jueves, 1 de mayo de 2014

LUCES SOBRE EL MAR, AVISAMIENTO OVNI


 

 

LUCES EN EL MAR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                               J.P.LORENTE

 

Noto que unos dedos me están sacudiendo el hombro y poco a poco salgo del sueño profundo en el que estaba inmerso.

Alguien me está hablando de manera brusca -¡Relevo de guardia, espabila!

Abro los ojos e intento ubicarme, todavía confuso. Observo el techo sucio, lleno de garabatos escritos a lápiz y bolígrafo. Estoy sobre un camastro en el cuerpo de guardia, totalmente vestido, con las botas puestas y todos los aparejos, incluidas las cartucheras con la munición. Debemos estar preparados por si algún enemigo nos ataca en plena noche. No hay nada más ridículo que nos cojan en calzoncillos corriendo de un lado a otro mientras nos cazan como conejos, como suele pasar en las películas. Todo y eso, el cuartel jamás ha sido asaltado en los cientos de años que tiene de historia.

Al levantarme los muelles del somier rechinan como quejándose. A mi alrededor otros cuerpos también se están levantando entre protestas. Una triste bombilla desnuda ilumina la escena. El aire está cargado de olor a pies sudados y calcetines sucios. Estamos en una habitación con ocho camastros y un armero en donde están colocados en hilera nuestros fusiles de asalto “CETME”. Cojo el mío y me lo cuelgo al hombro, dirigiéndome hacia la puerta de salida que comunica con el edificio central del Cuerpo de Guardia. Desde allí salgo al patio de armas y observo como mis compañeros ya se están agrupando en formación. 

Allí también está el oficial de guardia, un teniente bajito y rechoncho que carecía de cuello. Una sombra de barba se dibujaba en su cara después de tantas horas de servicio sin asearse, el nuestro era el último relevo de aquella guardia. Nos miraba severamente bajo la visera de su gorra mientras consulta el reloj de muñeca.

 

 

-Cabo, mande formar como es debido y deme novedades.- Dice dirigiéndose al “Furri”, como le llamamos nosotros. Es el cabo encargado de material de la octava compañía de la Plana Mayor, a la que también pertenezco yo y el resto de los componentes de la guardia. Mi compañía no hace guardias nunca, ya que está compuesta exclusivamente por personal logístico, pero como todo el batallón se ha ido de maniobras a Gran Canaria, nos ha tocado cubrir la seguridad del cuartel. Como la mayoría somos oficinistas, cocineros, armeros, asistentes… no estamos al día de la instrucción militar.

-¡Aaaatención! – Grita “el Furri” – A formar.

Formamos en fila de uno calculando la distancia entre nosotros extendiendo el brazo izquierdo, tocando el hombro del compañero.

-¡Firmes! – Vuelve a gritar el cabo- ¡EINN!

El “EINN” es un grito que dan todos los mandos para dar fuerza a sus órdenes, pero no se muy bien su significado. Supongo que será un vocablo que se ha ido modificando con el tiempo acabando en una especie de grito gutural muy ridículo. La primera vez que lo escuché me reí y eso me supuso una sonora colleja en la nuca propinada por cabo instructor. Todavía me escuece al recordarlo. Aprendí que las formaciones militares son una cosa muy seria.   

El “Furri” se dirige al teniente, da un taconazo y le saluda llevándose la punta de los dedos a la visera de la gorra – Formado el relevo de la guardia sin novedad, mi teniente – Le dice a gritos.

No muevo ni un músculo pero mis ojos se dirigen con disimulo al cielo. ¡Menudo espectáculo de cielo tienen en las Canarias! Miles, digo, millones de estrellas se reparten luminosas en el cielo negro y limpio.

-Bien, cabo, ya puede realizar los relevos – dice el teniente después de un silencio que aprovecha para repasarnos a todos con la mirada. Saluda al estilo militar y entra en el Cuerpo de Guardia.

-AAATENCION – grita el “Furri”- AARMAS AL HOMBRO, ¡EIN!. DEEERECHA, “¡EIN!” . ¡MARCHEN! – y empieza a marcar el paso a gritos mientras nos ponemos en marcha a través del patio de armas, haciendo resonar las botas sobre los adoquines- UN, DOS, TRES ¡ERO! – El “ERO” tampoco lo he entendido nunca, pero Dios me libre de reírme.

Seguimos al Cabo a paso marcial hasta girar por la calle lateral del edificio de las cocinas. Una vez que lo hemos sobrepasado y entramos en el camino perimetral del cuartel, el “Furri” cambia de paso y se pone a caminar normalmente.

-Vale chicos, el teniente ya no nos ve. PAAASO NORMAL.

Nos relajamos y andamos con normalidad por el camino asfaltado, abandonando las estelas de luz de las instalaciones principales del cuartel. Como resplandece una formidable luna llena, no es necesaria más iluminación.

Llegamos a la primera garita. Está situada al lado del muro que separa la instalación militar de la carretera de Santa Cruz de la Palma.  Puede ser que éste sea el mejor destino de vigilancia, ya que al menos se ve pasar un coche de vez en cuando. El soldado que estaba de vigilancia saluda al cabo y le informa que no ha habido ninguna novedad, después se coloca al final de nuestra cola y es relevado por el último soldado de la fila. 

El siguiente puesto de vigilancia es el orientado a una urbanización que se ve a lo lejos; el otro defiende los accesos que hay entre los páramos y el acantilado; el siguiente está situado en una especie de batería de defensa costera con cañones gigantes de hierro colado que apuntan al mar. Son una reliquia del siglo XVII creo y que tenían el objeto de disuadir o pulverizar  a los posibles asaltantes de las islas (piratas, ingleses, o yo que sé). Espero que esta noche no suframos ninguna invasión, porque con semejante armamento vamos arreglados.

La siguiente garita es la mía, situada por  debajo de la línea de batería de cañones. Se accede por una pendiente de rocas y piedra sueltas hasta prácticamente el filo del acantilado. Realizo el relevo de mi compañero, el cual estaba bostezando todo el rato y veo marchar la fila de la guardia hasta que desaparece detrás de una pared rocosa. 

Ya solo, miro las vistas y me quedo impresionado. Nunca había estado allí. Estoy en lo más alto de un acantilado de veinte metros y dispongo de una visión espectacular del mar. El agua refleja en suaves ondas la luz de la luna, la cual domina el horizonte, redonda, luminosa y grandiosa con sus manchas características que parecen un rostro. La bóveda del cielo está exultante de estrellas. Enfrente, las diminutas luces de las ciudades y pueblos de la isla de Tenerife. Más lejos, casi en el horizonte, y mucho más difuminadas, las de la isla de Gran Canaria.

Pienso que con semejante espectáculo no me voy a aburrir en ningún momento. Todo y eso me pongo cómodo. Me quedan por delante cuatro interminables horas.

Miro la garita y pienso que no es un sitio cómodo para estar, con apenas medio metro cuadrado de espacio, de forma casi cónica y pintada con cal. Solamente la haría servir si se pusiera a llover y no parecía que tal cosa sea probable con la magnífica noche que hace.

 Descuelgo el “CETME” de mi hombro y lo dejo apoyado en la pared de la garita. Escucho en mi cerebro “infracción grave”. Rebusco entre los bolsillos de mi chaquetón y encuentro lo que estoy buscando. Enciendo un cigarrillo. Segunda infracción. Me siento en una roca y disfruto del paisaje. Tercera infracción. Me quito la gorra. Si me viese el teniente me mandaba al calabozo, fijo.

Disfruto del lugar. Huele a sal arrastrada por una suave y fresca brisa. Las olas rompen contra las rocas de abajo y fuera de eso, todo es tranquilidad.

Puedo ver la figura inmensa y piramidal del Teide recortado contra el negro cielo, con una alfombra blanca en su cumbre que resplandece, todo y la lejanía, bajo la luz de la luna. Es impresionante y me arrepiento de no llevar una cámara fotográfica.

Pienso en mis amigos, los cuales están haciendo el servicio militar en diferentes partes de la Península. Lo que se rieron de mi cuando fuimos al “Sorteo”. – tío, te ha tocado donde Cristo perdió las zapatillas – me dijeron.

Pero ahora no me arrepiento. Estoy muy lejos de mi familia y me quedan un par de meses todavía para poder ir a verlos, pero pienso que éste momento merece la pena vivirlo.

Este invierno de 1985 está siendo especialmente duro en la Península, según tengo entendido. Hay una ola de frío que está causando muchos problemas. Mis amigos están destinados en Zaragoza, Madrid, País Vasco y uno está en los Cazadores de Montaña de Berga. No creo que lo estén pasando muy bien. 

Incluso en Canarias, el invierno estaba siendo más frío de lo normal y por la noche es necesario ponerse el chaquetón tres cuartos.

Me entretengo en mirar la inmensidad del océano. El horizonte brilla bajo la luz de la luna. A lo lejos observo las luces de un barco, seguramente un mercante o un petrolero, que se desliza muy lentamente hasta que desaparece en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. El resto de la superficie del mar permanece desierta y tranquila.

Me levanto, apago el cigarrillo sobre una piedra y me meto la colilla en el bolsillo del pantalón para eliminar pruebas de mi “crimen”. También me pongo la gorra y recojo el “CETME”. No me fío que hagan una inspección sorpresa por los puestos de vigilancia, el teniente de guardia nos ha demostrado que es un tipo estricto y meticuloso. Camino por el borde del acantilado, eso sí, sin acercarme demasiado al borde. Además de que tengo vértigo no quiero tener un traspié con las numerosas piedras y rocas que hay en el suelo y me vaya para abajo. Miro ladera arriba con la esperanza de ver el puesto de guardia de los cañones, pero una hilera de rocas situadas a unos cincuenta metros de mi me lo impide y de repente siento una profunda soledad. Es como si todo el mundo hubiese desaparecido y fuera el último ser humano sobre la tierra, tal es la sensación de aislamiento que siento y la que éste sitio me produce.

Miro el reloj y solamente ha transcurrido media hora que estoy allí, pero me parece un siglo.

Paseo de un lado a otro intentando matar el tiempo, e incluso silbo alguna melodía que me ha venido a la cabeza. Intento pensar en cosas agradables, como cuando me iba de marcha con mis colegas a la discoteca, o a la playa. También pensé en las comidas familiares, muy concurridas y generalmente alegres. Me doy cuenta de la gran añoranza que tengo de mis seres queridos. Es normal, llevo meses sin verlos. Echo de menos las broncas de mis padres, las discusiones con mi hermana mayor y que mis dos hermanos pequeños me molesten.

No echo de menos el trabajo que tenía antes de irme a la “mili”, la rutina insoportable, las largas jornadas laborales delante de una puñetera máquina. El jefe me dijo que me guardaba el puesto para cuando volviera, pero creo que va a ser que no. Había estado dos años haciendo lo mismo y no quería estar el resto de mi vida viendo pasar los días, meses, años sin conocer otra cosa que el ruido mecánico y martilleante de una cadena de producción. Si dos años de mi vida habían pasado tan rápido y tan poco productivos espiritualmente para mí dentro de la fábrica, no quiero ni pensar lo que me espera cuando vuelva. Jamás me lo hubiese planteado si no es por la experiencia que estoy viviendo en el cuartel. He conocido a mucha gente interesante y de muchos sitios diferentes. Me han impregnado con sus vivencias, conocimientos y experiencias. Existe otro mundo que tengo que explorar. En resumen, tengo que vivir y aprender equivocándome.

La decisión está tomada y estoy mentalizado para aguantar la “bronca” que me van a pegar mis padres.  Eso si me conocen cuando vuelva. Creo que ya no me conozco ni yo mismo. Desde el primer momento que un tren y después un avión me arrancó de mi vida cotidiana, en la cual había estado aposentado durante veinte años, no he dejado de crecer personalmente. Pasándolo mal pero también bien, haciendo buenos amigos que son mi familia aquí, conociendo lugares diferentes y espectaculares, momentos especiales, como éste.

Pienso lo difícil que es encontrarse a uno mismo para pensar y ahora me doy cuenta. He necesitado la más absoluta soledad, encima de un acantilado y con el océano a mis pies para recapacitar sobre mi vida.

Respiro hondo la gratificante brisa marina y escucho las olas rompiendo contra las rocas. Siento en mis labios la sal del mar y me siento libre.

Pero no estoy tranquilo. No estoy acostumbrado a estar totalmente aislado del mundo, ni a la soledad más absoluta. En aquellos momentos no se observa ningún avión en el cielo ni barcos en el mar. En toda la inmensidad que abarca mi vista no hay nadie.

De repente hay algo que llama mi atención en el cielo. Una luz más intensa que las estrellas que la rodean. Pienso que lleva ahí toda la vida entre las constelaciones  y galaxias pero no me había dado cuenta hasta ahora.

No puedo evitar seguir mirando la luz fijamente y me da la sensación que se está moviendo. Tanto me fijo en ella que creo que es un efecto óptico por el cansancio de la vista. Cierro los ojos y vuelvo a mirar. No me equivocaba, la luz se está desplazando en el cielo, muy lejos, sobre la silueta de la isla de Gran Canaria. Será un avión, pienso.

Decido encender otro cigarrillo, y me lo escondo bajo la palma de la mano para que no se vea la punta ardiendo tras cada calada.

 

La luz se sigue moviendo ahí a lo lejos, supongo que en breve bajará de altura para aterrizar en el aeropuerto de Gran Canaria, pero de pronto se detiene en el cielo y permanece quieta. Creo distinguir que su brillo ha aumentado mucho y se ha hecho más grande. El color también ha cambiado del blanco a un rojo pálido. Parece ser que me he equivocado, se trata de un helicóptero o un caza de combate de despegue vertical. En aquellos momentos se están haciendo maniobras militares en aquella isla. Mi batallón se encuentra allí precisamente, pero según tengo entendido solamente participa la infantería., nada de aviones o helicópteros. Pero vete a saber con ésta gente.  ¡Vaya horas de jugar a las batallitas!

En lo que dura un parpadeo, otra luz se ha colocado al lado de la anterior, igual de intensa, y luego otra, y otra hasta juntarse un total de cinco. Todas estáticas y cambiando de color. Del blanco al rojo y después al azul. Parecen una constelación de estrellas que se ha formado de la nada a quinientos metros de altura. No sé ni de dónde han salido, pero supongo que son más helicópteros o aviones que volaban hasta el momento con las luces apagadas.

Durante un buen rato observo la quietud de las luces. Estáticas en la noche.

Apago el cigarrillo y me guardo otra colilla en el bolsillo.

Si mis ojos no me engañan las luces se están haciendo cada vez más grandes. No, es que se mueven en mi dirección. Antes de que pueda darme cuenta ya se encuentran entre las islas de Gran Canaria y Tenerife y siguen avanzando a gran velocidad. Es imposible, habrán recorrido más de cincuenta kilómetros en menos de dos segundos.

Sobrevuelan la inmensa mole del Teide y bajan de altitud al sobrepasar Tenerife, parándose encima del mar, a unos cien metros del agua. Ahora las veo inmensas y su luz casi me deslumbra. Siguen cambiando de color rápidamente.

¡Se están separando! Cada luz se divide en dos partes y ya hay diez puntos diferentes en el cielo. Han empezado a moverse rápidamente en todas direcciones sin una trayectoria definida. Van en zig-zag, arriba y abajo e incluso en círculos. ¿Pero qué mierda es esto?

Se me han puesto todos los pelos de punta y realmente estoy acojonado. Ni helicópteros ni aviones. ¿Qué coño es esto?

Escucho un ruido de guijarros que se desplaza ladera abajo a mis espaldas. Hay alguien o algo que está corriendo hacia mí.

Nervioso descuelgo el “CETME” de mi hombro, quito el seguro a tientas y con las manos temblorosas, tiro del cerrojo hacia atrás y escucho el sonido metálico del cartucho al entrar en la recámara. Me echo el fusil ametrallador a la cara e intento apuntar hacia lo que se me viene encima, gritando: ¡Alto!

-No dispares tío, soy Felipe, el de la garita de arriba.

Veo una figura que baja corriendo por la pendiente, con su fusil entre las manos. Lo tengo que sujetar para que no continúe su trayectoria hacia el acantilado y acabe estrellado contra las rocas de abajo.

-¿Estás viendo eso tío? ¿Qué es? ¿Nos están invadiendo los extraterrestres?

No le contesto por que del susto que me ha dado no puedo articular palabra. Miramos hacia las luces que continúan con su baile frenético.

Creo que las tenemos a un par de kilómetros delante de nosotros y son espectaculares. No puede existir en éste mundo nada parecido construido por el hombre, de eso estoy seguro. No se oyen motores, pero sí un leve zumbido o siseo, seguramente producido por esos objetos rompiendo el aire a tanta velocidad. Digo objetos por que enmascarados por las intensas luces se insinúa la silueta de algo físico, pero no puedo distinguir qué forma tiene.

 

Felipe y yo estamos prácticamente abrazados, mirando aterrados el espectáculo con los ojos como platos y la boca abierta, el cuerpo paralizado. No disponemos de radio ni otro sistema para avisar al cuartel. El método de alarma estipulado es gritar de una garita a la otra. Como el que tendría que recibir mi aviso para trasladarlo al siguiente puesto de vigilancia está entre mis brazos en estos momentos, el eslabón se ha roto y no podemos dar la voz de alarma.

De repente todas las luces empiezan a bajar de altitud hasta situarse a pocos metros del agua, inundando la superficie con su luz.

Una tras otra se sumergen en el frío océano y su resplandor las acompaña hasta muchos metros de profundidad, hacia el abismo. Finalmente han desaparecido todas y la noche vuelve a estar en calma. 

-¿Qué era eso, Dani? – Me pregunta Felipe temblando de la cabeza a los pies. No me extraña, yo estoy igual.

-No tengo ni la más mínima idea. La única explicación lógica que le puedo encontrar es que son artefactos de prueba. Prototipos del ejército de esos que se llevan en secreto. – Le contesto sin creer en lo que digo.

-¿Que bailan en el cielo y que se sumergen en el agua?, no te lo crees ni tú. ¿Ahora qué hacemos?

Medito durante un instante sin apartar la mirada del punto del mar donde se han sumergido las luces, por si acaso vuelven a emerger, en cuyo caso juro que me voy corriendo aullando como un loco.

-Si te parece bien nos esperamos un poco para asegurarnos que todo esto ha terminado y no supone una amenaza – Le contesto al fin – Después te vas a tu garita y esperamos el relevo. Ya le contaremos al “Furri” lo que ha pasado y él decidirá qué hacer, para eso es el cabo de la guardia. Ni hablar de abandonar nuestro puesto de vigilancia para alertar a todo el Cuartel. Nos tomarían por dos majaderos con ganas de broma y acabaríamos en el calabozo durante mucho tiempo.

Esperamos sin hablar durante mucho rato, mirando con aprensión hacia el océano, pero nada más sucede. Es como si aquello no hubiese sucedido nunca. Por fortuna cuento con el testimonio de Felipe, o si no pensaría que me he vuelto loco.  

Miro el reloj y me doy cuenta sobresaltado que apenas quedan quince minutos para el relevo. Se lo digo a Felipe el cual inicia a regañadientes el ascenso hasta su puesto de vigilancia, entre cañones oxidados.

Aprovecho mis últimos instantes de soledad para reflexionar sobre lo sucedido. Es muy fuerte constatar que algo o alguien de origen no humano se ha manifestado delante de mis narices. ¿Quiénes son y qué intenciones tienen? No les parece importar demasiado ser vistos, eso seguro. Creo que ésta experiencia puede cambiar mis convicciones de manera radical, pero ni mucho menos lo voy a ir explicando a todo el mundo. Es relativamente frecuente que de vez en cuando salga alguna persona en la televisión explicando que ha visto OVNIS. La norma general es que el resto de los mortales se tomen a estos testigos como auténticos majaderos y que se rían.

Me imagino en el trabajo cuando me pregunten cómo me ha ido la “mili”. Bien, estuve viendo extraterrestres que se bañaban en el mar con sus naves interestelares.

Escucho como se acerca a mi posición un grupo numerosos de pasos sobre los guijarros y al poco aparece la columna del cambio de guardia. Un soldado que conozco de las cocinas me saluda y hace el relevo. No le puedo decir “sin novedad” y mi silencio le extraña. Se encoge de hombros y se mete en la garita.

Al incorporarme a la fila, tengo delante a Felipe, que todavía está blanco. Me indica con la cabeza y un gesto nervioso al “Furri”. Quiere que hable con él, pero creo que no es el momento. De hecho no sé qué decirle.

Por fin acabamos de realizar todos los relevos y volvemos al cuerpo de guardia. El cabo nos hace formar en el patio de armas y nos mantiene en posición de “firmes” para dar novedades al oficial de guardia.

-Cabo, haga revista de armas – Dice el teniente. Es un protocolo de seguridad que se hace tras la vigilancia para evitar accidentes posteriores con las armas. Estas deben de estar descargadas y con el seguro puesto.

Uno tras otro quitan el cargador del fusil de asalto apuntando al cielo y echan la corredera de la recámara hacia atrás para descartar que haya un cartucho, luego ponen el seguro.

Cuando llega mi turno, el cartucho salta del resorte de la recámara. Todos mis compañeros, el cabo y el teniente se me quedan mirando con reprobación.

-Soldado, ¿me puede explicar por qué tenía el arma montada? – Me pregunta el teniente fulminándome con la mirada y dirigiéndose hacia mí hasta colocar la visera de su gorra a la altura de la mía.

-Mi teniente, prefiero explicárselo en privado – le contesto con miedo.

El oficial parece dudar durante unos instantes y finalmente dice:

-Acompáñeme al despacho. Usted también cabo.

El “Furri” da órdenes a la formación para que rompan filas y seguimos al teniente hacia el edificio del cuerpo de guardia. Me doy cuenta que Felipe también nos acompaña unos metros más atrás.

El teniente entra en su despacho, un habitáculo pequeño y vetusto, solamente amueblado con un escritorio y un archivador. Olía a tabaco de puro rancio. Se sienta detrás de la mesa y nos hace pasar con un gesto. Se da cuenta que detrás de nosotros también está Felipe.

-         ¿Qué quiere soldado? – Le pregunta bruscamente.

-         Apoyar la versión de mi compañero. He sido testigo de lo que le va a explicar.

El teniente asiente y ordena que cerremos la puerta del despacho, quedando los tres delante de la mesa del despacho mientras el teniente nos examina a uno por uno con furia contenida. Supongo que está pensando en que ha sucedido algo en su guardia que le va a dar problemas delante de sus mandos. Seguramente va a “cortar cabezas”.

-¿Y bien? – Me dice con ira contenida.

-Monté el arma por que escuché ruidos detrás mío – Omito expresamente que fue Felipe el que causó los ruidos al abandonar su puesto de vigilancia. Eso le podía costar muy caro -   en el momento que estaba viendo unas luces extrañas en el cielo.

-¿Luces extrañas? – El teniente frunce el ceño y parece interesado – Prosiga, soldado.

Le explico con pelos y señales lo que he visto. Todavía lo tengo gravado en mi mente y lo repaso como si estuviese todavía en lo alto del acantilado.

-¿Usted vio lo mismo? – Le pregunta el teniente a Felipe cuando acabo mi relato.

-Sí mi teniente, exactamente lo mismo.

-Bien.

Espero una risa, un acceso de furia, algún gesto despectivo por parte del oficial de guardia, pero en vez de eso, echa hacia atrás su silla, se levanta y se dirige hacia una caja fuerte que hay en la pared, la abre con una combinación y de ella saca un cuaderno de tapas rígidas estampadas en un color negro y gris muy desgastadas. Debe de ser antiquísimo. Se lo lleva hasta la mesa y lo abre buscando páginas libres. Estaba repleto de anotaciones con diferentes trazos de letra. El cuaderno es muy grueso, debe de tener al menos mil páginas y el teniente encuentra una libre casi al final del mismo.

Comienza a escribir con normalidad. No parece sorprendido ni nervioso. De vez en cuando nos hace alguna pregunta, pero en general parece que la información que le he dado le vale para hacer su informe.

-¿El punto exacto dónde se sumergieron los objetos? – Pregunta sin levantar la mirada del cuaderno.

-Entre Tenerife y la Palma, a unos dos kilómetros de nuestra costa, de nuestra posición. – Le contesto.

Finaliza de escribir, cierra el cuaderno y lo vuelve a encerrar en la caja fuerte.

-Bien señores, ni que decir tiene que de esto ni una palabra a nadie – Nos dice con severidad.

-Sí, mi teniente – contestamos Felipe y yo.

-¿De acuerdo cabo? – pregunta el teniente al “Furri”, que permanecía con la boca abierta, flipando,  tras escuchar nuestra historia.

-Sí… mi teniente, a la orden mi teniente.

Muy bien, ya se pueden retirar.

Los tres abandonamos el despacho del teniente en silencio y nos dirigimos al patio de armas, bajo el porche del edificio del Cuerpo de guardia. Encendemos un cigarrillo y permanecemos en silencio.

-¿En serio habéis visto todo eso? – nos pregunta el “Furri”.

-Sí. – Te lo puedo jurar, le contesto.

-Habéis visto el cuaderno de la caja fuerte – comenta Felipe – tiene que tener al menos cien años. Supongo que tiene que ser para anotar las novedades de la guardia.

-No – contesta el “Furri” – el libro de novedades del oficial de guardia está en un cajón del escritorio. Me da que ese cuaderno solamente lo utilizan para anotar éste tipo de casos. Lo tienen a buen recaudo, y por lo lleno que estaba tiene que ser muy común que escriban en él. El teniente ni pestañeó cuando le contasteis lo de las luces, tienen que estar súper acostumbrados.

Nos despedimos para formar en el patio de armas la guardia al completo. Son las seis de la mañana y nos tienen que hacer el relevo para finalizar nuestro servicio. Al lado nuestro forma el cuerpo de guardia entrante. Los cabos de guardia informan a sus respectivos oficiales, los entrantes y los salientes. Se hace la izada de bandera a toque de corneta y al finalizar el protocolo, rompemos filas y nos dirigimos a nuestros dormitorios.

Por la mañana voy a desayunar y empiezo mi jornada normal en la oficina de la Plana Mayor. Despacho con el subteniente que me informa que hay que montar la logística para la vuelta del batallón que estaba de maniobras, prevista para éste medio día.

A la hora de la comida, me dirijo al comedor y veo que está repleto de soldados haciendo cola en el mostrador del autoservicio con la bandeja en la mano.

Cuando tengo mi bandeja llena de comida echo un vistazo al comedor buscando un sitio para sentarme. Veo un grupo de fusileros de la quinta compañía ocupando una gran mesa alargada. Están muy morenos y algunos presentan pequeñas heridas en los brazos. Acaban de llegar de las maniobras. Me siento con ellos ya que conozco a la mayoría.

Me cuentan que han ganado los “Juegos de Guerra” contra la infantería de Tenerife, pero que están molidos de tanto andar, correr, saltar, tirarse al suelo y cargar con material pesado en sus mochilas.

Lo que me interesa de ésta Compañía es sacar información. Son ellos los que se ocupan generalmente de realizar las guardias.

-Anoche me tocó hacer la guardia en el puesto del acantilado – Les comento distraídamente.

-Un sitio solitario donde los haya – Comenta un soldado mientras mastica un trozo de carne.

-Vi unas luces extrañas en el cielo – Insisto como quien no quiere la cosa.

Ninguno pareció inmutarse lo más absoluto.

-¿Las luces? – Pregunta uno- ¿Esas que se acaban metiendo en el mar? No te preocupes, al final te acabas acostumbrando. Por lo que sé eso lleva pasando desde hace un montón de tiempo. No hay que darle más vueltas. Lo sabe todo el mundo e incluso hay una base científica con telescopios en el Roque de los Muchachos. Creo que saben mucho más de lo que dicen. La gente de la isla está hasta las narices de verlas y prácticamente las consideran como parte del paisaje. Tenemos orden de comunicarlo cuando avistamos esas luces y se lleva un seguimiento desde las altas esferas. No hay que darle más vueltas, no sacaríamos nada en claro.

Acabo de comer en silencio y me despido de mis compañeros.

Ya en mi camareta, me siento en la cama y abro la taquilla, en donde tengo colgadas fotografías de mi familia y amigos.

¡Menuda experiencia para contar! Lástima que no me creería nadie fuera de ésta isla. ¿Cómo es posible que un tema de ésta envergadura no trascienda a la prensa, o en el mundo científico? ¿No hay nadie que lo investigue y lo difunda?

Finalmente decido olvidarme del tema de ahora y para siempre. No sacaré nada en claro. Tal vez algún día nos expliquen qué son esas luces, pero sospecho que cuando esos suceda nuestra civilización cambiará para siempre.

Bueno, me quedan dos meses para ir de permiso a mi casa, de momento es lo que más me importa.

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 27 de abril de 2014

La Masia


Después de un viaje de dos horas, y haberse perdido unas cuantas veces, encontraron un camino estrecho y medio asfaltado que surgía a la derecha de la carretera. Un cartel de plancha metálica, escrita a mano a brochazos de  pintura roja y sujeto a un poste torcido de madera, indicaba el nombre que buscaban.

Daniel no se explicaba que no lo hubiesen visto en las tres veces que habían pasado por el lugar, carretera arriba, carretera abajo. Según su mujer, Sara, que estaba sentada al lado suyo, la culpa la tenía su manía de correr demasiado y no aminorar la marcha cuando había un cartel indicador.

Como era normal en aquellas situaciones, en la que no encontraban una dirección, acababan discutiendo acaloradamente, mientras que sus dos hijos, David y Raúl, sentados en los asientos posteriores, miraban en silencio por la ventanilla con expresión de resignación. Sabían que si daban su opinión entrarían rápidamente a formar parte de la discusión y sus padres les pedirían que inclinasen la balanza para ver de quién de los dos tenía la razón. Si la daban, tenían todos los números para que el que no la tenía se la tomara con ellos.

Por suerte habían encontrado el camino, y una vez el vehículo enfiló con precaución aquella destartalada carretera que tenía el asfalto muy castigado por continuas heladas y nevada invernales, se obró el milagro que la paz volvió a renacer en el habitáculo, y como cada vez que se daba aquella situación, hombre y mujer se acercaron forzadamente retenidos por los cinturones de seguridad para darse un beso en los labios y reír. Se acabó la discusión y volvió la tranquilidad.

El camino discurría sinuoso entre montículos que impedían ver lo que había más adelante. Circulaban muy despacio para prevenir que ningún vehículo que surgiera en la otra dirección los sorprendiera en una curva, ya que la anchura de aquella carretera cachumbrosa apenas permitía el paso de dos coches a la vez.

Después de una pendiente llegaron a una elevación que les llevó al inicio de un valle, planicie de hierba verde y fresca salpicada aquí y allá por vacas pastando tranquilamente mientras movían el rabo. También había enormes y peludos caballos sueltos que los miraban con curiosidad a su paso.

 

Para tranquilidad de los urbanitas ocupantes del vehículo, los márgenes de la carretera estaban delimitados por cables eléctricos que impedirían que los animales la invadieran y se empotraran contra ellos.  David, de trece años los miraba con aprensión, mientras que en contra, Raúl, de tres años y acomodado en su sillita,  iba con la boca abierta disfrutando de la nueva experiencia.

Al fondo del prado, se alzaban majestuosas unas montañas coronadas por mantos blancos y rodeadas de frondosos bosques de pinos rojos, negros y abetos. La naturaleza se expresaba en su máxima belleza. Hacía un día frío pero  radiante  y el sol resplandecía en un cielo azul intenso y limpio, sin una sola nube.

A la izquierda observaron una masía, y pronto comprobaron que la carretera los dirigía irremediablente hacia ella. 

Entraron entre dos columnas de piedra que flanqueaban el camino  y poco después la ruta finalizó en una explanada empedrada,  situada junto a la fachada principal de la masía. Habían llegado a su destino.

Cuando abrieron las puertas del coche, el primero en saltar fuera fue Laki, un perro pequeño y marrón claro con el hocico negro y las orejas caídas, de raza “mil leches” como le gustaba decir a Daniel. No tardó en olisquear la base de un árbol que había al lado de la explanada y regarlo generosamente mientras levantaba la pata trasera.

Una vez desataron a Raúl de su sillita, la familia al completo se encontró fuera del coche, envueltos en el fresco de la mañana y notando el cambio de temperatura tras haber disfrutado de la calefacción hasta ese momento.

Daniel no dejó de sorprenderse de que pudieran disfrutar de aquella propiedad un fin de semana entero por el precio que le habían pedido. La edificación de la masia era imponente. Consistía en una gran casa principal de tres plantas, centenaria, muros robustos de piedra y tejado de pizarra a dos aguas. La otra edificación, anexa a la primera, era una casa, también de piedra, de una sola planta y mucho más pequeña. Se intuía que antes de la rehabilitación que había tenido toda la edificación era un granero o corral de animales. En la actualidad presentaba una fachada con ventanas y puerta de acceso de madera maciza barnizadas al estilo rústico. En los alfeizar de las ventanas había macetas de tronco de árbol con bonitas flores de color lila, al igual que los dos grandes maceteros que flanqueaban la puerta de acceso, antiguas tinajas de vino reconvertidas en inmensas jardineras.

Delante de la casa había un prado de hierba verde y bien cuidada, donde se observaba una barbacoa gigantesca de piedra y delante de ella, un cubierto con una mesa y bancos, todo ello fabricado con troncos de madera. Daniel pensó entusiasmado que iba a fundir la barbacoa a base de hacer carnes y paellas.

Detrás de la barbacoa había una piscina rectangular y de considerable tamaño, con agua cristalina y calmada como la superficie de un espejo en donde se reflejaban las montañas nevadas.

Al lado de la piscina había una edificación de piedra y grandes ventanales de madera que Daniel sabía por la información que había del lugar en Internet, que era el salón de juegos, la gran sorpresa que tenían guardada para sus hijos. Aún así no les dio tiempo a decirles nada, ya que ambos habían salido corriendo y lo estaban explorando todo. En menos de un minuto les estaban gritando que en la sala de juegos había un billar, un futbolín y una mesa de ping-pong. Laki, contagiado por la alegría de los niños correteaba de un lado a otro sin parar de ladrar.

Daniel y Sara observaron abrazados como sus hijos iban descubriendo cada vez más cosas, y no paraban de darles información a gritos: “aquí hay leña” “mira mamá, en este cobertizo hay herramientas” “´¿podemos jugar en el salón de juegos?. Ambos pensaban que los niños se merecían disfrutar aquello aunque solamente fuese un fin de semana, ya que no se podían haber ido de vacaciones de verano por motivo de trabajo de sus padres. También por tema económico.

Habían encontrado aquella casa de alquiler por Internet, tras realizar numerosas búsquedas infructuosas. Al ser temporada baja, el precio había sido súper económico, ya que encima el propietario les había hecho una sustancial rebaja del precio inicial por la casa pequeña. Realmente el complejo constaba de sesenta plazas en la casa grande, la cual estaba cerrada y cinco en la pequeña. Tanto la barbacoa, como la piscina y la sala de juego era compartida por todos los inquilinos, pero como no había nadie más, eran los dueños y señores, eso sí, efímeros, de todo aquello.

 

Tal y como les había prometido el dueño, la llave de la casa pequeña estaba dentro del macetero-tinaja de la derecha de la entrada.

Cuando Sara abrió la puerta y accedieron dentro, ambos se sorprendieron de lo grande que era el interior.

Al lado de la puerta había un escritorio antiguo con un libro sobre él. En la tapa ponía en letras doradas “libro de visitas”.

No había vestíbulo, sino que se accedía directamente a una gran sala decorada al estilo rústico montañés, con suelo de madera natural. A la izquierda de la entrada estaba la cocina, luminosa y grande, con bonitos muebles de madera maciza con tiradores de porcelana. No tardaron en comprobar que los armarios disponían de toda la cubertería y baterías de cocina necesarias.  Delante de la cocina había una mesa de madera con cinco sillas. Un sofá dividía el espacio hacia la sala de estar, en donde había una chimenea de hierro contra la pared y a su lado, una televisión.

Al fondo de la sala había un pequeño pasillo en donde había tres puertas que estaban abiertas. La pareja pronto averiguó que se trataba de la habitación de matrimonio, con una gran cama con cabezal de hierro forjado; del cuarto de baño, grande limpio y luminoso, y la que sería la habitación de los niños, con dos camas independientes separadas por una mesita de noche.

Mientras los niños jugaban en el exterior, descargaron las maletas del coche y repartieron la ropa por los diferentes armarios y los enseres de higiene en el lavabo. Cuando acabaron, decidieron ir a comprar lo necesario para pasar el fin de semana. Habían visto un supermercado en el pueblo más cercano, a unos tres kilómetros de allí. Dejaron a Laki dentro de la casa, y se marcharon los cuatro en el coche.

Al mediodía una alegre hoguera ardía en la barbacoa y Dani preparaba los ingredientes para hacer una paella. Sara le echaba una mano y discutía con David, el cual quería bañarse en la piscina. Todo y decirle que hacía mucho frío para bañarse, sabía que era una batalla perdida. Habían visto a su hijo bañarse en una playa en pleno mes de enero. Veía un poco de agua y sentía unos deseos irrefrenables de zambullirse en ella, hiciera frío o calor. Finalmente cedió y tras decirle: “Haz lo que te de la gana”. Antes de que se diera cuenta, David se había quedado en calzoncillos y nadaba alegremente.  Al cabo de diez minutos lo recibió al borde de la piscina con una toalla, que el niño agradeció entre tembleques, castañeo de dientes y los labios azules.

Después de dar cuenta de la paella en la mesa exterior, el resto de la tarde transcurrió entre paseos por los alrededores, en los que aprovecharon para hacerse fotografías haciendo bobadas. Perdieron el miedo a los caballos y vacas que se acercaban al cercado y posaron junto a ellos sin poner ninguna pega e incluso se dejaban acariciar. Todo un repertorio gráfico que engrosaría el álbum de fotos familiar y haría las delicias del matrimonio con el paso de los años. 

Cuando empezó a oscurecer, se retiraron a la casa y empezaron a hacer la cena en la cocina. Una rica, calentita y gratificante sopa y embutidos de la zona. Después pasaron un buen rato en la sala de juegos, dónde dejaron a Raúl ganar al futbolín, billar y ping-pong. El niño estaba pletórico y creyó ser un superhéroe de los juegos.

Finalmente se recogieron en la casa. Daniel encendió la calefacción des del termostato y también puso en marcha la chimenea.

Estuvieron viendo la televisión un rato con la sala a oscuras, solamente con la luz de las llamas de la chimenea y el resplandor del televisor.

Raúl no tardó en quedarse dormido y Dani lo llevó en brazos hasta la cama. David se hizo el valiente, pero cinco minutos más tarde  también se quedó dormido en el sofá. Su padre le dio el mismo destino que a su hermano pequeño.

El matrimonio se quedó solo viendo la televisión. Aprovechando el espacio que había quedado en el sofá tras la marcha de sus hijos, Sara se tumbó y puso las piernas sobre su marido, para que le diera unos masajes en los pies.

Daniel no terminaba de encontrarse cómodo. Era una sensación que no había sentido antes. No le gustaba tener el comedor y la cocina a oscuras a sus espaldas. Hubiese preferido tener una pared protegiéndolo. Escuchó roncar a Laki sobre su colchón, al lado de la chimenea.

Finalmente el cansancio del día hizo mella en ellos, apagaron la televisión y se fueron a la cama.

Como de costumbre, Daniel se acostó en la parte derecha del colchón, muy cómodo por cierto. Des de allí veía la habitación de los niños, aunque a penas podía vislumbrar la silueta de las camas.

La casa se quedó sumergida en un silencio espeso, casi incómodo. Al apagar la luz del dormitorio una oscuridad casi absoluta se adueñó de todo.

Aún estando muy cansado, Dani tuvo problemas de conciliar el sueño. Sara se acurrucó contra él y al poco se quedó dormida.

Despertó de repente, sin saber porqué. Miró la esfera luminosa de su reloj de pulsera y vio que eran las dos de la madrugada.

De repente escuchó unos gemidos que procedían de la sala de estar. Era Laki que estaba lloriqueando.

Dani se levantó sin encender la luz del dormitorio, ya que no quería despertar a Sara y se dirigió casi a tientas hacia la sala de estar. Antes se detuvo en la puerta de los chicos y observó bajo la tenue luz de la luna que entraba por la ventana del dormitorio que ambos dormían plácidamente.

El fuego en la chimenea se había convertido en brasas. Laki desde su colchón le miró con las orejas hacia atrás y lloriqueó lastimosamente, después giró la cabeza hacia la cocina. Parecía estar asustado.

Dani pensó que el perro extrañaba el hogar familiar y al igual que él, no se acababa de encontrar cómodo cuando caía la noche.  No podía quitarse de la cabeza que estaban aislados en mitad del campo, a tres kilómetros de la vivienda más cercana. Se llamó imbécil así mismo por pensar idioteces de películas de terror. Estaban seguros y había cerrado la puerta de acceso con dos vueltas de llave antes de acostarse.  Se dirigió hacia la cocina en penumbras, pero Laki no le siguió. Solamente entraba una tenue luz lunar. Se asomó al exterior y prácticamente no pudo ver nada, solamente la silueta de las montañas contra un cielo casi negro salpicado por miles de estrellas.

Sintió de repente una gran sensación de frío, que traspasaba la tela del pijama y le llegaba hasta los huesos. Incluso una nube de vapor salió de sus labios. Un violento escalofrío recorrió su cuerpo.

Pensó que se había estropeado la calefacción i optó por correr hacia la cama para arroparse y buscar el calor de Sara. De camino y en penumbras tropezó con la mesa del comedor, las sillas, el sofá... Maldijo y llamó a Laki para que lo acompañara y dejara de gimotear. El perro lo siguió encantado y se tumbó en el suelo, a su lado de cama. Curiosamente el frío había cesado de golpe y la habitación se encontraba cálida por los efectos de la calefacción. Todo y la intranquilidad que sentía, finalmente se quedó dormido.

El día siguiente también amaneció radiante. El aire era puro y frío. Durante la noche había helado y tanto el coche, aparcado delante de la casa, como los prados estaban blancos de escarcha.

Mientras la familia desayunaba hicieron planes para pasar el día. Llegaron a la conclusión que se quedarían allí y que disfrutarían del lugar. Dani se olvidó del malestar de la noche anterior y se encontró vital y feliz. El sol destruye las brumas y temores nocturnos.

Los niños no pararon de jugar en el campo. Habían descubierto en la sala de juegos un cobertizo con balones de fútbol y baloncesto. En la parte trasera de la masia había un pequeño campo de fútbol y una cancha de baloncesto, por lo que pasaron la mañana aprovechándolas.

El matrimonio jugó con ellos, pasearon por los alrededores y finalmente, cuando el hambre empezó a remover los estómagos, Dani encendió la barbacoa para asar un surtido de carnes y verduras que habían comprado el día anterior. Pronto el aire quedó aromatizado por el olor de la comida y los niños acudieron rápido a la mesa exterior.

Por la tarde pasearon por los alrededores, descubriendo nuevos caminos y disfrutaron de la naturaleza.

Por la noche volvieron a disfrutar de la sala de juegos y finalmente se recogieron en la casa, dispuestos a pasar la última noche en la masia.

La cena fue abundante y deliciosa. Cuando finalizó, recogieron la vajilla y la dejaron en el fregadero. Ya la fregarían por la mañana antes de marcharse.

Dani  encendió la chimenea. Las llamas y el calor extra le reconfortaban, todo y estar un funcionamiento la calefacción.

Estuvieron jugando a juegos de mesa durante un rato, hasta que los niños, agotados, se fueron a dormir.

Dani y Sara se acomodaron en el sofá, ella con las piernas encima de él como tenía costumbre, y estuvieron viendo la televisión un rato. Dani no apagó la luz del salón en ésta ocasión y se sintió mucho más tranquilo. Laki comenzó a roncar des de su colchón al lado de la chimenea.

Cuando les empezó a vencer el sueño se retiraron a la habitación. Al apagar las luces  la estancia se sumió en la oscuridad más absoluta. Dani volvió a sentir una desazón que no se podía explicar. 

Ya en la cama, notó como el cuerpo cálido de Sara caía en un profundo sueño. Estaba cansado y también tenía que dormir, pero no notó la diferencia de la oscuridad que le rodeaba cuando cerró los ojos. Pensó en el agradable día que habían pasado para conseguir abstraerse de la extraña sensación que lo desvelaba, pero no lo conseguía. Cuando estaba en casa y no podía dormir, acudía a un libro. La mente se liberaba de los problemas que pudiera tener y el cansancio ganaba la partida. El problema era que no se había llevado ningún libro.

De repente se acordó del libro de visitas que había visto sobre el mueble de recibidor cuando llegaron a la casa. Podía ser entretenido leer las opiniones de los visitantes anteriores a ellos.

Se levantó sigilosamente para no despertar a Sara y fue encendiendo las luces de la casa hasta llegar al recibidor. Laki le miró con curiosidad desde su colchón  y volvió a dormir profundamente.

De vuelta a la cama, se acomodó la espalda contra la almohada para conseguir una buena posición para leer y solamente dejó encendida la lamparilla de noche de su lado.

Ojeó las páginas y pudo observar que la primera nota era de hacia un año aproximadamente, mientras que la última había sido escrita un semana atrás. La mayoría de los mensajes ocupaban escasamente cinco líneas. El libro estaba escrito hasta su mitad aproximadamente.

Se dijo que él también colaboraría con algún mensaje cuando acabara de leer los de sus predecesores.

Empezó a leer por la primera página:

 

“Agradecemos a Lluís i Assumpta su amabilidad y atención para que pasáramos éstos maravillosos días en su masia. Impagable los embutidos de la zona que nos trajeron y la información de las actividades que hay alrededor.

Lástima que hiciera frío para bañarse en la piscina.

Gracias por todo y seguro que volvemos.

Jordi, Marga y los peques. 15 de marzo de 2004”

 

Dani se preguntó dónde estaban Lluís y Asumpta, los propietarios de la Masia, ya que ni les habían llevado embutidos de la zona ni les habían explicado nada, excepto dónde debían hacer el ingreso por transferencia bancaria del alquiler de la casa después de una breve conversación telefónica. También le dijeron dónde estaba la llave de la puerta y que la colocaran en el mismo sitio cuando se marcharan. ¡Ah!, y que no rompieran nada. Supuso que la amabilidad inicial se había ido agriando con el paso del tiempo.

En fin, continuó leyendo.

 

 “Hemos pasado un fin de semana maravilloso en ésta preciosa masia. Los niños han disfrutado de lo lindo en la sala de juegos y en el campo de fútbol.

Gracias a Lluis y Assumpta por su amabilidad. Los embutidos riquísimos.

La família González- Pérez

23 de marzo de 2004”

 

Dani siguió ojeando hoja tras hora, leyendo mensaje tras mensaje y comenzó a aburrirse. Parecía que todos escribían prácticamente lo mismo, incluido lo de lo buenos que eran los embutidos de Lluis y Assumpta. Él seria más original cuando escribiera el suyo, haciendo constar que dónde estaban los dichosos embutidos.

Un mensaje le llamó la atención por lo extenso que era, ocupando prácticamente una página entera.

 

“La verdad es que me lo estaba pasando muy bien hasta que sucedió lo de la anciana que viste de negro.

Me levanté de madrugada para beber un baso de leche y vi a una mujer mayor vestida totalmente de negro que estaba delante del fregadero de la cocina, como si estuviese lavando los platos.

Creo que fue el mayor susto que me he dado en mi vida.

La imagen fue desapareciendo poco a poco hasta  que ya no la vi.

Miré que la puerta de la calle estuviese cerrada, y las ventanas, pero todo estaba bien.

No he pegado ojo en toda la noche. No paro de escuchar ruidos.

Lo siento pero nos vamos. Ni loco paso otra noche aquí.

Jaime y familia.

24 de junio de 2004”

 

Dani volvió a leer el mensaje otra vez. No daba crédito a que alguien pudiera escribir algo así. Se sintió inquieto y miró a su alrededor. Todo estaba a oscuras excepto a la discreta luz de la lámpara de la mesita. El silencio era agobiante.

Se levantó y fue a la habitación de los niños. Ambos dormían plácidamente. No pudo ni quiso mirar hacia la cocina, la cual se encontraba a oscuras.

Todo parecía normal y se dijo estúpido por inquietarse por lo que un tío había escrito unos meses antes. Seguro que era un imbécil que intentaba reírse de los que leyeran su mensaje. El ambiente era propicio para creerse historias de fantasmas: una casa aislada en el campo, el tremendo silencio de la noche…

Una vez dentro de la cama, volvió a retomar la lectura del libro, habían muchos mensajes más que seguramente harían mención a lo bien que se lo habían pasado y lo buenos que están los embutidos de la zona.

 

“Cuando leí el mensaje de la mujer de negro pensaba que estaban tomándonos el pelo.

Ésta noche pasada me desperté de madrugada porque noté un peso en mis pies. Al mirar vi una figura negra que estaba sentada en el colchón. Desperté a mi marido y al encender la luz no vimos nada.

Creo que fue sugestión y tuve una pesadilla.

De todas formas he de decir que hemos pasado unos magníficos días de vacaciones y los niños se lo han pasado muy bien.

Saludos.

Susana , Mario y Marc

5 de septiembre de 2004”

 

Un tonto escribe cuatro chorradas en el libro de visitas y le fastidia las vacaciones al resto por pura sugestión, pensó Dani.

Leyó el siguiente mensaje:

 

“Estábamos comiendo en la zona de la barbacoa y cuando he entrado en la cocina a buscar pan he visto a una señora mayor vestida de negro que se me ha quedado mirando y después ha desaparecido.

He llamado a los propietarios de la casa y me han tomado por loca.

Le he dicho a mi marido que nos vamos inmediatamente.

Ahora he leído en éste libro lo que le ha pasado a otros inquilinos y me quedo tranquila en que no tengo alucinaciones.

Perdón por la letra pero estoy temblando.

Escribo ésta nota para avisar a otras personas.

Hoy es 4 de noviembre de 2004”

 

Esto se está volviendo cada vez más absurdo. Parece que la gente se ha puesto de acuerdo para asustar a los que les siguen. Todo y eso Dani no pudo evitar rememorar la sensación extraña que había sentido en la cocina la madrugada anterior, un frío intenso que le había calado hasta los huesos. Leyó el último mensaje, de la semana pasada.

 

“Vi a la señora de negro delante de la vitrina del comedor, al mediodía. Parecía como si estuviese limpiando los cristales. Su cara estaba blanca y los ojos como vacíos. Del susto se me ha caído el cubo de fregar al suelo.

Lo va a tener que recoger la mujer de la limpieza, nosotros nos vamos de aquí.

14 de marzo de 2005”.

Para aliviar el desasosiego que se estaba apoderando de él después de leer tanto testimonio nefasto, Dani pensó que el fantasma de la señora de negro no podía ser tan malo si se dedicaba a limpiar la casa a parte de asustar a la gente. La de “pasta” que se estarían ahorrando los propietarios.

Justo cuando estaba sonriendo con su ocurrencia, escuchó gemir a Laki des del comedor, el cual entró en la habitación apresuradamente con el rabo entre las piernas y se acurrucó al lado de la cama temblando. 

Miró al animal espantado, sin saber qué hacer. Lo que menos le apetecía era levantarse para ver lo que había asustado a Laki. Su mujer dormía plácidamente a su lado pero tenía que asegurarse que los niños estaban bien. ¿Y si había algún intruso en el exterior intentado entrar en la casa?

Hizo un esfuerzo y salió de la cama, se dirigió a la habitación de los niños evitando mirar hacia el comedor y la cocina que estaban a oscuras. Dormían placidamente.

Fue hacia la estancia común y encendió la luz. No había nadie. “¿Qué esperabas, imbécil, ver a una vieja limpiando los cacharros en la cocina?”, se dijo.

Fue revisando las ventanas, asegurándose que estaban bien cerradas y encendiendo las luces del exterior. La zona de la barbacoa y la entrada estaban despejadas. Todo y eso abrió la puerta y se asomó fuera, notando el frío de la noche a través de la tela del pijama. Todo estaba correcto. Volvió a cerrar la puerta con dos vueltas de llave.

Se asomó por la ventana que había en la zona de la cocina, la cual daba a la piscina y a la sala de juegos. Al fondo las montañas se recortaban en un cielo pletórico de estrellas. Todo estaba tranquilo, como no podía ser de otra manera.

 

 

Se encontró mucho más tranquilo y se animó diciéndose a si mismo lo valiente que era al haber superado la influencia del siniestro libro de visitas, el cual sin duda había sugestionado a todos los anteriores ocupantes de la casa partir del primer gracioso que contó una historieta de fantasmas. Todo y eso había una de los testimonios que había escrito su mensaje sin haber leído previamente los anteriores, la señora de la barbacoa si no recordaba mal, pero también es cierto que se podría haber unido a la broma macabra. Incluso él mismo pensó que podría escribir en el libro un mensaje siguiendo la tónica general. Algo así como:

“Encima que  Lluis y Assumpta no nos obsequiaron con sus famosos embutidos, una señora de negro nos ha fastidiado las vacaciones apareciendo y desapareciendo en todo momento y lugar: cuando estamos comiendo, acercándonos el salero, limpiando las ventanas de la casa, cambiando a su antojo los canales del televisor  e incluso una vez me pasó el papel higiénico cuando estaba haciendo mis necesidades en el lavabo…”

Sara, Daniel y los peques.

Ante semejante idea, Dani soltó una risita y miró a su alrededor, viendo la bonita estancia iluminada. Nada malo podía pasar allí. Vio su paquete de tabaco sobre la mesa del comedor y cogió un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió, aspirando el humo con placer.

Se dirigió a la ventana de la cocina y la abrió para evitar que el humo se quedara dentro de la casa, siempre fumaba en el exterior, pero hacia mucho frío.

Contempló extasiado el inmenso cielo estrellado, muy nítido como correspondía a la alta montaña, sin la contaminación lumínica de la ciudad a la que estaba acostumbrado. El aire frío entraba por la ventana abierta pero lejos de molestarle, se sintió vigorizado.

 

 De repente sintió como le envolvía otro tipo de frío muy distinto, que atravesaba el pijama, la piel, la carne y le llegaba hasta los huesos, cortándole la respiración.

La sensación fue tan repentina que sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y hasta el último cabello se le erizó.

Notó una presencia a su lado. Petrificado, siguió mirando por la ventana, sin atreverse a girarse.

Un plato que estaba en el fregadero se deslizó sobre el resto de la vajilla sucia de la cena. Había algo más, un sonido grave, intermitente que surgía del frío glacial que lo envolvía. Era una respiración acompasada y fatigada.

Presa del pánico, Daniel se quedó paralizado y sin saber qué hacer. El aliento de alguien le estaba azotando la nuca.

En aquel momento notó como la colilla del cigarrillo que sostenía entre los dedos le estaba quemando, por lo que la lanzó por la ventana y aprovechando que había conseguido recuperar parte de la movilidad se volvió bruscamente para enfrentarse a la presencia que lo estaba acosando.

Una sombra negra con rostro difuso, blanco como el mármol, lo observaba a menos de un palmo. No le dio tiempo a ver más detalles porque la aparición se difuminó al instante. Casi sin darse cuenta también el frío intenso abandonó su cuerpo y luchó para respirar con normalidad. Un gemido le surgió de las entrañas y sintió unas ganas irresistibles de llorar. Estaba aterrado.

Un pensamiento le hizo reaccionar inmediatamente: los niños, Sara. Salió corriendo hacia las habitaciones encendiendo las luces. Todos dormían plácidamente.

Se planteó despertarlos a todos, hacer las maletas y marchar de ese lugar, que para él distaba mucho del paraíso que se había encontrado los días anteriores.

 

 Más calmado recapacitó y se dijo que no quería asustar a los niños. ¿Qué explicación les daría a ellos y a su mujer si les decía de irse a las dos de la madrugada, que había visto un fantasma?.

Entró en su habitación y Laki lo miró con las orejas hacia atrás lloriqueando. El único que me puede servir de testigo no puede hablar – pensó Dani.

Ni que decir tiene que la noche se hizo muy larga para él. Metido en la cama, con todas la luces de la casa encendidas y escuchando una infinidad de ruidos que le estaban destrozando los nervios. Solamente le alivió ver que Laki estaba durmiendo plácidamente a su lado.

Cuando comenzó a amanecer después de una eternidad, hizo todo lo posible para despertar al resto de la familia, cerrando la puerta del lavabo con brusquedad, poniendo muy alto el volumen de la televisión, todo ello con el objetivo de irse lo antes posible.

Su táctica fue dando resultado y uno tras otro los miembros de la familia se fueron levantando. Ya tenía el desayuno listo encima de la mesa del comedor y hasta se había animado a limpiar y recoger los restos de la cena del día anterior amparado por  los rayos del sol que nacía tras las montañas.

-¿A qué viene éste madrugón, qué te ha dado?- Le preguntó Sara.

Dani solamente pudo poner la excusa de que quería llegar a casa para descansar antes de empezar a trabajar el día siguiente. Los niños también tenían que terminar sus deberes antes de volver al colegio.

Así fue como la familia recogió sus enseres, siempre apremiados por Dani, los cargaron en el coche y se marcharon tras cerrar la puerta y dejar la llave debajo de la jardinera de la entrada.

Dani  condujo más rápido de lo que era costumbre en él, mientras su mujer lo miraba atentamente, sabía que algo le estaba sucediendo.

Cuando la masia desapareció de la vista de los espejos retrovisores del vehículo tras una loma, automáticamente Dani redujo la velocidad y suspiró. Se permitió una sonrisa.

-¿Cómo lo habéis pasado?.- preguntó a su familia.

David se mostró entusiasmado y preguntó cuando volverían. Dani pensó para sus adentros que ni en sueños pisaba aquella casa otra vez, pero contestó que cuando pudieran.

Raúl se mantuvo callado, sin contestar, pensativo mientras miraba el paisaje des de su ventanilla.

-Cariño, ¿no te lo has pasado bien?- le preguntó su madre.

David pareció tragar saliva y contestó incómodo:

-No es eso mamá, me lo he pasado muy bien, pero lo que no me ha gustado es la señora de negro que me despertaba por las noches y me preguntaba qué hacíamos en su casa. Me daba miedo.

David soltó una carcajada, lo que hizo que Raúl se arrepintiera de haber contado lo de la mujer de negro.

Daniel instintivamente volvió a apretar el acelerador del coche y perdió la sonrisa de golpe.

Sara se volvió hacia su hijo pequeño y le dijo dulcemente que se trataba de simples pesadillas y que no hiciera caso de ellas. El niño asintió con el ceño fruncido y se concentró en el paisaje.

Daniel rezó para que su hijo pensara eso, que había sido una simple pesadilla. Él lo contaría todo a su mujer cuando estuviese preparado, cuando se hubiese recuperado del terror que todavía le embargaba.