domingo, 27 de abril de 2014

La Masia


Después de un viaje de dos horas, y haberse perdido unas cuantas veces, encontraron un camino estrecho y medio asfaltado que surgía a la derecha de la carretera. Un cartel de plancha metálica, escrita a mano a brochazos de  pintura roja y sujeto a un poste torcido de madera, indicaba el nombre que buscaban.

Daniel no se explicaba que no lo hubiesen visto en las tres veces que habían pasado por el lugar, carretera arriba, carretera abajo. Según su mujer, Sara, que estaba sentada al lado suyo, la culpa la tenía su manía de correr demasiado y no aminorar la marcha cuando había un cartel indicador.

Como era normal en aquellas situaciones, en la que no encontraban una dirección, acababan discutiendo acaloradamente, mientras que sus dos hijos, David y Raúl, sentados en los asientos posteriores, miraban en silencio por la ventanilla con expresión de resignación. Sabían que si daban su opinión entrarían rápidamente a formar parte de la discusión y sus padres les pedirían que inclinasen la balanza para ver de quién de los dos tenía la razón. Si la daban, tenían todos los números para que el que no la tenía se la tomara con ellos.

Por suerte habían encontrado el camino, y una vez el vehículo enfiló con precaución aquella destartalada carretera que tenía el asfalto muy castigado por continuas heladas y nevada invernales, se obró el milagro que la paz volvió a renacer en el habitáculo, y como cada vez que se daba aquella situación, hombre y mujer se acercaron forzadamente retenidos por los cinturones de seguridad para darse un beso en los labios y reír. Se acabó la discusión y volvió la tranquilidad.

El camino discurría sinuoso entre montículos que impedían ver lo que había más adelante. Circulaban muy despacio para prevenir que ningún vehículo que surgiera en la otra dirección los sorprendiera en una curva, ya que la anchura de aquella carretera cachumbrosa apenas permitía el paso de dos coches a la vez.

Después de una pendiente llegaron a una elevación que les llevó al inicio de un valle, planicie de hierba verde y fresca salpicada aquí y allá por vacas pastando tranquilamente mientras movían el rabo. También había enormes y peludos caballos sueltos que los miraban con curiosidad a su paso.

 

Para tranquilidad de los urbanitas ocupantes del vehículo, los márgenes de la carretera estaban delimitados por cables eléctricos que impedirían que los animales la invadieran y se empotraran contra ellos.  David, de trece años los miraba con aprensión, mientras que en contra, Raúl, de tres años y acomodado en su sillita,  iba con la boca abierta disfrutando de la nueva experiencia.

Al fondo del prado, se alzaban majestuosas unas montañas coronadas por mantos blancos y rodeadas de frondosos bosques de pinos rojos, negros y abetos. La naturaleza se expresaba en su máxima belleza. Hacía un día frío pero  radiante  y el sol resplandecía en un cielo azul intenso y limpio, sin una sola nube.

A la izquierda observaron una masía, y pronto comprobaron que la carretera los dirigía irremediablente hacia ella. 

Entraron entre dos columnas de piedra que flanqueaban el camino  y poco después la ruta finalizó en una explanada empedrada,  situada junto a la fachada principal de la masía. Habían llegado a su destino.

Cuando abrieron las puertas del coche, el primero en saltar fuera fue Laki, un perro pequeño y marrón claro con el hocico negro y las orejas caídas, de raza “mil leches” como le gustaba decir a Daniel. No tardó en olisquear la base de un árbol que había al lado de la explanada y regarlo generosamente mientras levantaba la pata trasera.

Una vez desataron a Raúl de su sillita, la familia al completo se encontró fuera del coche, envueltos en el fresco de la mañana y notando el cambio de temperatura tras haber disfrutado de la calefacción hasta ese momento.

Daniel no dejó de sorprenderse de que pudieran disfrutar de aquella propiedad un fin de semana entero por el precio que le habían pedido. La edificación de la masia era imponente. Consistía en una gran casa principal de tres plantas, centenaria, muros robustos de piedra y tejado de pizarra a dos aguas. La otra edificación, anexa a la primera, era una casa, también de piedra, de una sola planta y mucho más pequeña. Se intuía que antes de la rehabilitación que había tenido toda la edificación era un granero o corral de animales. En la actualidad presentaba una fachada con ventanas y puerta de acceso de madera maciza barnizadas al estilo rústico. En los alfeizar de las ventanas había macetas de tronco de árbol con bonitas flores de color lila, al igual que los dos grandes maceteros que flanqueaban la puerta de acceso, antiguas tinajas de vino reconvertidas en inmensas jardineras.

Delante de la casa había un prado de hierba verde y bien cuidada, donde se observaba una barbacoa gigantesca de piedra y delante de ella, un cubierto con una mesa y bancos, todo ello fabricado con troncos de madera. Daniel pensó entusiasmado que iba a fundir la barbacoa a base de hacer carnes y paellas.

Detrás de la barbacoa había una piscina rectangular y de considerable tamaño, con agua cristalina y calmada como la superficie de un espejo en donde se reflejaban las montañas nevadas.

Al lado de la piscina había una edificación de piedra y grandes ventanales de madera que Daniel sabía por la información que había del lugar en Internet, que era el salón de juegos, la gran sorpresa que tenían guardada para sus hijos. Aún así no les dio tiempo a decirles nada, ya que ambos habían salido corriendo y lo estaban explorando todo. En menos de un minuto les estaban gritando que en la sala de juegos había un billar, un futbolín y una mesa de ping-pong. Laki, contagiado por la alegría de los niños correteaba de un lado a otro sin parar de ladrar.

Daniel y Sara observaron abrazados como sus hijos iban descubriendo cada vez más cosas, y no paraban de darles información a gritos: “aquí hay leña” “mira mamá, en este cobertizo hay herramientas” “´¿podemos jugar en el salón de juegos?. Ambos pensaban que los niños se merecían disfrutar aquello aunque solamente fuese un fin de semana, ya que no se podían haber ido de vacaciones de verano por motivo de trabajo de sus padres. También por tema económico.

Habían encontrado aquella casa de alquiler por Internet, tras realizar numerosas búsquedas infructuosas. Al ser temporada baja, el precio había sido súper económico, ya que encima el propietario les había hecho una sustancial rebaja del precio inicial por la casa pequeña. Realmente el complejo constaba de sesenta plazas en la casa grande, la cual estaba cerrada y cinco en la pequeña. Tanto la barbacoa, como la piscina y la sala de juego era compartida por todos los inquilinos, pero como no había nadie más, eran los dueños y señores, eso sí, efímeros, de todo aquello.

 

Tal y como les había prometido el dueño, la llave de la casa pequeña estaba dentro del macetero-tinaja de la derecha de la entrada.

Cuando Sara abrió la puerta y accedieron dentro, ambos se sorprendieron de lo grande que era el interior.

Al lado de la puerta había un escritorio antiguo con un libro sobre él. En la tapa ponía en letras doradas “libro de visitas”.

No había vestíbulo, sino que se accedía directamente a una gran sala decorada al estilo rústico montañés, con suelo de madera natural. A la izquierda de la entrada estaba la cocina, luminosa y grande, con bonitos muebles de madera maciza con tiradores de porcelana. No tardaron en comprobar que los armarios disponían de toda la cubertería y baterías de cocina necesarias.  Delante de la cocina había una mesa de madera con cinco sillas. Un sofá dividía el espacio hacia la sala de estar, en donde había una chimenea de hierro contra la pared y a su lado, una televisión.

Al fondo de la sala había un pequeño pasillo en donde había tres puertas que estaban abiertas. La pareja pronto averiguó que se trataba de la habitación de matrimonio, con una gran cama con cabezal de hierro forjado; del cuarto de baño, grande limpio y luminoso, y la que sería la habitación de los niños, con dos camas independientes separadas por una mesita de noche.

Mientras los niños jugaban en el exterior, descargaron las maletas del coche y repartieron la ropa por los diferentes armarios y los enseres de higiene en el lavabo. Cuando acabaron, decidieron ir a comprar lo necesario para pasar el fin de semana. Habían visto un supermercado en el pueblo más cercano, a unos tres kilómetros de allí. Dejaron a Laki dentro de la casa, y se marcharon los cuatro en el coche.

Al mediodía una alegre hoguera ardía en la barbacoa y Dani preparaba los ingredientes para hacer una paella. Sara le echaba una mano y discutía con David, el cual quería bañarse en la piscina. Todo y decirle que hacía mucho frío para bañarse, sabía que era una batalla perdida. Habían visto a su hijo bañarse en una playa en pleno mes de enero. Veía un poco de agua y sentía unos deseos irrefrenables de zambullirse en ella, hiciera frío o calor. Finalmente cedió y tras decirle: “Haz lo que te de la gana”. Antes de que se diera cuenta, David se había quedado en calzoncillos y nadaba alegremente.  Al cabo de diez minutos lo recibió al borde de la piscina con una toalla, que el niño agradeció entre tembleques, castañeo de dientes y los labios azules.

Después de dar cuenta de la paella en la mesa exterior, el resto de la tarde transcurrió entre paseos por los alrededores, en los que aprovecharon para hacerse fotografías haciendo bobadas. Perdieron el miedo a los caballos y vacas que se acercaban al cercado y posaron junto a ellos sin poner ninguna pega e incluso se dejaban acariciar. Todo un repertorio gráfico que engrosaría el álbum de fotos familiar y haría las delicias del matrimonio con el paso de los años. 

Cuando empezó a oscurecer, se retiraron a la casa y empezaron a hacer la cena en la cocina. Una rica, calentita y gratificante sopa y embutidos de la zona. Después pasaron un buen rato en la sala de juegos, dónde dejaron a Raúl ganar al futbolín, billar y ping-pong. El niño estaba pletórico y creyó ser un superhéroe de los juegos.

Finalmente se recogieron en la casa. Daniel encendió la calefacción des del termostato y también puso en marcha la chimenea.

Estuvieron viendo la televisión un rato con la sala a oscuras, solamente con la luz de las llamas de la chimenea y el resplandor del televisor.

Raúl no tardó en quedarse dormido y Dani lo llevó en brazos hasta la cama. David se hizo el valiente, pero cinco minutos más tarde  también se quedó dormido en el sofá. Su padre le dio el mismo destino que a su hermano pequeño.

El matrimonio se quedó solo viendo la televisión. Aprovechando el espacio que había quedado en el sofá tras la marcha de sus hijos, Sara se tumbó y puso las piernas sobre su marido, para que le diera unos masajes en los pies.

Daniel no terminaba de encontrarse cómodo. Era una sensación que no había sentido antes. No le gustaba tener el comedor y la cocina a oscuras a sus espaldas. Hubiese preferido tener una pared protegiéndolo. Escuchó roncar a Laki sobre su colchón, al lado de la chimenea.

Finalmente el cansancio del día hizo mella en ellos, apagaron la televisión y se fueron a la cama.

Como de costumbre, Daniel se acostó en la parte derecha del colchón, muy cómodo por cierto. Des de allí veía la habitación de los niños, aunque a penas podía vislumbrar la silueta de las camas.

La casa se quedó sumergida en un silencio espeso, casi incómodo. Al apagar la luz del dormitorio una oscuridad casi absoluta se adueñó de todo.

Aún estando muy cansado, Dani tuvo problemas de conciliar el sueño. Sara se acurrucó contra él y al poco se quedó dormida.

Despertó de repente, sin saber porqué. Miró la esfera luminosa de su reloj de pulsera y vio que eran las dos de la madrugada.

De repente escuchó unos gemidos que procedían de la sala de estar. Era Laki que estaba lloriqueando.

Dani se levantó sin encender la luz del dormitorio, ya que no quería despertar a Sara y se dirigió casi a tientas hacia la sala de estar. Antes se detuvo en la puerta de los chicos y observó bajo la tenue luz de la luna que entraba por la ventana del dormitorio que ambos dormían plácidamente.

El fuego en la chimenea se había convertido en brasas. Laki desde su colchón le miró con las orejas hacia atrás y lloriqueó lastimosamente, después giró la cabeza hacia la cocina. Parecía estar asustado.

Dani pensó que el perro extrañaba el hogar familiar y al igual que él, no se acababa de encontrar cómodo cuando caía la noche.  No podía quitarse de la cabeza que estaban aislados en mitad del campo, a tres kilómetros de la vivienda más cercana. Se llamó imbécil así mismo por pensar idioteces de películas de terror. Estaban seguros y había cerrado la puerta de acceso con dos vueltas de llave antes de acostarse.  Se dirigió hacia la cocina en penumbras, pero Laki no le siguió. Solamente entraba una tenue luz lunar. Se asomó al exterior y prácticamente no pudo ver nada, solamente la silueta de las montañas contra un cielo casi negro salpicado por miles de estrellas.

Sintió de repente una gran sensación de frío, que traspasaba la tela del pijama y le llegaba hasta los huesos. Incluso una nube de vapor salió de sus labios. Un violento escalofrío recorrió su cuerpo.

Pensó que se había estropeado la calefacción i optó por correr hacia la cama para arroparse y buscar el calor de Sara. De camino y en penumbras tropezó con la mesa del comedor, las sillas, el sofá... Maldijo y llamó a Laki para que lo acompañara y dejara de gimotear. El perro lo siguió encantado y se tumbó en el suelo, a su lado de cama. Curiosamente el frío había cesado de golpe y la habitación se encontraba cálida por los efectos de la calefacción. Todo y la intranquilidad que sentía, finalmente se quedó dormido.

El día siguiente también amaneció radiante. El aire era puro y frío. Durante la noche había helado y tanto el coche, aparcado delante de la casa, como los prados estaban blancos de escarcha.

Mientras la familia desayunaba hicieron planes para pasar el día. Llegaron a la conclusión que se quedarían allí y que disfrutarían del lugar. Dani se olvidó del malestar de la noche anterior y se encontró vital y feliz. El sol destruye las brumas y temores nocturnos.

Los niños no pararon de jugar en el campo. Habían descubierto en la sala de juegos un cobertizo con balones de fútbol y baloncesto. En la parte trasera de la masia había un pequeño campo de fútbol y una cancha de baloncesto, por lo que pasaron la mañana aprovechándolas.

El matrimonio jugó con ellos, pasearon por los alrededores y finalmente, cuando el hambre empezó a remover los estómagos, Dani encendió la barbacoa para asar un surtido de carnes y verduras que habían comprado el día anterior. Pronto el aire quedó aromatizado por el olor de la comida y los niños acudieron rápido a la mesa exterior.

Por la tarde pasearon por los alrededores, descubriendo nuevos caminos y disfrutaron de la naturaleza.

Por la noche volvieron a disfrutar de la sala de juegos y finalmente se recogieron en la casa, dispuestos a pasar la última noche en la masia.

La cena fue abundante y deliciosa. Cuando finalizó, recogieron la vajilla y la dejaron en el fregadero. Ya la fregarían por la mañana antes de marcharse.

Dani  encendió la chimenea. Las llamas y el calor extra le reconfortaban, todo y estar un funcionamiento la calefacción.

Estuvieron jugando a juegos de mesa durante un rato, hasta que los niños, agotados, se fueron a dormir.

Dani y Sara se acomodaron en el sofá, ella con las piernas encima de él como tenía costumbre, y estuvieron viendo la televisión un rato. Dani no apagó la luz del salón en ésta ocasión y se sintió mucho más tranquilo. Laki comenzó a roncar des de su colchón al lado de la chimenea.

Cuando les empezó a vencer el sueño se retiraron a la habitación. Al apagar las luces  la estancia se sumió en la oscuridad más absoluta. Dani volvió a sentir una desazón que no se podía explicar. 

Ya en la cama, notó como el cuerpo cálido de Sara caía en un profundo sueño. Estaba cansado y también tenía que dormir, pero no notó la diferencia de la oscuridad que le rodeaba cuando cerró los ojos. Pensó en el agradable día que habían pasado para conseguir abstraerse de la extraña sensación que lo desvelaba, pero no lo conseguía. Cuando estaba en casa y no podía dormir, acudía a un libro. La mente se liberaba de los problemas que pudiera tener y el cansancio ganaba la partida. El problema era que no se había llevado ningún libro.

De repente se acordó del libro de visitas que había visto sobre el mueble de recibidor cuando llegaron a la casa. Podía ser entretenido leer las opiniones de los visitantes anteriores a ellos.

Se levantó sigilosamente para no despertar a Sara y fue encendiendo las luces de la casa hasta llegar al recibidor. Laki le miró con curiosidad desde su colchón  y volvió a dormir profundamente.

De vuelta a la cama, se acomodó la espalda contra la almohada para conseguir una buena posición para leer y solamente dejó encendida la lamparilla de noche de su lado.

Ojeó las páginas y pudo observar que la primera nota era de hacia un año aproximadamente, mientras que la última había sido escrita un semana atrás. La mayoría de los mensajes ocupaban escasamente cinco líneas. El libro estaba escrito hasta su mitad aproximadamente.

Se dijo que él también colaboraría con algún mensaje cuando acabara de leer los de sus predecesores.

Empezó a leer por la primera página:

 

“Agradecemos a Lluís i Assumpta su amabilidad y atención para que pasáramos éstos maravillosos días en su masia. Impagable los embutidos de la zona que nos trajeron y la información de las actividades que hay alrededor.

Lástima que hiciera frío para bañarse en la piscina.

Gracias por todo y seguro que volvemos.

Jordi, Marga y los peques. 15 de marzo de 2004”

 

Dani se preguntó dónde estaban Lluís y Asumpta, los propietarios de la Masia, ya que ni les habían llevado embutidos de la zona ni les habían explicado nada, excepto dónde debían hacer el ingreso por transferencia bancaria del alquiler de la casa después de una breve conversación telefónica. También le dijeron dónde estaba la llave de la puerta y que la colocaran en el mismo sitio cuando se marcharan. ¡Ah!, y que no rompieran nada. Supuso que la amabilidad inicial se había ido agriando con el paso del tiempo.

En fin, continuó leyendo.

 

 “Hemos pasado un fin de semana maravilloso en ésta preciosa masia. Los niños han disfrutado de lo lindo en la sala de juegos y en el campo de fútbol.

Gracias a Lluis y Assumpta por su amabilidad. Los embutidos riquísimos.

La família González- Pérez

23 de marzo de 2004”

 

Dani siguió ojeando hoja tras hora, leyendo mensaje tras mensaje y comenzó a aburrirse. Parecía que todos escribían prácticamente lo mismo, incluido lo de lo buenos que eran los embutidos de Lluis y Assumpta. Él seria más original cuando escribiera el suyo, haciendo constar que dónde estaban los dichosos embutidos.

Un mensaje le llamó la atención por lo extenso que era, ocupando prácticamente una página entera.

 

“La verdad es que me lo estaba pasando muy bien hasta que sucedió lo de la anciana que viste de negro.

Me levanté de madrugada para beber un baso de leche y vi a una mujer mayor vestida totalmente de negro que estaba delante del fregadero de la cocina, como si estuviese lavando los platos.

Creo que fue el mayor susto que me he dado en mi vida.

La imagen fue desapareciendo poco a poco hasta  que ya no la vi.

Miré que la puerta de la calle estuviese cerrada, y las ventanas, pero todo estaba bien.

No he pegado ojo en toda la noche. No paro de escuchar ruidos.

Lo siento pero nos vamos. Ni loco paso otra noche aquí.

Jaime y familia.

24 de junio de 2004”

 

Dani volvió a leer el mensaje otra vez. No daba crédito a que alguien pudiera escribir algo así. Se sintió inquieto y miró a su alrededor. Todo estaba a oscuras excepto a la discreta luz de la lámpara de la mesita. El silencio era agobiante.

Se levantó y fue a la habitación de los niños. Ambos dormían plácidamente. No pudo ni quiso mirar hacia la cocina, la cual se encontraba a oscuras.

Todo parecía normal y se dijo estúpido por inquietarse por lo que un tío había escrito unos meses antes. Seguro que era un imbécil que intentaba reírse de los que leyeran su mensaje. El ambiente era propicio para creerse historias de fantasmas: una casa aislada en el campo, el tremendo silencio de la noche…

Una vez dentro de la cama, volvió a retomar la lectura del libro, habían muchos mensajes más que seguramente harían mención a lo bien que se lo habían pasado y lo buenos que están los embutidos de la zona.

 

“Cuando leí el mensaje de la mujer de negro pensaba que estaban tomándonos el pelo.

Ésta noche pasada me desperté de madrugada porque noté un peso en mis pies. Al mirar vi una figura negra que estaba sentada en el colchón. Desperté a mi marido y al encender la luz no vimos nada.

Creo que fue sugestión y tuve una pesadilla.

De todas formas he de decir que hemos pasado unos magníficos días de vacaciones y los niños se lo han pasado muy bien.

Saludos.

Susana , Mario y Marc

5 de septiembre de 2004”

 

Un tonto escribe cuatro chorradas en el libro de visitas y le fastidia las vacaciones al resto por pura sugestión, pensó Dani.

Leyó el siguiente mensaje:

 

“Estábamos comiendo en la zona de la barbacoa y cuando he entrado en la cocina a buscar pan he visto a una señora mayor vestida de negro que se me ha quedado mirando y después ha desaparecido.

He llamado a los propietarios de la casa y me han tomado por loca.

Le he dicho a mi marido que nos vamos inmediatamente.

Ahora he leído en éste libro lo que le ha pasado a otros inquilinos y me quedo tranquila en que no tengo alucinaciones.

Perdón por la letra pero estoy temblando.

Escribo ésta nota para avisar a otras personas.

Hoy es 4 de noviembre de 2004”

 

Esto se está volviendo cada vez más absurdo. Parece que la gente se ha puesto de acuerdo para asustar a los que les siguen. Todo y eso Dani no pudo evitar rememorar la sensación extraña que había sentido en la cocina la madrugada anterior, un frío intenso que le había calado hasta los huesos. Leyó el último mensaje, de la semana pasada.

 

“Vi a la señora de negro delante de la vitrina del comedor, al mediodía. Parecía como si estuviese limpiando los cristales. Su cara estaba blanca y los ojos como vacíos. Del susto se me ha caído el cubo de fregar al suelo.

Lo va a tener que recoger la mujer de la limpieza, nosotros nos vamos de aquí.

14 de marzo de 2005”.

Para aliviar el desasosiego que se estaba apoderando de él después de leer tanto testimonio nefasto, Dani pensó que el fantasma de la señora de negro no podía ser tan malo si se dedicaba a limpiar la casa a parte de asustar a la gente. La de “pasta” que se estarían ahorrando los propietarios.

Justo cuando estaba sonriendo con su ocurrencia, escuchó gemir a Laki des del comedor, el cual entró en la habitación apresuradamente con el rabo entre las piernas y se acurrucó al lado de la cama temblando. 

Miró al animal espantado, sin saber qué hacer. Lo que menos le apetecía era levantarse para ver lo que había asustado a Laki. Su mujer dormía plácidamente a su lado pero tenía que asegurarse que los niños estaban bien. ¿Y si había algún intruso en el exterior intentado entrar en la casa?

Hizo un esfuerzo y salió de la cama, se dirigió a la habitación de los niños evitando mirar hacia el comedor y la cocina que estaban a oscuras. Dormían placidamente.

Fue hacia la estancia común y encendió la luz. No había nadie. “¿Qué esperabas, imbécil, ver a una vieja limpiando los cacharros en la cocina?”, se dijo.

Fue revisando las ventanas, asegurándose que estaban bien cerradas y encendiendo las luces del exterior. La zona de la barbacoa y la entrada estaban despejadas. Todo y eso abrió la puerta y se asomó fuera, notando el frío de la noche a través de la tela del pijama. Todo estaba correcto. Volvió a cerrar la puerta con dos vueltas de llave.

Se asomó por la ventana que había en la zona de la cocina, la cual daba a la piscina y a la sala de juegos. Al fondo las montañas se recortaban en un cielo pletórico de estrellas. Todo estaba tranquilo, como no podía ser de otra manera.

 

 

Se encontró mucho más tranquilo y se animó diciéndose a si mismo lo valiente que era al haber superado la influencia del siniestro libro de visitas, el cual sin duda había sugestionado a todos los anteriores ocupantes de la casa partir del primer gracioso que contó una historieta de fantasmas. Todo y eso había una de los testimonios que había escrito su mensaje sin haber leído previamente los anteriores, la señora de la barbacoa si no recordaba mal, pero también es cierto que se podría haber unido a la broma macabra. Incluso él mismo pensó que podría escribir en el libro un mensaje siguiendo la tónica general. Algo así como:

“Encima que  Lluis y Assumpta no nos obsequiaron con sus famosos embutidos, una señora de negro nos ha fastidiado las vacaciones apareciendo y desapareciendo en todo momento y lugar: cuando estamos comiendo, acercándonos el salero, limpiando las ventanas de la casa, cambiando a su antojo los canales del televisor  e incluso una vez me pasó el papel higiénico cuando estaba haciendo mis necesidades en el lavabo…”

Sara, Daniel y los peques.

Ante semejante idea, Dani soltó una risita y miró a su alrededor, viendo la bonita estancia iluminada. Nada malo podía pasar allí. Vio su paquete de tabaco sobre la mesa del comedor y cogió un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió, aspirando el humo con placer.

Se dirigió a la ventana de la cocina y la abrió para evitar que el humo se quedara dentro de la casa, siempre fumaba en el exterior, pero hacia mucho frío.

Contempló extasiado el inmenso cielo estrellado, muy nítido como correspondía a la alta montaña, sin la contaminación lumínica de la ciudad a la que estaba acostumbrado. El aire frío entraba por la ventana abierta pero lejos de molestarle, se sintió vigorizado.

 

 De repente sintió como le envolvía otro tipo de frío muy distinto, que atravesaba el pijama, la piel, la carne y le llegaba hasta los huesos, cortándole la respiración.

La sensación fue tan repentina que sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y hasta el último cabello se le erizó.

Notó una presencia a su lado. Petrificado, siguió mirando por la ventana, sin atreverse a girarse.

Un plato que estaba en el fregadero se deslizó sobre el resto de la vajilla sucia de la cena. Había algo más, un sonido grave, intermitente que surgía del frío glacial que lo envolvía. Era una respiración acompasada y fatigada.

Presa del pánico, Daniel se quedó paralizado y sin saber qué hacer. El aliento de alguien le estaba azotando la nuca.

En aquel momento notó como la colilla del cigarrillo que sostenía entre los dedos le estaba quemando, por lo que la lanzó por la ventana y aprovechando que había conseguido recuperar parte de la movilidad se volvió bruscamente para enfrentarse a la presencia que lo estaba acosando.

Una sombra negra con rostro difuso, blanco como el mármol, lo observaba a menos de un palmo. No le dio tiempo a ver más detalles porque la aparición se difuminó al instante. Casi sin darse cuenta también el frío intenso abandonó su cuerpo y luchó para respirar con normalidad. Un gemido le surgió de las entrañas y sintió unas ganas irresistibles de llorar. Estaba aterrado.

Un pensamiento le hizo reaccionar inmediatamente: los niños, Sara. Salió corriendo hacia las habitaciones encendiendo las luces. Todos dormían plácidamente.

Se planteó despertarlos a todos, hacer las maletas y marchar de ese lugar, que para él distaba mucho del paraíso que se había encontrado los días anteriores.

 

 Más calmado recapacitó y se dijo que no quería asustar a los niños. ¿Qué explicación les daría a ellos y a su mujer si les decía de irse a las dos de la madrugada, que había visto un fantasma?.

Entró en su habitación y Laki lo miró con las orejas hacia atrás lloriqueando. El único que me puede servir de testigo no puede hablar – pensó Dani.

Ni que decir tiene que la noche se hizo muy larga para él. Metido en la cama, con todas la luces de la casa encendidas y escuchando una infinidad de ruidos que le estaban destrozando los nervios. Solamente le alivió ver que Laki estaba durmiendo plácidamente a su lado.

Cuando comenzó a amanecer después de una eternidad, hizo todo lo posible para despertar al resto de la familia, cerrando la puerta del lavabo con brusquedad, poniendo muy alto el volumen de la televisión, todo ello con el objetivo de irse lo antes posible.

Su táctica fue dando resultado y uno tras otro los miembros de la familia se fueron levantando. Ya tenía el desayuno listo encima de la mesa del comedor y hasta se había animado a limpiar y recoger los restos de la cena del día anterior amparado por  los rayos del sol que nacía tras las montañas.

-¿A qué viene éste madrugón, qué te ha dado?- Le preguntó Sara.

Dani solamente pudo poner la excusa de que quería llegar a casa para descansar antes de empezar a trabajar el día siguiente. Los niños también tenían que terminar sus deberes antes de volver al colegio.

Así fue como la familia recogió sus enseres, siempre apremiados por Dani, los cargaron en el coche y se marcharon tras cerrar la puerta y dejar la llave debajo de la jardinera de la entrada.

Dani  condujo más rápido de lo que era costumbre en él, mientras su mujer lo miraba atentamente, sabía que algo le estaba sucediendo.

Cuando la masia desapareció de la vista de los espejos retrovisores del vehículo tras una loma, automáticamente Dani redujo la velocidad y suspiró. Se permitió una sonrisa.

-¿Cómo lo habéis pasado?.- preguntó a su familia.

David se mostró entusiasmado y preguntó cuando volverían. Dani pensó para sus adentros que ni en sueños pisaba aquella casa otra vez, pero contestó que cuando pudieran.

Raúl se mantuvo callado, sin contestar, pensativo mientras miraba el paisaje des de su ventanilla.

-Cariño, ¿no te lo has pasado bien?- le preguntó su madre.

David pareció tragar saliva y contestó incómodo:

-No es eso mamá, me lo he pasado muy bien, pero lo que no me ha gustado es la señora de negro que me despertaba por las noches y me preguntaba qué hacíamos en su casa. Me daba miedo.

David soltó una carcajada, lo que hizo que Raúl se arrepintiera de haber contado lo de la mujer de negro.

Daniel instintivamente volvió a apretar el acelerador del coche y perdió la sonrisa de golpe.

Sara se volvió hacia su hijo pequeño y le dijo dulcemente que se trataba de simples pesadillas y que no hiciera caso de ellas. El niño asintió con el ceño fruncido y se concentró en el paisaje.

Daniel rezó para que su hijo pensara eso, que había sido una simple pesadilla. Él lo contaría todo a su mujer cuando estuviese preparado, cuando se hubiese recuperado del terror que todavía le embargaba.

 

 

 

LOS CUATRO AMIGOS Y LA OUIJA - NOVELA CORTA DE TERROR


 

 

 

 

 

LOS CUATRO AMGISO Y LA OUIJA

 

 

J.P.LORENTE

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuida de que la ouija no entre en tu casa.

No te dejes influenciar por los que dicen que es sólo un juego inofensivo.

 Una mente juvenil tiene que buscar respuestas en la ciencia y la sabiduría de sus mayores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Daniel acabó de sujetar el último trozo de papel de celofán transparente en la lámpara del techo. En total había colocado seis, uno en cada bombilla, mezclando los de color rojo con el azul. La idea era crear un ambiente íntimo y cálido.

Se bajó de la silla y observó su trabajo. La lámpara del techo parecía una araña que le habían vendado las patas con papeles arrugados y antiestéticos. Pensó que cuando la estancia estuviese a oscuras, eso seria lo de menos, ya que el efecto de las luces filtradas por los colores quedaría muy chulo, como en las discotecas.

Damián estaba colocando sobre la mesa unos platos de plástico sobre los que servía patatas chip, pipas y otros aperitivos. Su sentido de la estética era tan nefasto como el de Daniel adornando la lámpara, y los platos se repartían anárquicamente cargados hasta los topes. Estaba cantado que el primero que metiera la mano en ellos provocaría el esparcimiento del contenido por todos lados.

De la cocina aparecieron Paco y Santi, cargados respectivamente con botellas de refrescos (fantas y coca-colas) y vasos de vidrio. Tuvieron que desplazar los platos colocados por Damián para hacer un poco de sitio en la mesa.

 Los cuatro amigos se agruparon en el centro de la estancia y observaron su obra.

 

 

Habían apartado la mesa hacia una esquina para ganar espacio en el centro de la estancia que cumpliría la función de pista de baile. Sobre ella estaba la lámpara del comedor modificada para dar luz ambiente. Habían instalado un radiocasete con dos altavoces sobre una silla, al lado de la mesa. La idea era empezar con música de discoteca  para pasar después a las baladas para bailar “lentos”.  Paco había hecho una selección de los mejores éxitos de la época, 1984 (Modern Talking, Dire Straits, Roxy Music, Chicago, Pet Shop Bois…)

 

El sofá se había colocado al otro lado de la estancia, también para ganar espacio para poder bailar. Un pesado, grande, viejo y feo mueble tipo vitrina estaba colocado en una de las paredes, sobrecargado con retratos de niños vestidos de comunión, (entre los que se encontraba un angelical Paco cuando tenía ocho años) tíos con uniforme de la “mili”   y fotografías antiquísimas de gente mayor que ya parecían estar muertas cuando se las hicieron. Un total de cuatro vetustas sillas completaban el mobiliario del perímetro de la pista improvisada.

-Esto es una mierda –comentó Santi – parece una fiesta de cumpleaños infantil, vamos a hacer el ridículo. Al menos podíamos haber quitado la vitrina del museo de los horrores. Los caretos de las fotos les corta el rollo a cualquiera.

-Tío, no te pases – Paco le fulminó con la mirada-  son las fotos de mi familia. Además, mi madre me ha dejado el piso de mi abuela con la condición que no toquemos nada.

-Por lo menos podríamos haber comprado ginebra o ron – apuntó Damián- cuando las chicas vean las coca-colas, las fantas y los “ganchitos” van a pensar que somos gilipollas.

Paco suspiró y los miró a todos enfurecido.

-Os lo vuelvo a explicar: mi madre me ha dado permiso para hacer la fiesta en la casa de mi abuela poniendo condiciones: que no toquemos nada, que no bebamos alcohol y que lo dejemos todo limpio. Ella puede aparecer en cualquier momento para ver que cumplimos con lo que pide. En caso contrario me la cargo, y de rebote todos vosotros también. Os recuerdo que conoce a vuestras madres y no se cortará un pelo en explicarles lo que hacéis.

-Podríamos haber hecho la fiesta en un monasterio. El efecto hubiese sido el mismo – Damián parecía molesto ante tanta restricción – Además, éste sitio huele a cerrado.

-Querrás decir a muerto –Apuntó Santi con una risita.

-¡Ya está bien! – Gritó Paco – aquí no ha muerto nadie. Mi abuela se ha ido a vivir con una hermana suya al pueblo. Si no os gusta os vais todos a la mierda y se acabó la fiesta.

Después de un instante de silencio, solamente roto por unos ruidos raros que hacia Santi para aguantar la risa, éste preguntó a Dani:

-¿A qué hora has quedado con las “churris”?

-Ya lo sabes, te lo he dicho un montón de veces: a las cinco – se miró el reloj – quedan escasamente cinco minutos.

-¿Seguro que están buenas? – le interrogó Damián.

-¡Qué más te da si no te comes un rosco! – Se adelanto Paco – a la que empieces a explicarles películas de miedo y chistes malos las espantas.

-La verdad es que solo conozco a dos de ellas, a María y a su hermana, Ester. Y sí, están buenas. – Contestó Daniel – A sus otras dos amigas no las he visto.

Hacia una semana estaba en la biblioteca para hacer unos trabajos del instituto. La sala estaba a rebosar de estudiantes y solo encontró sitio al lado de dos chicas que no paraban de parlotear. Una de ellas, que dijo llamarse María, entabló conversación con él. Le comentó que estaba acompañando a su hermana Ester que era la “lista” de la familia y tenía que hacer un trabajo de historia, pero que a ella la biblioteca la aburría muchísimo.

María tenía dieciocho años y era una morenaza exuberante, además de simpática. Su hermana Ester, de dieciséis años era más discreta y seria pero no menos atractiva.

La conversación con las dos chicas se cortó cuando la bibliotecaria las expulsó a las dos por hacer demasiado escándalo.

Cuando Daniel salió a la calle, después de acabar de recoger la información que necesitaba,  se las encontró sentadas en un banco comiendo pipas y fumando. Estuvo un rato charlando con ellas. María, la voz cantante, le explicó que habían cortado con sus respectivos novios, hermanos también, y que estaban buscando un grupo para salir. Le preguntaron si tenía amigos y si estaban buenos. Les explicó que solía salir  con tres amigos de la infancia. María le dio su número de teléfono para quedar y Dani se marchó un poco apabullado por el descaro de las chicas, no estaba acostumbrado a esas situaciones y menos que le tiraran los tejos de esa manera. Sus amigos y él, todos de dieciséis años, eran demasiado tímidos y ninguno de ellos había tenido novia hasta el momento.

Cuando les contó a Paco, Damián y Santi lo que le había pasado se volvieron como locos de alegría. Planearon que podrían quedar con ellas a la semana siguiente, pero dónde y para hacer qué.  Fue Paco el que sugirió que podrían hacer una fiesta en el piso abandonado de su abuela, la cual se había marchado al pueblo. Obligaron a Dani a llamar a María en aquel mismo momento desde una cabina telefónica, el cual, entre balbuceos y colorado como un tomate quedó con la chica en verse en el piso de la abuela de Paco el sábado de la siguiente semana a las cinco de la tarde y le dio la dirección. Ésta se llevaría a su hermana Esther y dos amigas más. ¡Una tía para cada uno!, y encima parecían “ligerillas de cascos”.

Y allí estaban los cuatro, en el día y hora señalada, esperando que llegasen las chicas para empezar la fiesta.

Dani miró la hora y eran casi las cinco.

-Chicos, vamos a cerrar las persianas y encender las luces de ambiente. Tienen  que estar a punto de llegar.

 

Nerviosos bajaron las persianas del comedor y encendieron las luces de la lámpara. La estancia quedó sumida en una luz extraña, mezcla de los filtros de celofán rojos y azules. Era como entrar en el túnel del terror de una feria.

-¡Hóstias! – Exclamó Santi – Se van a acojonar cuando entren aquí. Parece que lo tenemos preparado para hacer la matanza de Texas.

En aquellos momentos llamaron a la puerta. Todos se pusieron nerviosos y empujaron a Dani para que fuera a abrir.

Mientras se iba acercando por el vestíbulo, escuchó un gran alboroto y risas detrás de la puerta, pero si el oído no le engañaba distinguió voces masculinas.

Cuando abrió se quedó estupefacto. Allí estaba María, con un vestido corto y súper escotado cogida de la mano de un tío de al menos veinte años. La chica se adelantó y le dio dos besos con un alegre “qué tal”.

-Te presento a mi novio Manuel. Al final hemos hecho las paces, ¿sabes?

Detrás de María y Manuel apareció Ester, cogida de la mano de otro individuo con pinta de delincuente, y dos chicas más con sus respectivas parejas.

Todos ellos fueron pasando delante de Dani. Las chicas le daban un beso en la mejilla mientras que sus acompañantes, todos ellos vestidos con pantalones muy ajustados y camisas desabrochadas, le miraban hoscamente.

Ni que decir tiene que la cara que pusieron Paco, Damián y Santi cuando vieron entrar al grupo en el comedor, era todo un poema. Se quedaron con la boca abierta de estupor.

-¿Qué coño es esto? ¿Un picadero? – Preguntó Manuel fulminando con la mirada a los tres amigos. Parecía que de un momento a otro iba a sacar una navaja automática.

-Aquí huele a quemado – Dijo María olisqueando el aire.

Efectivamente, se percibía un olor a plástico sobrecalentado que iba creciendo por momentos.

Dani miró instintivamente hacia la lámpara del comedor y observó que salía humo del celofán pegado a las bombillas.

Apagó las luces rápidamente y, a oscuras, entre la confusión de la gente que abarrotaba la estancia llegó hasta la ventana, la abrió y subió la persiana. El comedor quedó iluminado por los rayos de sol que atravesaban una neblina de humo.

-         María, ¿de dónde has sacado a éstos gilipollas? – dijo Manuel mirando uno por uno a los amigos, todos ellos desencajados y sin saber qué decir.- A ver tú, el canijo – Se dirigía a  Damián - ¿dónde está la “priva”?.

-         Tenemos coca-colas y fantas – Dijo Damián casi tartamudeando.

Dani, en un intento de normalizar la situación, se dirigió al radiocasete y puso música.

-         También hemos preparado algo para picar, servios vosotros mismos.

A partir de ahí todo fue un despropósito. Dos de los “garrulos” se marcharon para volver al cabo de los diez minutos con una botella de whisky “JB” y una bolsa de hielo. También trajeron sus propias cintas de casete que no tardaron en poner.

Al poco tiempo las cuatro parejas bailaban en mitad del comedor al son de rumbas mientras zapateaban y daban palmas, envueltas en una nube de humo, esta vez de cigarrillos.

Los anfitriones permanecían sentados en las sillas que habían puesto alrededor de la improvisada pista. Contemplando el espectáculo sin saber qué hacer ni qué decir. Realmente aquella fiesta no se parecía nada a la que habían previsto.

Manuel cogió a María por la cintura y se dirigió a Dani sin parar de bailar.

-         Chaval, ¿dónde está la habitación?, le voy a dar un repaso a ésta.

Aquello fue la gota que colmó el baso. Algo pareció encenderse en la mente de Paco que le hizo reaccionar de golpe, como si acabase de despertar de una pesadilla. Se levantó de la silla bruscamente y empezó a gritar:

-¡Fuera de aquí todos!

-No te pases chaval… -contestó Manuel poniéndose a la defensiva.

- He dicho que fuera – Paco se había acercado con su metro noventa de estatura hasta Manuel y lo miraba enfurecido des de arriba - ¿os habéis pensado que la casa de mi abuela es un puticlub? ¡Fuera!.

Sus amigos conocían los prontos de Paco. Era muy buen chaval pero cuando le presionaban demasiado abusando de su buen carácter le pasaba eso: explotaba. En aquellos momentos no era bueno contradecirle y los demás parecieron percibirlo.

 Uno tras otro los invitados indeseables se fueron marchando precipitadamente, eso sí, sin olvidarse la botella de whisky que estaba casi vacía ni sus cintas de casete.

Cuando se quedaron solos en la estancia, entre brumas de humo de tabaco y olor a alcohol, los cuatro amigos se quedaron en silencio y todavía aturdidos.

-Ahora entiendo el significado de “pagafantas” – dijo Damián.

-Es que somos unos pringados – apostilló Santi.

-Desde luego no es una historia para contar, por lo menos hasta que pasen treinta años – apostilló Dani - ¡Qué manera de hacer el gilipollas!

Miraron a su alrededor: la mesa estaba repleta de vasos vacíos, restos de hielo y un mejunje mezcla de coca-cola, whisky, patatas chip y cenizas de cigarrillo.  El suelo estaba pegajoso debido al derramamiento del contenido de los vasos en el fragor del baile y los palmeos.

-En fin – suspiró Paco – a limpiar,  no vaya a ser que aparezca mi madre.

 

Una hora más tarde, todo estaba limpio y recogido. Tal y como se lo habían encontrado antes de la fiesta. Excepto las bombillas de las lámparas que irremediablemente tenían pegados trozos de celofán de colores. Tendrían que comprar otras para substituirlas.

También colocaron el mobiliario en su posición original, dejaron la ventana abierta para airear la estancia y echaron ambientador.

-Bueno, ¿nos vamos? – preguntó Paco desanimado.

-Es una putada – respondió Santi- por una vez que tenemos un sitio para nosotros solos lo podríamos aprovechar para algo. No sé… ¿no tendrás cartas o algo para jugar?

-Sí, claro. Mi abuela montaba partidas ilegales de póker. Serás imbécil.

Todos se quedaron en silencio. Realmente no tenían ganas de irse, todavía era temprano, las seis y media de la tarde. 

-Podríamos jugar a lo del vaso – Dijo Damián.

-Nada de mariconadas – Rió Santi- Todavía no estoy tan desesperado.

-No es eso – se defendió Damián – Se trata de hacer lo de la tabla “ouija” pero con un vaso. Ponemos todas las letras del abecedario recortadas, números del 0 al 9 y un SI y un NO formando un círculo en la mesa. El vaso está en medio y invocamos a un espíritu. Le hacemos preguntas y él las contesta. He leído sobre eso y te pueden adivinar el futuro.

-Pues si lo hubiésemos hecho antes nos hubiésemos ahorrado el ridículo – Dijo Santi.

Finalmente decidieron jugar a lo que había propuesto Damián para aprovechar lo que les quedaba de tarde. Podía ser divertido.

Una vez que lo tuvieron todo preparado encima de la mesa, las letras y números recortados haciendo un círculo, el vaso puesto boca abajo en el centro y todos sentados alrededor de la mesa, Damián les dio las instrucciones para empezar, haciendo constar que él no lo había hecho ninguna vez pero su hermana sí y le había explicado como hacerlo.

-Primero tenemos que tocar con el dedo índice de la mano derecha en el borde del baso, pero sin apoyarlo. Después haré preguntas y supuestamente el vaso se irá moviendo por las letras y números para dar la respuesta.

-¿Y quién lo mueve? – se interesó Dani- ¿tú?.

-El espíritu que se introduzca en él, nosotros simplemente lo acompañamos con el dedo.

-Si el espíritu se tiene que meter en el vaso, ¿no seria mejor ponerlo boca arriba? – Interrogó Santi con una sonrisa – Es más: tendríamos que haber dejado uno de los vasos de whisky sin limpiar para que se moviera más rápido y tal vez haciendo eses.

-Venga, va – se molestó Damián – que esto es muy serio. Empezamos, poned el dedo índice sobre el borde del baso. 

-Espera, nos falta algo importante – Dijo Santi, marchando en dirección a la cocina con una botella de coca-cola, cuatro vasos y una bolsa de patatas- No vamos a desaprovechar lo que ha sobrado de la fiesta.

-Macho, siempre pensando en la comida. Venga empezamos.

Todos pusieron el dedo índice sobre el vaso y esperaron las instrucciones de Damián.

-Ahora relajaos i liberad la mente de pensamientos –tras un minuto de silencio, Damián prosiguió- ¿Hay alguien ahí…?

El silencio solamente era roto por el ruido que hacían Santi, Dani y Paco al masticar las patatas fritas que se iban echando a la boca con la mano libre.

-¡Ostias tú!, a ver si os tomáis esto un poco en serio.

De repente el vaso se deslizó lentamente sobre la madera de la mesa y se detuvo en el “SI”. Fue un movimiento suave que pareció sorprenderlos a todos, que dejaron de comer.

-¿Quién ha movido el vaso? – preguntó Dani.

Se miraron unos a otros y finalmente enfocaron la atención en Damián, el principal sospechoso.

-Os juro que yo no he sido.

Sin levantar los dedos del vaso, todos miraron que ninguno de ellos lo tuviese suficientemente apoyado como para poder empujarlo.

-¿Eres un espíritu?

El vaso se deslizó realizando un pequeño círculo y se dirigió lentamente  al “SI”.

-¿Eres un espíritu bueno?.

“SI”

-¿Cómo te llamas?.

El vaso se movió hacia la “P”, después hizo un movimiento circular como si buscara la siguiente letra y se fue a la “E”, después a la “D”.

-Pedro ¿te llamas Pedro?

El vaso pareció hacer un penoso y lento recorrido hasta el “SI”.

Todos se quedaron mirando nuevamente a Damián, pero este se encogió de hombros y volvió a decir:

-Yo no muevo el vaso.

-¿De dónde eres, Pedro?

El vaso no se movió.

-De dónde va a ser –Dijo Santi- Si es un espíritu y es bueno, pues será del cielo, digo yo.

Todos excepto Damián rieron la ocurrencia.

-¿Qué edad tenias cuando moriste, Pedro? –Preguntó Damián sin hacer caso de las mofas.

El vaso se fue al “1” y al “9”. Después se deslizó lentamente hacia varias letras: A-C-C-I-D…

-Accidente – Intervino Santi.

El vaso se deslizó hasta el “SI”.

-Pedro, chato, tendrías que deletrear un poco más rápido. A éste paso se nos dan las uvas.

Nuevas risas.

-Pedro, ¿dónde vivías? – preguntó Damián.

El vaso no se movió durante un instante. Luego se deslizó lentamente hacia varias letras:

T-R-R-A-G-N-A

Miraron a Damián como preguntándole qué quería decir. Estaba claro que era él quién estaba moviendo el vaso. Pero aquello era divertido y decidieron seguirle la corriente.

-¿Qué quieres decir, Pedro? – Preguntó Dani mirando a Damián – Para mí que te has comido la mitad de las letras. ¿Te refieres a Tarragona?

El vaso se fue al SI, pero esta vez Dani, Paco y Santi habían levantado los respectivos dedos y quedó patente que Damián lo estaba empujando “él solito”.

-Macho ¡Cómo te pasas! – Le dijo Paco.

Damián se puso colorado al verse descubierto, pero finalmente volvió a colocar el vaso en el centro de la mesa.

-Vale, vale, me habéis pillado. Vamos a intentarlo de nuevo y os prometo que ésta vez me portaré bien.

Como no tenían otra cosa mejor que hacer, los cuatro amigos volvieron a poner los índices sobre el vaso, apenas sin tocarlo. Damián incluso lo puso a tal distancia que era evidente que ni lo rozaba.

-¿Hay alguien ahí?

Nada, el vaso ni se movió. Estaba claro que sin el “poder” de Damián la cosa no funcionaba.

-¿Hay alguien ahí? –Repitió Damián con cierta impaciencia.

El vaso siguió sin dar signos de vida.

-Me parece que se ha acabado la diversión – Comentó Santi.

En aquel momento el vaso se deslizó con determinación hacia el SI, sorprendiéndolos a todos. Esta vez vieron claro que Damián no lo había empujado por que se había quedado con el índice suspendido en el vacío.

-¿Quién eres?

El vaso comenzó a deslizarse rápidamente hacia diferentes letras, empujando con furia los papeles que había dispuestos en semicírculo sobre la mesa, arrastrando los dedos de los cuatro amigos y haciendo que uno u otro tuviese que levantar de la silla para poder seguirlo.

D- E- M-O-N-I-O

El vaso volvió bruscamente al centro de la mesa y se detuvo.

Todos se quedaron en silencio, mirándose unos a otros.

De repente Santi cogió el vaso, haciendo que el resto retirara los dedos, se lo llevó al trasero y lanzó un sonoro, largo y apestoso pedo. Volvió a dejar el vaso en el centro de la mesa bocabajo y dijo:

-Para toda tu boca, Demonio. – Estaba seguro que alguno de ellos había tomada el relevo a Damián en empujar el vaso.

El resto se quedaron con la boca abierta y sorprendidos. Una carcajada general resonó en la estancia.

El vaso se movió violentamente y salió disparado como una bala hacia la pared, a unos cuatro metros de la mesa, arrastrando en su recorrido varios papeles. Rebotó sin romperse y fue a caer encima del sofá.

Nadie lo había tocado.

El terror se adueñó de los cuatros amigos, que guiados por un instinto de supervivencia que nunca antes habían sentido, se levantaron rápidamente de las sillas, sin dejar de mirar al vaso que descansaba encima del sofá haciendo movimientos espasmódicos, como si tuviese vida propia.

-¿Pero qué…? – Exclamó Damián, aterrado.

La estancia parecía de repente un congelador, un aire frío y espeso lo inundó todo.

Los cuatro amigos se miraron entre ellos. Estaban blancos como el mármol y una nube de vaho salía de sus bocas.  Comenzaron a temblar.

Dani sintió una gran desazón dentro de sí, que le ahogaba y oprimía el corazón. Era como si su alma se estuviese apagando poco a poco. Tenia todos y cada uno de los pelos del cuerpo erizados. Miró a sus amigos e intuyó que les pasaba lo mismo. Alguna fuerza les mantenía inmóviles, sin poder despegar los pies del suelo y la voluntad anulada.

Una sombra pareció tapar fugazmente la luz del sol que entraba por la ventana y durante unos instantes tuvieron la sensación que se había hecho de noche. Había una energía hostil, poderosa, que los envolvía y aplastaba en cada centímetro de piel.

-¡Huyamos! –gritó Paco.

Se precipitaron rápidamente hacia la puerta de salida de la vivienda y cerraron tras de sí, bajando la escalera corriendo hasta llegar a la calle.

El contraste de temperatura que había en el exterior les hizo tener la sensación de entrar en un horno.

Intentaron conservar la calma para no llamar la atención de la gente y caminaron calle arriba.

Dani miró hacia la primera planta del edificio de viviendas de dónde acababan de huir. Juraría que una sombra les miraba detrás de la ventana del comedor. 

Caminaron apresuradamente hasta un parque cercano, donde había gente sentada en los bancos y niños jugando bajo el sol estival, ajenos al horror que ellos acababan de conocer.

Se sentaron en silencio en uno de los bancos, todavía temblando.

-Tío, eres un imbécil – Dijo Damián mirando furioso a Santi- ¿Cómo se te ocurre cagarte en la cara de un espíritu maligno? Ni el cura de la “peli” del Exorcista tiene cojones para hacer eso.

-¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Dani.

-Tendríamos que ir a recoger la casa, lo hemos dejado todo por medio. A ver como le explico a mi madre lo de las letras encima de la mesa. –Dijo Paco- tenemos que limpiar lo que queda de bebida y comida…

-Ni loco vuelvo ahí –Dijo Santi. Estaba blanco como el papel y todavía temblaba.

-¿Y ahora qué? –Preguntó Dani.

-Esperemos que el espíritu, lo que sea, no nos persiga – le respondió Damián.

-Creo que lo mejor que podríamos hacer es no contarle a nadie lo que ha pasado. Nos tomarían por locos – Dijo Paco

Los cuatro amigos permanecieron en silencio, sentados en el banco mientras a su alrededor se escuchaban los gritos de los niños jugando. Tuvieron la sensación de estar dentro de una burbuja que los separaba del mundo real, como si estuviesen impregnados hasta lo más hondo de su ser por algo oscuro y maligno que los llenaba de tristeza. 

-Vámonos, aquí ya no hacemos nada – Susurró Dani.

Los cuatro chicos se dirigieron a sus respectivos domicilios apenas sin despedirse.

Dani entró en su casa y encontró a sus padres viendo la televisión.

-¿Ya habéis acabado la fiesta? – Le preguntó su madre.- Pues sí que ha durado poco.

-Sí, bueno, es que no me encuentro bien… – Le contestó Dani, deseoso de encerrarse en su habitación – Estoy cansado, hasta luego.

Lejos de sentirse reconfortado, Dani sintió que el corazón se le oprimía entre las cuatro paredes de la habitación. Puso música y se tumbó en la cama, intentado encontrar sentido a lo que les había sucedido. Estaba claro que el vaso había salido volando des de la mesa sin que nadie lo tocara. Aquello no tenía explicación lógica posible. No había sido fruto de su imaginación ni la del resto de amigos. Una fuerza que no entendía había volcado su furia contra ellos por mofarse. ¿Habrían abierto inconscientemente una puerta del más allá que ha permitido la entrada de un ente maligno?  El vaso  deletreó las palabras “demonio”. Volvió a sentirse aterrado y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Finalmente se metió vestido entre las sábanas de la cama y comenzó a llorar.

No se levantó a cenar. La noche fue larga y aterradora. Sentía una presencia constante en la habitación, que lo acechaba y lo sumía en una profunda tristeza. Incluso creyó escuchar una respiración profunda justo a su lado. No se atrevió a mirar. Tenía la cabeza bajo las sabanas y así estuvo hasta que amaneció.

Estuvo todo el domingo metido en cama, sin fuerzas ni ganas de levantarse. Su madre venía de vez en cuando para tocarle la frente a ver si tenía fiebre, pero solo encontró una piel fría como el hielo.

-Si no te mejoras, mañana iremos al médico – le dijo – Creo que comisteis algo en mal estado en la fiesta, me ha llamado la madre de Paco y me ha dicho que está también en cama hecho polvo.

Dani se alegró de que su madre pensara que estaba enfermo por una reacción alimenticia, ya que le sirvió de escusa para no  levantarse a comer ni cenar.

La noche fue como la anterior, insomne y cargada de miedos. Continuó la sensación de no estar solo e incluso notó la presión de alguien que se sentaba en el colchón de la cama, a sus pies.  Con la cabeza tapada por la sábana, lloró y rezó para que esa presencia lo dejara tranquilo de una vez por todas.

El lunes no fue al instituto. Se encontraba agotado después de dos días sin comer ni dormir. Lo peor era la tristeza que atenazaba su espíritu.

El médico le recetó varios medicamentos para que al menos pudiera descansar y prescribió un chequeo general con la finalidad de diagnosticar su enfermedad.

Su madre le explicó que sus amigos tenían los mismos síntomas que él, pero el que lo estaba pasando peor era Santi. Su estado físico se había degradado de tal manera que había perdido mucho peso en poco tiempo. Además se negaba a hablar con nadie.

Pasaron los días y por fin Dani  fue encontrado una mejoría lenta pero constante. La medicación consiguió que por fin conciliara el sueño y hasta las pesadillas fueron desapareciendo. Una noche ya no sintió la presencia en su habitación y la tristeza también le abandonó. Se levantó de la cama y asaltó la nevera, devorando todo lo que su estómago pudo almacenar.

Al día siguiente se levantó temprano y le dijo a sus padres que iría al instituto. No sabía si sus amigos habían vuelto a clase, ya que no se había puesto en contacto con ellos des de aquel fatídico día.

Cuando se miró al espejo mientras se aseaba, se asustó del rostro que se reflejaba en él. Tenía la cara blanquecina y los pómulos hundidos. Unas ojeras oscuras envolvían sus ojos.

En el instituto encontró a Paco y a Damián, los dos con un aspecto similar al suyo. Le dijeron que llevaban pocos días des de que habían reiniciado las clases. Los amigos apenas hablaron y no hicieron ninguna mención a la experiencia vivida. Todavía no estaban preparados. Santi continuaba sin aparecer.

Una mañana se reunieron los tres en el comedor del instituto y por fin sacaron el tema. Habían mejorado ostensiblemente su estado físico y mental.

-Creo que lo que nos ha pasado es pura y dura sugestión – Dijo Dani – Quiero pensar que lo que ocurrió fue fruto de una histeria colectiva. Alguno de nosotros empujó el vaso con tanta fuerza que lo envió al sofá. Es imposible que saliera volando solo.

 

-Sabes que eso no es cierto – le contestó Paco- No nos hemos inventado nada. Tampoco me invento que alguien me seguía a todas partes. Me sentía observado hasta cuando me duchaba. En mi vida lo he pasado peor.

-Propongo que pasemos página. – Comentó Damián - Tenemos que volver a la normalidad lo antes posible y no hablar más sobre esto.  Hoy iremos a ver a Santi, si os parece bien. Es el único que todavía sigue “atrapado”

Cuando acabaron las clases los tres se dirigieron a la casa de Santi. Su madre les abrió la puerta.

-Hombre, ya era hora que aparecierais por aquí- dijo. Luego añadió mirando a Paco- Tu madre me llamó y me explicó lo que había pasado. Sé que la juventud os tomáis éste tipo de cosas a cachondeo, pero estáis viendo las consecuencias.

-¿Cómo está Santi? – preguntó Dani.

-Mejor, muy bien, parece que el trabajo del psiquiatra ha dado su resultado. Ayer durmió profundamente y ya come casi con normalidad. Pasad a la habitación, está ahí escuchando música, otro síntoma de que está mucho mejor.

Cuando entraron en la habitación de Santi lo encontraron sentado en el escritorio con los cascos puestos y ojeando un cómic. Había adelgazado muchísimo y tenía unas profundas ojeras.

-¿Cómo va tío?

-¡Hóstias, pensaba que os habíais olvidado de mi! Sentaos, sentaos.

- Cuéntanos cómo te ha ido – le dijo Paco.

Santi pareció masticar las palabras mientras miraba al suelo.

-Pues veréis. No me vais a creer, pero desde la misma noche que pasó aquello y hasta ayer mismo, tenia pegado a mi una sombra. La veía en todo momento, al lado de la cama, y me hablaba… - Santi sacudió la cabeza como para deshacer la experiencia – me decía que me llevaría con él. Cada día me sentía más débil y no tenia fuerzas ni para comer. Me han estado a punto de ingresar en un hospital. Ha sido terrorífico, como una pesadilla muy larga e interminable. Pensaba que me había vuelto loco.

“Me da vergüenza decirlo, pero me ha estado tratando un psiquiatra que incluso me hizo sesiones de regresión y hipnosis o como se llamen. Me llenó de pastillas hasta el cogote y creo que todo lo que he visto y vivido eran alucinaciones. Estaba hasta el culo de drogas.

“Ayer me sentí ligero, como si me hubiesen quitado un gran peso de encima. En vez de la sombra había una luz blanca y resplandeciente que me acarició la cabeza y me dio calor por dentro. Reíros, reíros… “

Los amigos no se rieron.

-A ver cuando te acabas de mejorar – le dijo Dani – estamos preparando otra fiesta en el piso de la abuela de Paco, esta vez con “churris” que vengan sin novios.

-Sí claro, y ésta vez nos compramos un tablero profesional de “ouija” para hacerlo mejor y invitamos al D-I-A-B-L-O al guateque, a ver si hacemos las paces con él. Eso sí, nada de pedos en su cara. ¡No te jode!.

Esta vez sí que rieron los cuatro amigos, pero se juraron que nunca más hablarían de lo que había pasado. Les quedaba toda una vida por delante.

Todo y eso, Dani pensó que sus almas habían quedado marcadas por una cicatriz oscura y maligna. Rezó para que jamás se reabriera. El destino les había dado otra oportunidad y tenían que aprovecharla. Cualquier mal acto que cometieran a partir de ese momento  podría abrir la puerta para que el mal retornara. Lo tendría muy en cuenta en un futuro.