba mal, pero también es cierto que se podría haber unido
a la broma macabra. Incluso él mismo pensó que podría escribir en el libro un
mensaje siguiendo la tónica general. Algo así como:
“Encima que
Lluis y Assumpta no nos obsequiaron con sus famosos embutidos, una
señora de negro nos ha fastidiado las vacaciones apareciendo y desapareciendo
en todo momento y lugar: cuando estamos comiendo, acercándonos el salero,
limpiando las ventanas de la casa, cambiando a su antojo los canales del
televisor e incluso una vez me pasó el
papel higiénico cuando estaba haciendo mis necesidades en el lavabo…”
Sara, Daniel y los peques.
Ante semejante idea, Dani soltó una
risita y miró a su alrededor, viendo la bonita estancia iluminada. Nada malo
podía pasar allí. Vio su paquete de tabaco sobre la mesa del comedor y cogió un
cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió, aspirando el humo con
placer.
Se dirigió a la ventana de la cocina
y la abrió para evitar que el humo se quedara dentro de la casa, siempre fumaba
en el exterior, pero hacia mucho frío.
Contempló extasiado el inmenso cielo
estrellado, muy nítido como correspondía a la alta montaña, sin la
contaminación lumínica de la ciudad a la que estaba acostumbrado. El aire frío
entraba por la ventana abierta pero lejos de molestarle, se sintió vigorizado.
De repente sintió como le envolvía otro tipo de frío
muy distinto, que atravesaba el pijama, la piel, la carne y le llegaba hasta
los huesos, cortándole la respiración.
La sensación fue tan repentina que
sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y hasta el último cabello
se le erizó.
Notó una presencia a su lado.
Petrificado, siguió mirando por la ventana, sin atreverse a girarse.
Un plato que estaba en el fregadero
se deslizó sobre el resto de la vajilla sucia de la cena. Había algo más, un
sonido grave, intermitente que surgía del frío glacial que lo envolvía. Era una
respiración acompasada y fatigada.
Presa del pánico, Daniel se quedó
paralizado y sin saber qué hacer. El aliento de alguien le estaba azotando la
nuca.
En aquel momento notó como la colilla
del cigarrillo que sostenía entre los dedos le estaba quemando, por lo que la
lanzó por la ventana y aprovechando que había conseguido recuperar parte de la
movilidad se volvió bruscamente para enfrentarse a la presencia que lo estaba
acosando.
Una sombra negra con rostro difuso,
blanco como el mármol, lo observaba a menos de un palmo. No le dio tiempo a ver
más detalles porque la aparición se difuminó al instante. Casi sin darse cuenta
también el frío intenso abandonó su cuerpo y luchó para respirar con
normalidad. Un gemido le surgió de las entrañas y sintió unas ganas
irresistibles de llorar. Estaba aterrado.
Un pensamiento le hizo reaccionar
inmediatamente: los niños, Sara. Salió corriendo hacia las habitaciones
encendiendo las luces. Todos dormían plácidamente.
Se planteó despertarlos a todos,
hacer las maletas y marchar de ese lugar, que para él distaba mucho del paraíso
que se había encontrado los días anteriores.
Más calmado recapacitó y se dijo que no quería asustar
a los niños. ¿Qué explicación les daría a ellos y a su mujer si les decía de
irse a las dos de la madrugada, que había visto un fantasma?.
Entró en su habitación y Laki lo miró
con las orejas hacia atrás lloriqueando. El único que me puede servir de
testigo no puede hablar – pensó Dani.
Ni que decir tiene que la noche se
hizo muy larga para él. Metido en la cama, con todas la luces de la casa
encendidas y escuchando una infinidad de ruidos que le estaban destrozando los
nervios. Solamente le alivió ver que Laki estaba durmiendo plácidamente a su
lado.
Cuando comenzó a amanecer después de
una eternidad, hizo todo lo posible para despertar al resto de la familia, cerrando
la puerta del lavabo con brusquedad, poniendo muy alto el volumen de la
televisión, todo ello con el objetivo de irse lo antes posible.
Su táctica fue dando resultado y uno
tras otro los miembros de la familia se fueron levantando. Ya tenía el desayuno
listo encima de la mesa del comedor y hasta se había animado a limpiar y
recoger los restos de la cena del día anterior amparado por los rayos del sol que nacía tras las
montañas.
-¿A qué viene éste madrugón, qué te
ha dado?- Le preguntó Sara.
Dani solamente pudo poner la excusa
de que quería llegar a casa para descansar antes de empezar a trabajar el día
siguiente. Los niños también tenían que terminar sus deberes antes de volver al
colegio.
Así fue como la familia recogió sus
enseres, siempre apremiados por Dani, los cargaron en el coche y se marcharon
tras cerrar la puerta y dejar la llave debajo de la jardinera de la entrada.
Dani
condujo más rápido de lo que era costumbre en él, mientras su mujer lo
miraba atentamente, sabía que algo le estaba sucediendo.
Cuando la masia desapareció de la
vista de los espejos retrovisores del vehículo tras una loma, automáticamente
Dani redujo la velocidad y suspiró. Se permitió una sonrisa.
-¿Cómo lo habéis pasado?.- preguntó a
su familia.
David se mostró entusiasmado y
preguntó cuando volverían. Dani pensó para sus adentros que ni en sueños pisaba
aquella casa otra vez, pero contestó que cuando pudieran.
Raúl se mantuvo callado, sin
contestar, pensativo mientras miraba el paisaje des de su ventanilla.
-Cariño, ¿no te lo has pasado bien?-
le preguntó su madre.
David pareció tragar saliva y
contestó incómodo:
-No es eso mamá, me lo he pasado muy
bien, pero lo que no me ha gustado es la señora de negro que me despertaba por
las noches y me preguntaba qué hacíamos en su casa. Me daba miedo.
David soltó una carcajada, lo que
hizo que Raúl se arrepintiera de haber contado lo de la mujer de negro.
Daniel instintivamente volvió a
apretar el acelerador del coche y perdió la sonrisa de golpe.
Sara se volvió hacia su hijo pequeño
y le dijo dulcemente que se trataba de simples pesadillas y que no hiciera caso
de ellas. El niño asintió con el ceño fruncido y se concentró en el paisaje.
Daniel rezó para que su hijo pensara
eso, que había sido una simple pesadilla. Él lo contaría todo a su mujer cuando
estuviese preparado, cuando se hubiese recuperado del terror que todavía le
embargaba.